Mediaciones

Tele155 En este horizonte de descomposición social, es preciso repensar hasta qué punto el progreso técnico de la comunicación ha contribuido, en el capitalismo, al progreso moral.

Francisco Sierra 08/05/2018

La tele, por definición, mina y socava la vida necesaria del telos. Anula, a fuerza de distancia, las formas comunadas de construcción de lo social. El problema es cuando esta lógica televisual tiende a extremarse por imposición. Así por ejemplo, en los últimos tiempos, los modelos de gobernanza tienden a distinguir separando y alejando el punto de foco del ciudadano común. Por abstracción, y por necesidad ideológica. El plasma es, de hecho, una metáfora de nuestro tiempo, nuestro particular Black Mirror de la distopía de la barbarie que niega el derecho a la paz y la palabra. En realidad, este, nuestro tiempo, es un tiempo de silencio. Un tiempo que redivive, y no solo en España, la cultura del fascismo social a golpe de NODO en forma de telediario.

Decía años ha el profesor James Petras que la civilización, en el grado maduro de desarrollo del capitalismo, es un sistema híbrido. Formalmente, civilizada, en el fondo, sustancialmente, impone el abismo de la barbarie. Es un proceso que, en el fondo, es consustancial al principio de destrucción creativa. Ya en 1959, el escritor Francisco Ayala acertó a discernir que “los rasgos que la realidad actual presenta son los de un mundo en descomposición, cosa que en manera alguna puede confundirse con una situación revolucionaria; en cierto modo, es todo lo contrario, pues revolución implica movimiento histórico determinado por una tensión de fuerzas sociales, dialéctica real, mientras que los hechos sociales del presente corresponden a una sociedad desintegrada y encharcada donde todo es confuso, los movimientos son ciegos, los conceptos se han vaciado de significación y las palabras, corrompidas y deformes, degradadas al papel de insultos, oscuras, torpes y sumarias como gritos intrahumanos, muestran una grotesca inutilidad para lo que es su función específica: entenderse”. En este horizonte de descomposición social, es preciso repensar hasta qué punto el progreso técnico de la comunicación ha contribuido, en el capitalismo, al progreso moral, considerando que, en la era de las redes, la barbarie es la norma y no precisamente la excepción. Explore el lector cualquier canal o hilo de debate sobre la situación en Cataluña y, con certeza, llegará a la misma conclusión. La mediatización de la justicia, y la injusticia del plasma del control de la información han derivado, como consecuencia, en farsa que termina por opacar las relaciones materiales de fuerza que están en el trasfondo de esta tormenta perfecta: la precarización, subalternidad y esquilmación de los recursos públicos que la derecha nacionalista catalana y los hijos de Franco vienen dilapidando en un perfecto consorcio, pese a las sombras chinescas que encubren las apariencias televisivas. Toda visión a distancia termina por favorecer así la miopía intelectual como programa. Al respecto cabe traer aquí las ideas expresadas por el escritor granadino cuando advertía cómo los intelectuales burgueses adheridos a la causa del proletariado llegaron al desengaño cuando las masas se adhirieron al nacionalismo en una suerte de conversión ideológica frente a la tradición internacionalista, federativa y cierto compromiso universalista del movimiento obrero. Un giro decepcionante que ya sabemos en qué terminó; o, en la actualidad, qué representa, cuando el discurso Sálvame del cuñadismo naranja y el populismo de derecha, con el patrocinio del capital financiero y sus medios oficiales de difusión, presentan como deseable una solución exitosa de salida a la crisis cuya única garantía a medio plazo no es otra que profundizar el violento proceso de acumulación por desposesión. Así que ya saben: quien tiene el mando manda, y en este caso no son los espectadores de Tele155. La distinción, el poder de trazar las fronteras y líneas de demarcación entre clases, en el caso de España, ha sido de forma brutal y autoritaria. Nada nuevo bajo el sol. Pues ya se sabe que allí donde no hay derecho se impone el poder del más fuerte. Por ello tenemos una economía de la información que provoca artificialmente el principio de escasez en la era de la abundancia de recursos, invirtiendo mixtificadoramente los términos para convertir en sospechosos habituales y un peligro social a los sectores populares que hacen uso libre de las redes sociales para resistir el proceso de desmontaje del Estado Social de Derecho en una suerte de política de pánico moral de lo que llaman amenazas tecnológicas a la democracia. Cuando en realidad operan los mismos profesionales del silencio del dominio del capital. En esta opereta o farsa de la representación, solo cabe discernir quien remplaza a Queipo de Llano en las alocuciones y campañas de terror. Servidores, y siervos dispuestos a desempeñar tan indigna función hay muchos, demasiados diríase.

Qué triste constatación para el mejor oficio del mundo.

Publicado en el Nº 316 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2018

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