Clave de sol

El candidato Necesitamos llegar a las instituciones, incluso ganarlas... Pero si para conseguirlo acabamos mutando en lo que no somos... de nada habrá servido.

Sol Sánchez Maroto 11/06/2018

Procuro utilizar esta columna lo mínimo posible para hablar de abstracciones, de cuestiones sobre “lo político” que se alejan de la realidad material. Prefiero que sirva de altavoz para conflictos y cuestiones concretas que afectan a la clase trabajadora. Ahora me hallo inmersa en desentrañar la complicada madeja normativa y judicial que afecta a aquellos trabajadores y trabajadoras cuyas empresas se declaran en concurso de acreedores. Hay muchos miles en esa situación y mucho desconocimiento y opacidad en ese asunto. Pero van a tener que esperar a la próxima columna, hay veces que no se puede evitar hablar de algunas cosas que parecen gritar desde lo más profundo de una misma y necesitan ser dichas.

Hace muchos años, la primera vez que entraba en un quirófano siendo muy pequeña, en una de aquellas televisiones a disposición de los pacientes que funcionaban con monedas, pasaban una película que probablemente por la tensión y el trauma que supone someterse a una operación quedó grabada a fuego en mi memoria. Era ya en aquel momento una peli algo antigua, de 1972, la protagonizaba un jovencísimo Robert Redford en indiscutible estado de gracia, a ratos resultaba inquietante y hasta visualmente incómoda pero por alguna razón también magnética y lo suficientemente hipnótica para no dejar de verla y sumergirte completamente en el relato.

El film en cuestión es “El Candidato”, dirigida por Michael Ritchie y producida (además de protagonizada) por el mismo Redford, contó con el guionista Jeremy Larner que justo unos años antes había sido el redactor de los discursos del senador demócrata Eugene McCarthy (uno de los líderes políticos del movimiento contra la guerra de Vietnam) en su candidatura presidencial de 1968. Larner, que había acabado desilusionado por la campaña y había escrito un libro sobre ello, Nobody Knows (Nadie lo sabe) ganó por esta película el Óscar al mejor guion.

La he visto varias veces muchos años después, y aunque de forma esporádica alguna secuencia me ha venido a la cabeza en este tiempo, últimamente lo que no consigo es sacármela completa de ella. Para explicaros por qué, aunque recomiendo su visionado, advierto que en algún punto voy a hacer eso que ahora llaman espóiler y que equivale a destripar una historia de toda la vida, incluida su frase final. Avisados estáis.

Trataré de resumir el argumento de esta sátira política en unas breves líneas que evidentemente serán insuficientes: Bill McKay es un joven abogado laboralista californiano comprometido socialmente al que un asesor político capta y convence para convertirse en candidato a senador en contra del titular republicano, el cual es claramente un auténtico representante de “la vieja política”. Él es un abogado honesto y un activista de izquierda, aunque también el hijo de un popular exgobernador con el que no tiene buena relación y al que no quiere parecerse. Convencido de que no tiene nada que perder, ya que será claramente el perdedor y de que gracias a ello podrá disponer durante todo un año de un gran altavoz para dar a conocer políticas alternativas, más progresistas, ecologistas, justas y solidarias, y para denunciar al actual sistema en descomposición, decide entrar en la competición por el Senado. Pero un especialista en medios y empresario publicitario entra en escena y convierte la genuina preocupación de McKay por los desfavorecidos y su visión honesta de la política en una intención de voto inesperada. La ciudadanía empieza a identificarlo con una oportunidad para el cambio. Estás captando a la gente que está de acuerdo contigo, ¡ahora tienes que convencer al resto!, le dice uno de sus asesores justo cuando la campaña empieza a írsele de las manos. ¿Y eso qué significa? contesta el candidato, aún con cierta ingenuidad (que perderá irreparablemente en breve) en la mirada. Y entonces cuando ganar empieza a ser posible, empieza la pesadilla y los cambios. El discurso se modifica, la autenticidad se pierde, los objetivos se moderan, el candidato y su proyecto se difuminan y se empiezan a parecer, a confundir incluso con los del adversario, mientras sus formas se tornan prácticamente indistinguibles… Se ha convertido en un producto del mercado político, un producto triunfador. Por supuesto gana –“hijo, ya eres político” (le dice el padre en un plano absolutamente freudiano: te has dejado todo lo que eras y te has convertido en todo aquello que despreciabas). Y tras el éxito aplastante, que ha destruido completamente al candidato, la película termina cuando éste le dirige la pregunta del millón a su asesor y mentor ¿y ahora qué? FIN.

Necesitamos llegar a las instituciones, incluso ganarlas -aunque eso por sí solo no sea suficiente- porque de lo contrario no podremos plantar batalla desde dentro y revertir las injusticias que se cometen desde allí contra nosotras. Pero si para conseguirlo acabamos mutando en lo que no somos y preguntándonos lo obvio, de nada habrá servido. Un proyecto político no es, y nunca debe serlo, un producto de márketing al servicio de un candidato con el único objetivo de ganar. Es otra cosa, se trata de ganar bien, de transformar la sociedad para mejorarla, de llevarlo a cabo en un proyecto plural y colectivo. Conviene no olvidarlo para no terminar preguntándonos jamás ¿y ahora qué?

Publicado en el Nº 317 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2018

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