Escenarios

La infancia que desespera por la espera de un nuevo Godot

Iván Alvarado 10/05/2018

Obra: Los Perros
Intérpretes: María Díaz, Manuel Ollero “Piñata”/ Pablo Gómez Pando y Selu Nieto
Música: Bach/Música capilla/ Banda Santiago Cuba
Espacio escénico: Teatro A La Plancha, Carlos Villarreal y Margarita Ruesga
Vestuario: Margarita Ruesga
Iluminación: Alberto Hernández
Diseño gráfico: Carlos Villarreal
Distribución: Teresa Velázquez
Ayte. Dirección: Susana Hernández
Dirección: Selu Nieto
Sala: Cuarta Pared (primera quincena de abril)
Próximas funciones: 25 de octubre Almería.

La joven compañía Teatro a la plancha, ha mostrado en la madrileña sala Cuarta Pared su segundo trabajo tras su éxito de “La Última Boqueá”. En esta ocasión han traído “Los Perros”, con el cual han cosechado varios premios, destacando el de obra revelación en los IV Premios Lorca del Teatro Andaluz, como antesala de los siguientes que tendrá seguramente.

La obra está enmarcada en un contexto histórico de posguerra, que sirve como telón de fondo, pero no como marco temporal concreto, donde sólo el acento nos lleva a Andalucía, pero la acción y los hechos bien nos podrían situar en Bosnia, Ruanda o Siria.

La acción transcurre en un hospicio doblemente abandonado, primero se abandona la infancia y luego el mundo se olvida de los olvidados. En ese espacio transcurre la trama de dos niños y una niña que representan unos personajes que encarnan la soledad y el miedo. Tres personajes que quieren salir pero no pueden porque esperan, sólo que su espera no es sólo existencial sino también vital.

Tres personajes: “La piojosa” (María Díaz), que da la visión diferente de la realidad; “El ciego” (Manuel Ollero “Piñata”), que parece un personaje saramagiano capaz de ver lo que otros no ven; y “Expósito” (Selu Nieto), que muestra la realidad más cruda; pero el mismo denominador común, no tienen futuro ni tienen presente, sus nombres son un número pintado en sus traseros.

La obra consigue generar una atmósfera a veces sobrecogedora, gracias a varios elementos. El primero de ellos, una iluminación basada en el claroscuro, que conjugado con una acción dramática muy pausada y mimada nos introduce en un imaginario cercano a Velázquez.

El segundo, una dramaturgia que se mueve con bastante facilidad entre el universo del absurdo, desarrollando unos personajes que sobreviven gracias a su particular visión de la realidad y el existencialismo, aunque pese a sus cuestionamientos, están atrapados en un laberinto del cual parecen abocados a no salir.

El tercero, un trabajo actoral donde el mimo por el gesto, la acción y un riguroso trabajo corporal, hacen del elenco en general un grupo armónico, donde cada personaje complementa al otro, dando un nivel en conjunto bastante elevado y resolutivo.

Por último, una propuesta escénica minimalista que juega con una estructura móvil y polisémica que juega con generar diferentes objetos y con la transformación del objeto llevarnos a diferentes espacios, siempre con un desolador mural de pijamas tétricos de fondo que anuncian el destino de una infancia olvidada.

Es sorprendente ver una compañía con tan poco recorrido, capaz de conjugar la frescura de su juventud con una madurez impropia de su corta trayectoria, mostrando un teatro social que trata un tema tristemente atemporal, el abandono de la infancia.

Sólo nos queda esperar que su evolución siga planteando temáticas sociales donde el elemento crítico siga creciendo y ayuden a un necesario cambio de la escena española actual donde encontrar piezas de esta calidad y sensibilidad hacia los más débiles y temas sociales sigue siendo una quimera difícil de encontrar en salas de cierto alcance mediático.

Publicado en el Nº 316 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2018

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