Josefina Samper (1927-2018), tejiendo el hilo rojoDesde mis ojos La puerta de la cárcel fue una escuela. Josefina la referencia de cientos de mujeres de presos.

Marcel Camacho 13/04/2018

Nací de Josefina. Allí estuve un tiempo y fuera comí de sus pechos y luego de su mano. Fui gordito, me alimentó bien, me cuidó. Echo de menos sus manos, las de mayor que eran las mismas, con el mismo cariño. Nunca se crece para una madre.

Con Josefina di los primeros pasos, por aquel patio de corrala en Orán. Con Josefina, en sus brazos conocí a los primeros carceleros, porque también allí, de manos de los franceses, Marcelino estuvo preso. Allí la vi defendiendo al compañero de lucha, su cara crispada, distinta. Por primera vez en mi vida mandé a la mierda a un policía.

¡Qué años los de Orán! recuerdo o me contaron, es lo mismo. Esas playas adonde, con las toallas y la comida, íbamos a pasar el día. No faltaba la rueda de un neumático. Qué guapa era mi madre. Para un bebe no hay cara más guapa que la de su madre. No hay otros ojos, no hay otra boca.

Seguro que esos fueron los años más felices: ellos jóvenes, la vida por delante, volver a España no era un sueño, era una decisión.

Bajaba las escalera de aquel barco que nos trajo a España. De la mano iba pero a ratos de mi madre, a ratos de mi hermana. Mi padre arriba y no le dejaban. Josefina nos arrastra a los dos de la mano y se encara con los guardias. Ya todos ponemos la misma cara. Ya sabemos de qué va esto.

De nuevo aparece la cara de mi madre, tan amplia la sonrisa, tan llena de alegría que mis ojos no alcanzan a salir de ella. Estamos libres, ya con los abuelos camino de Madrid. Por fin en España. Estamos de verdad en España. Volvimos.

No fue el paraíso, vivimos amontonados en Lavapiés. Mi madre fregaba los suelos de rodillas. Verla así no era normal. Para nosotros el mundo era un algodón, para ella el sufrimiento diario de coser, lavar, fregar, nosotros y luchar... la propaganda, los camaradas...

Por fin Carabanchel. Josefina tuvo su propia casa, sesenta metros, la de siempre. Fueron diez años de trabajo y luchas.

Los silencios y las esperas. Marcelino no llega. La policía está abajo. Muchos días nos lleva con ella, y allí estoy... parece que en una reunión de mujeres. La casa se llena, son compañeras. Recuerdo tantas compañeras de lucha de Josefina. Cristina, Manolita...

Los panfletos en casa por la huelga contra la carestía de la vida. Ya soy más mayor, ya voy al Instituto, ya tengo yo en casa también mis panfletos, aún más... Los escondemos en el caramanchón de la azotea, fuera de la casa.

Josefina espera ahora con angustia a que el padre, la hija y el hijo vuelvan a casa esta noche y no sea la policía la que llame a la puerta. Otras veces somos nosotros los que la esperamos. Así era mi casa.

El día mas triste, cuando fusilaron a Julián Grimau. Estuvimos de pie hasta las cuatro de la mañana, junto al teléfono. No hubo indulto. La tristeza llenó tanto, tanto, su cara... Franco, maldito asesino. Fraga, miserable. La historia no os perdona.

Tantos muertos llegaron por aquel negro teléfono, tantas amenazas de muerte, que Josefina aguantó a las cuatro de la mañana...

Marcelino en la cárcel. A comprar iba al mercado de Puerta Bonita, cargada, ahora de mayor tenía las espalda rota. A veces íbamos a ayudarla pero nos mandó a estudiar, ella podía con todo.

Es que compraba para dar de comer a veinte presos de cárcel, kilos y kilos de fruta. Todos la conocían y ella se daba a conocer.

¡Oiga que es para un preso político, Marcelino Camacho, que está en Carabanchel!
Josefina. Para comprenderlo, preguntad por las tiendas del barrio, veréis como os lo dicen. No la derrotaron.

Se plantó en la cara de todos ellos: "mi marido, nadie me puede impedir defenderle".

Con los hijos y el preso a cuestas, se ganaba la vida haciendo punto y cosiendo pantalones. Y había tiempo para encierros en las iglesias pidiendo libertad para presos y para todos, incluidos para esos que hoy se dicen demócratas y nunca lo fueron.

La puerta de la cárcel fue una escuela. Josefina la referencia de cientos de mujeres de presos que desde todo el país venían a ver a sus compañeros. En la casa tendía colchones para todas ellas. Sesenta metros cuadrados de mujeres luchadoras reponiendo fuerzas. Y más de una vez las andaluzas dando un cante y un baile. Porque Josefina con esa cara y esa sonrisa era de Almería.

Sí, llegó la libertad, pero no se fue el miedo de la gente. El franquismo continuaba. Josefina fue a despedir a nuestros abogados asesinados. Ellos fueron su buen apoyo en tantas horas difíciles. Querida María Luisa Suárez, todas ellas Cristina, Manuela, también ellos los abogados, ¡hubo tantos juicios!

Allí estaba Josefina en la escalera de las Alesas cuando el juicio 1001, como si fueran las escaleras de Odesa con la carga de los policías. Billy el Niño amenazándola con la pistola, ese que se esconde por las calles de vergüenza, asediado por la historia y protegido por la derecha.

También estuvo Josefina en los sinsabores del compañero. Dejar el Congreso de los Diputados: ¡Marcelino déjalos ya, no te quieren! Al pan pan y al vino vino. ¡Mujer! le contestaba él.

También en CCOO, el infausto VI Congreso, que hoy todo el mundo entiende como un error. Pero Josefina se lo llevó en el alma. No hubo rencor.

Pero los dos, Josefina y Marcelino, siguen caminando juntos en la historia y esos otros ya se han caído. Es lo que tienen los pueblos...

Publicado en el Nº 315 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo abril 2018

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