Josefina Samper (1927-2018) tejiendo el hilo rojoLa forja de una luchadora, feminista y comunista Durante tres años convivieron siete personas en 30 metros en un piso interior del Barrio de Lavapiés.

Anabel Segado 13/04/2018

Una nace y la vida le hace. La vida dura e injusta que a lo largo de generaciones nos ofrece este sistema, capitalista y patriarcal, sustentado en la explotación y la discriminación, clase y género, de la mano siempre. Cada día somos más las que somos conscientes de por qué este sistema no nos sirve, porque está sustentado en la desigualdad; está sustentado sobre espacios de poder ejercido por la fuerza y con violencia; y está sustentado en la contradicción rica-pobre; explotador–explotada; capital–trabajo; nacional o extranjera; heterosexual o no; blanco o no; norte–sur; occidente–oriente; suma y sigue y, cuanto más sumes, más desigual, más violencia. Josefina lo supo siempre, porque siempre observó críticamente lo que le pasaba, a ella, a su familia, a las suyas. Observación crítica y compromiso para transformarlo todo, con renuncias individuales por un objetivo común, pero sin renunciar nunca a la sonrisa.

Ella vivió el miedo a diario a la muerte en el tajo, (tecnicismo “siniestralidad laboral”), desde su más tierna infancia, temiendo cada día por la vida de su padre, minero.

Ella vivió la migración forzada, huyendo del miedo a perder la vida o el sustento, que viene a resultar parecido, aunque se tarde más. Pasó a ser una “10%”, el porcentaje de extranjeros que se podían contratar en las fábricas argelinas. Vivió la tristeza de tener que darse la vuelta cuando celebraban el regreso a su tierra, porque había estallado una guerra civil, dijeron; porque había reaccionado el fascismo, decimos.

Ella vio con sus ojos los barcos de refugiados españoles, que no dejaban atracar. Vio un horrible día, como tantos días, cómo los hombres eran llevados a picar piedras en trabajos forzados, esclavos, y separados de sus compañeras y de sus niños.

Sufrió a través de la piel de otras, que eran también las suyas, la represión encarnizada, la muerte a secas, como un tiro, injusta y despiadada, segando vidas que clamaban por la justicia.

Vivió la falta de escuela pública, porque el “10%” al que pertenecía, también era un cupo para ir al colegio, y no alcanzaba para que todas las criaturas emigrantes accedieran.

Asumió la responsabilidad de los cuidados de sus hermanos, desde chica; “mis mellizos”, como ella decía, para que su madre pudiera ir a trabajar lavando ropa de otros, porque su padre no siempre tenía empleo.

Conoció la explotación laboral, desde los 13 años, en una fábrica de mermeladas, desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde, soportando un calor espantoso, soñando con el momento de reposar la espalda. “vivíamos de la nada”; día tras día, sobreviviendo para ganarle la batalla a la pobreza.

Se afilió a la JSU con 12 años. Se afilió al PCE con 14 años. Su actividad militante hizo que Marcelino Camacho se convirtiera en “El novio de la Josefina”. El tiempo los hizo además de camaradas, compañeros de vida y lucha. La fuerza que les movía era “el compromiso con el bienestar del ser humano, desde que nace hasta que se muere, luchando y pensando que nada se regala y que todo hay que conquistarlo. Y para conquistarlo, hay que prepararse.”

Vivió y sufrió el problema de la vivienda, cuando regresaron a España, en el 57, y durante tres años convivieron 7 personas en 30 metros, en un piso interior del Barrio de Lavapiés. Buscaban un piso de alquiler, “pero si tenías hijos no te admitían fácilmente”. Por fin, en Carabanchel, una casa en la que descansar, una casa para vivir en familia. Una casa cerca de la cárcel. Lo más difícil de su vida ya pasó, pero su lucha iba a continuar, era plenamente consciente. Por coherencia, compromiso, solidaridad, sabiduría.

Vivió su lucha siempre con sus hijos, porque no quiso que tuvieran que pasar por lo que ella vio en los ojos de su padre cuando sus mellizos no le reconocieron; porque sólo podía enseñarles lo que ella era, el lugar que había decidido ocupar en el mundo y la tarea que había asumido llevar a cabo. Sin perder la sonrisa, sin olvidar que el trabajo era duro, pero que también se pueden cuidar los espacios de diversión y amor. Son las cotidianidades las que consiguen, al fin y al cabo, que el mundo se mueva.

La llamaban “La francesa” en la Asociación de Amas de Casa; después montaron en los barrios los grupos de mujeres contra la carestía de vida, germen del Movimiento Democrático de Mujeres (MDM); A través del Padre Llanos, una monja les facilitó un espacio donde reunirse, dentro de un Colegio; mujeres explotadas, la mayoría fuera del empleo regularizado, a veces simultaneando el trabajo asalariado en ínfimas condiciones o directamente en la economía sumergida y no reconocida; o dedicadas al desempeño doméstico y a las atenciones familiares propias y ajenas; o con sus compañeros presos y cargando a sus espaldas el cuidado de todas y de todos, sin abandonar la rebeldía, la resistencia, la acción movilizadora y el afán por la liberación. Que la historia del movimiento feminista de la época recoja siempre el gran trabajo realizado y el apoyo de las mujeres comunistas y del MDM en la lucha por la igualdad y las libertades, nos debe no sólo llenar de orgullo, también de sabiduría de acción. Y lo ha hecho, Josefina estaría orgullosa del trabajo de las camaradas para el éxito de la Huelga Feminista. Nosotras estamos orgullosas del legado de Josefina y las camaradas que nos precedieron en la lucha. Porque fueron, somos; porque somos, serán.

Seguimos tejiendo, como ella, el hilo rojo y morado de la historia.

En esta sección

“El sujeto hoy del cambio es muy plural, y alguien tiene que organizarlo: yo creo que somos nosotros”Todo a punto para la XXI Fiesta del PCA: la feria más roja de AndalucíaDecenas de miles de personas participan durante el 14 de abril en cientos de actos y manifestaciones por la III República Decenas de miles de participantes en los actos y manifestaciones por la III República celebradas durante la mañanaAtaque fascista en La Rioja contra monumento de homenaje a víctimas del franquismo.

Del autor/a

La forja de una luchadora, feminista y comunistaExisten sobradas y demasiadas razones para una huelga feminista laboral