Clave de sol

El valor del Master La universidad, antaño generadora de ideas, crítica, y motor de avance social, se nos presenta hoy como fábrica de títulos y acreditaciones, como la criba inicial en los procesos de selección de personal.

Sol Sánchez Maroto 07/05/2018

El master de Cifuentes ha sido la sensación del inicio de la temporada política de primavera. No es que sea un tema baladí, previsiblemente igual que Al Capone cayó por evadir impuestos, Cristina Cifuentes -que parecía llamada a pelear incluso por la sucesión de Rajoy- caerá por la falsificación de un Master universitario que nunca realizó. Pero corremos el mismo peligro con este asunto que el de confundir a un capo de la mafia con un simple evasor fiscal. Corremos, de nuevo, el mismo peligro que cada vez que nos centramos en un corrupto más, como miembro de una simple lista de corruptos y no como la pieza de un engranaje, como un fragmento de un aparato mucho mayor, a veces incluso un simple peón de una trama de corrupción que en el mejor de los casos identificamos con el partido popular, y que sin embargo, va mucho más allá. Así funciona aquí y ahora de forma sistemática el sistema capitalista en el que vivimos.

No son fallos del sistema. Es el sistema mismo.

No podemos permitir que este árbol nos impida ver el bosque.

Con la misma falta de legitimidad y con el mismo desparpajo que Cifuentes exhibía ese máster (y tantos otros currículums peperos y no peperos han sido adornados, decorados y alicatados hasta el techo) el sistema apoya, argumenta y ejecuta las más reaccionarias políticas contra la clase trabajadora. Y sobre lo que me gustaría incidir aquí, es precisamente sobre ese aparataje de legitimidad de que dota esas políticas injustas e injustificables, que mucho tiene que ver con la academia y el reinado indiscriminado de los “presuntos expertos” tan falsos, repito, como el master de Cifuentes.

El proyecto político neoliberal que ha conseguido neutralizar la cuota de poder y la iniciativa de la clase trabajadora se apoyó desde su nacimiento en la creación de think tanks y en la toma del mundo académico paciente y sistemáticamente, no aquí en el Estado español, sino en todas partes. Sabían perfectamente que en la sociedad lo académico goza de prestigio y otorga legitimidad, que los títulos y acreditaciones en el mundo moderno legitiman a sus poseedores y los invisten de una “razón” que la mayor parte de la sociedad entiende al margen de ideologías. Saberes que se perciben como objetivos, técnicos e incontestables. Confundiendo así las ciencias sociales con las ciencias exactas, y escamoteando la necesaria perspectiva crítica que se daba en ellas.

Ya en los años 90 nada quedaba del movimiento estudiantil de los 60, de la fuerza de décadas anteriores de los sindicatos, y las ideas de economistas como Hayek se habían convertido en el discurso dominante en la Academia y en cuestiones de “sentido común” en la calle, independientemente de que los datos empíricos demostrasen y se obstinen en seguir demostrando lo contrario a lo que sus ideas proponen. Los departamentos universitarios en los que se plantea por ejemplo una economía más allá de esta ortodoxia son hoy por hoy como pequeñas aldeas galas cercadas por los romanos y anecdóticos en número.

Así la universidad, antaño generadora de ideas, crítica, y motor de avance social, se nos presenta hoy como fábrica de títulos y acreditaciones, como la criba inicial en los procesos de selección de personal. Casi como un apéndice o una avanzadilla de los departamentos de personal de las grandes compañías que ya decoran incluso con papeleras de Repsol o el Santander sus campus…

Y descubrimos con el caso Cifuentes que pasándose de frenada, la cosa ya no queda solo ahí, sino que una universidad pública prácticamente montada ex profeso por el Partido Popular para servirse a sí mismo ha estado comerciando directamente con las titulaciones ya sin contenido ninguno, sin exámenes, sin trabajos, sin nada. Los grados en criminología de cien en cien. Una trama corrupta también en la universidad, a imagen y semejanza de sus creadores. Pero, ¿qué esperábamos? De qué nos extrañamos? Esto no es más que la progresión lógica de toda la deriva anterior, de toda esa toma de la Academia por el capital. Un negocio más, y es evidente que había demanda.

Una sola cosa buena puede salir de aquí, que a partir de ahora la gente se anime más –aunque solo sea por la desconfianza generada- a poner en cuestión afirmaciones que con petulancia y escudándose en su superioridad académica salen de algunas muy neoliberales bocas tituladas. Si esto ayuda a poner en cuestión a los expertos y escuchar de forma crítica igual hasta nos acaba compensando. El conocimiento nos hace libres, los títulos, no.

Publicado en el Nº 316 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2018

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