El trabajo intelectual enciclopédico y meticuloso de Losurdo se ha visto truncado por una veloz enfermedad allí donde nacían, y se ordenaban, sus ideasDomenico Losurdo: por la lucha común Losurdo escribió y militó para evitar nuevos triunfos del racismo, el colonialismo, el machismo, el imperialismo. Contra las soluciones fáciles; contra las soluciones imaginarias.

Antonio J. Antón 29/06/2018

En estos días, con internet, las redes sociales, los videos y hemerotecas instantáneas, es difícil entender el castigo que antes suponía el silencio o la marginación intelectual. Y con ella, la valentía necesaria para escribir lo que nadie más se atrevía a decir; lo difícil que era abrir debates guardados bajo siete llaves. Por eso, al recordar a Domenico Losurdo, cuesta resistirse hoy a lo vindicativo; al desagravio. El suyo es el nombre de algunas cacerías injustas, y puede que de alguna defensa, nunca mejor dicho, intempestiva. Es el nombre, también, de todos los que esperaban un libro, o artículo, que llegó en el momento oportuno. Quizás represente, como muy pocos marxistas, el problema de la oportunidad, del momento para la intervención teórica.

El término marxista, en este caso, resulta impreciso, por ser demasiado específico. Del mismo modo en que decir que fue un “especialista” en Marx, Nietzsche, Hegel o Gramsci, y por tanto descartable como pensador “original”, es faltar a la verdad. Fue tremendamente original, precisamente por su pasión por el detalle, por el trabajo textual, por el obsesivo cuidado por la verdad. Fue uno de los marxistas europeos más originales, porque abordó desde el marxismo las cuestiones más difíciles, las batallas que nadie podía o quería librar. Fue original, porque fue leninista: flexible en los nuevos desarrollos teóricos y políticos, indiferente al brillo de la novedad por sí misma, defendiendo en soledad una concepción efectivamente global del comunismo. Y fue original porque su trabajo teórico, de enorme exigencia académica, nunca impidió una militancia constante. Stefano Azzarà, colaborador y amigo de Domenico, ha dicho que fue un “intelectual comunista”. Me cuesta encontrar una mejor definición. Ha añadido: “completo”, y creo que es más cierto de lo que parece. Si quien le lee piensa en algún momento que las citas de tantos filósofos “liberales” o sencillamente ajenos al canon marxista eran superficiales, se equivoca. La ironía terrible –se ha recordado en estos días con descarnada sinceridad, muy hegeliana por cierto– es que el trabajo intelectual enciclopédico y meticuloso de Losurdo se haya visto truncado por una veloz enfermedad allí donde nacían, y se ordenaban, sus ideas.

Comunista, en este y otros muchos casos, es más que un descriptor ideológico. Apunta a una experiencia acumulada de dificultades personales y laborales; a una resistencia a doblegarse. Por eso a menudo le tocó sentarse, en salas de conferencias de medio mundo, y especialmente de media Europa, junto a quienes despreciaban, se distanciaban, o recelaban de su trabajo. También porque, en unos casos, sabía infundadas muchas de las críticas. En otros casos, sencillamente las aceptaba. Habría que subrayar una vez más lo obvio: quien se rebeló sistemáticamente contra las ideas heredadas, de un tipo u otro, ¿cómo iba a glorificar la sumisión a la autoridad? Algo saben quienes trabajaron con él; hasta sus más estrechos colaboradores mencionan los disensos palpables, que no evitaban la amistad intelectual. Siempre habrá quien confunda la pasión de una intervención teórica urgente, con el dogmatismo o los cultos a personalidades o ideas. En todo caso, sabía que el viejo topo (es necesario este guiño también a sus primeros y valientes editores en España) y el tiempo, harían su trabajo.

