Ni dios ni amo

La Justicia Si es cierto eso de que los jueces no tienen que hacer justicia, sino aplicar la ley, entonces metamos las leyes en un programa de ordenador.

Benito Rabal 04/05/2018

Se dice que la Justicia es ciega, así se la representa, con una venda que le cubre los ojos, pero da la impresión que, en este país, además debe ser también coja y manca. En vista de lo cual, cada vez que escucho eso de que hay que respetar las decisiones judiciales, a veces me echo a reír y las más, me cago en todos los muertos picaos de la judicatura entera.

Y ya sé. Ya se que habrá jueces honestos, pero pasa como con los curas y las monjas, buena gente la habrá, pero están dentro de una nefasta institución y, mientras le deban obediencia, serán igualmente responsables de los actos de ésta. Eso sin entrar en el debate de cómo ser honesto, cuando se defienden y aplican unas leyes que castigan el bienestar social en aras del el beneficio de unos pocos.

La teoría de la Democracia dice que la Justicia está al alcance de todos, pero dado que la utilización de los medios legales desde hace tiempo, gracias a ese individuo malencarado, de desmesurada afición por los socavones, llamado Gallardón, cuesta su buen dinerito, el que la ciudadanía de a pie intente revertir las decisiones judiciales se hace prácticamente imposible. Y entonces, uno echa a faltar la actuación de esa minoría de jueces honestos cargando contra sus colegas. ¿O no era ciega la justicia en el sentido que no mira la posición de quien es juzgado?

Porque, ¿dónde están cuándo un juez libera de todo a cargo a un asesino como Billy el Niño, mientras otro acusa de rebelión y sedición a los representantes democráticamente elegidos por el pueblo catalán, a pesar de no haber ejercido violencia alguna, ni incitado a la rebelión? ¿O es que alguien se imagina a los cargos del Pdcat, auténticos elementos de la derecha cristiana, empuñando las armas encaramados sobre las barricadas?. ¿Alguno ha expresado públicamente y de manera contundente, su desacuerdo? Es más, ¿han puesto en marcha diligencias contra sus compañeros, siquiera una investigación? Ambos casos lo requerirían.

Se acusa de terrorismo a quienes, en una protesta, dejan expedito el paso por las autopistas de peaje, a la vez que se paga con dinero público la quiebra más que fraudulenta de la patronal de las mismas. ¿No es lo segundo más constitutivo de delito que lo primero o al menos merecedor de mayor atención? Pues parece ser que no. No se juzga el delito, sino el ejemplo.

Un rapero da con sus huesos en la cárcel por una canción, a la vez que Rodrigo Rato campa a sus anchas, con chulería y escolta incluida, haciendo alarde de cómo defraudar y robar limpiamente. A Cassandra se la intentó encerrar por mofarse de un genocida como Carrero Blanco y Aznar, con miles de muertos en sus espaldas, sigue riéndose y cobrando del erario público. ¿Voy a respetar ese desequilibrio y desmesura?

¿Hay algún juez que, en cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, obligue al monarca a eliminar el Ducado de Franco? ¿Y otro u otra que juzgue a su padre por malversación de caudales públicos y delitos de terrorismo por su colaboración con la banda armada que mantuvo al país secuestrado durante cuarenta años? Tal vez estén muy ocupados estudiando cómo hacer creíble una condena de 300 años a unos jóvenes iracundos que se pelearon en un bar de copas.

¿Quién juzga a esos jueces que, por un problema de formas, condenan a una madre que intenta proteger a sus hijos de un padre maltratador?

Si es cierto eso de que los jueces no tienen que hacer justicia, sino aplicar la ley, entonces metamos las leyes en un programa de ordenador y que sea éste quien las aplique. Así, sin interpretaciones, a lo mejor la ley es más justa.

Publicado en el Nº 316 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2018

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