Josefina Samper (1927-2018) tejiendo el hilo rojoBondad y revolución A veces era más fina en el análisis que el propio Marcelino, al que advertía sobre determinadas cuestiones que a él se le escapaban.

Agustín Moreno 13/04/2018

A veces se siente la curiosidad de saber cómo es la relación de una persona importante con su pareja, y muchas veces comprobamos que se construyen desde la supeditación. Pero los que conocimos de cerca a Marcelino y a Josefina sabemos que este no fue su caso. Era una relación sólida y enriquecedora para ambos y eso fue posible porque se daba un equilibrio entre dos personalidades fuertes. Y es que Josefina era una inmensa persona, valiente y buena. Brillaba por sí misma con esas cualidades. No hay mejores atributos y por eso era entrañable y un referente de dignidad.

Siempre tuvo clara la clase a la que pertenecía y era una luchadora incansable por la emancipación de los trabajadores. De fuertes convicciones ideológicas comunistas y democráticas, quiso cambiar el mundo en el que vivía para que fuera más justo, igualitario y libre. Participaba activamente en el Movimiento Democrático de Mujeres. Tenía criterio político sobre lo que sucedía y, a veces era más fina en el análisis, por su sentido común y su intuición de mujer, que el propio Marcelino, al que advertía sobre determinadas cuestiones que a él se le escapaban. Ella anticipó la crisis sindical de 1996 que acabó con la expulsión de Marcelino de la presidencia del sindicato y subió como una leona a la tribuna del VI Congreso a acompañarle en un momento tan duro como ingrato.

Solo con mucha fuerza, coraje y determinación se puede aguantar la represión del franquismo sobre su familia y el duro esfuerzo por sacarla adelante con su trabajo, pues nunca quiso recibir ayuda. Las detenciones de Marcelino y los largos años de cárcel, las idas y venidas a Carabanchel junto a otras mujeres, no la desanimaron nunca. Tejedora de jerséis y de sueños de libertad, se mantuvo firme con su marmita de comida en la puerta de la cárcel para comunicar con su marido y mantener la moral de los presos políticos en los años más oscuros.

Generosa y solidaria, convirtió el pequeño piso de la calle Manuel Lamela en un espacio amable de hospitalidad para cualquier vecino, visitante o camarada. Josefina aportaba las anécdotas regadas con café con leche y magdalenas. Era una mujer simpática y divertida, con su acento andaluz oriental pasado por la Argelia francesa. Supo mantener siempre la alegría a pesar de los tiempos difíciles. Era un contrapunto ideal por su gran toma de tierra y espíritu crítico, incluido a su muy querido Marcelino. Una vez venía Marcelino a un instituto para tener un encuentro con el alumnado y éste preguntaba en el coche qué enfoque tendría que dar a la charla; Josefina le respondía con guasa: “Marcelino, echa el discurso que quieras, pero no empieces por donde el mono”. Recuerdo con especial cariño el viaje que hicimos los tres a Guardo (Palencia) para que recibiera Marcelino el merecido premio a la Coherencia, llenando de alegría el largo viaje; tras el acto formal subió a la mesa y no paró de contar historias provocando la sonrisa de todos.

Su entierro fue una síntesis de lo que representó en su vida. Al cementerio civil asistieron muchas personas sencillas, trabajadores, jubilados, mujeres, jóvenes, camaradas del partido, compañeros del sindicato, antifranquistas… acompañando a su familia. Por eso, pena la justa, ha muerto por su edad, tras una vida plena. Se trata simplemente de seguir su inteligente ejemplo de apostar por la bondad y la revolución. Y, por supuesto, de recordar su luminosa sonrisa.

Publicado en el Nº 315 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo abril 2018

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