Y lo hacen, poco a poco. No fue cómoda la recepción de su primer libro, sobre Kant; insistía en puntos conflictivos, buscaba ampliar las biografías unidimensionales. De los siguientes trabajos la historia es similar. “Ha sido difícil, especialmente en Alemania”, me comentó en un largo paseo, bajo un sol que inexplicablemente insistía en disfrutar. “Pero volvamos al trabajo”. Domenico sabía de la precaria vida de sus traductores, y por eso insistía en invitarme a comer o a cenar. Pero eso tenía un coste adicional: examinar todos los ángulos del mundo editorial, encontrar huecos, buscar presupuestos y becas. La segunda condición era proporcionarle en cada ocasión un informe meticuloso sobre la coyuntura política; lo demás era poco importante. Como la factura del teléfono, me temo. Los futuros biógrafos no lo tendrán fácil para encontrar demasiadas declaraciones hablando de sí mismo, de su pasado, o de su método de trabajo. Lo crucial para él era conocer la situación presente, cómo intervenir. Respecto a su labor militante en Italia, me insistía ya hace tiempo en la necesidad de la unidad y en un partido fuerte. A ello se dedicó estos últimos años. La tarea queda pendiente, pero él confiaba en que la unidad sería inevitable. Una inevitabilidad moral; una exigencia ética. Pasó cierto tiempo en diferentes responsabilidades de dirección: curtido en muchas rupturas innecesarias, se esforzaba por (es decir: al ser reiteradamente preguntado) evitar la personalización de las disputas intrapartidistas. Los debates, incluso las rupturas, eran responsabilidad colectiva.

Sobre sus libros pasados realmente no había más que decir: él veía un debate ignorado, una carencia teórica, una polémica mal cerrada, y se sentía obligado a intervenir, a trabajarlo. Tras los primeros, vendrían más libros provocadores, más o menos polémicos, como los dedicados a Fichte o al revisionismo histórico (recuerdo el gesto de su compañera Ute, al preguntarle sobre la recepción de uno de sus libros en Francia: algo como qué le vamos a hacer, así están las cosas). Cuando publicó su libro sobre Heidegger, tocando el vergonzante asunto de su nazismo (muy poco después de Farías), el libro fue en muchos casos ignorado o descartado porque el autor “era leninista”. Cuando Nietzsche parecía definitivamente rehabilitado, fue el único que osó interrumpir la placidez académica con varios miles de páginas documentadas hasta la extenuación. Antes, sus primeros libros sobre Marx habían llegado demasiado tarde, o demasiado pronto (es decir: en el momento oportuno). Hegel –recordemos: años ochenta– estaba todavía bajo la sombra acusatoria de los nouveaux philosophes, nada parecido al revival de esta década. También ahí decidió establecer su campo de trabajo filosófico. Su libro sobre Gramsci, en el contexto de su publicación, es más provocador de lo que podría parecer; y desde luego sobra comentar el impacto que tuvieron, en su recepción internacional, y en su vida intelectual y personal, los libros sobre Stalin o la no-violencia. Sin embargo, estos no son ejemplos de una voluntad refractaria, de una imprudencia intelectual, son intervenciones cuya pertinencia histórica comenzaremos pronto a valorar. Hoy elijo un ejemplo por encima de todos los demás: sólo entre la fecha de publicación original del Libro negro del comunismo, y la fecha de su traducción al castellano y alemán, Losurdo respondió en varios idiomas con numerosos artículos y libros sobre Gramsci, sobre el revisionismo histórico (ya fuera contra 1789 o 1917), Lenin, o la URSS. Finalmente, a finales de 1998, entregaba a la revista Giano un artículo de cincuenta y tres páginas que resumía una de sus mejores respuestas al anticomunismo: L’ebreo, il nero e l’indio nella storia dell’Occidente.

Losurdo escribió y militó para evitar nuevos triunfos del racismo, el colonialismo, el machismo, el imperialismo. Contra las soluciones fáciles; contra las soluciones imaginarias. No podremos preguntarle, pero seguramente ahora estaría en la biblioteca, junto a Ute, preparando una respuesta a Salvini. Contra todos los Salvini que ha habido en la historia. Contra el capitalismo.

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Domenico Losurdo: por la lucha común