Clave de sol

Amianto La dirección de Metro de Madrid conocía la presencia de amianto en instalaciones y maquinaria al menos desde el año 2003.

Sol Sánchez Maroto 18/07/2018

Cuando nos referimos al Amianto hablamos de un conjunto de minerales fibrosos que se han estado utilizando desde la antigüedad para los más diversos fines. Además, desde hace poco más de una década, hablar de amianto es hablar de un elemento extremadamente peligroso, aunque ya en tiempos de Roma algunos avispados observadores describieron la enfermedad pulmonar que sufrían antes o después los esclavos que tejían ropas con sus fibras.

A pesar de esa sospecha que por tanto siempre estuvo más o menos presente sobre estos materiales, se continuaron utilizando a lo largo del tiempo. Su rentabilidad y bajo coste para las empresas hizo que en el pasado siglo hubiera amianto presente en innumerables productos, sobre todo de construcción como cementos, tejas, tejados, baldosas, azulejos, pero también en otras muchas piezas industriales que se utilizaban en transportes tanto de automoción como aéreos y ferroviarios. Ni mucho menos su utilización quedó limitada a estos usos, aunque sí hayan sido los principales.

En el estado español el uso de amianto de forma masiva y prácticamente sin ningún control comenzó en los años cuarenta y se mantuvo hasta los ochenta a pleno rendimiento, tanto para usos industriales como en prácticamente todas las edificaciones construidas a lo largo de esas décadas. Las variedades más perjudiciales, el amianto azul y el amianto marrón, fueron prohibidas en 1984 y 1993, respectivamente. Y la prohibición total de utilización y comercialización del único tipo, el blanco, que continuaba usándose de forma industrial llegó en 2001 adelantándose a la fecha tope que la UE había fijado en 2005.

Las razones son claras e inapelables: el amianto mata. Si es inhalado, puede producir tanto cáncer como asbestosis, ambas enfermedades mortales. Es un asesino lento. Las enfermedades pueden tardar entre 20 y hasta 40 años en manifestarse. No existe un mínimo seguro de exposición y las verdaderas consecuencias, dado el largo periodo de latencia de las enfermedades que causa, las conoceremos en las próximas décadas. Para hacernos una idea solo en la Unión Europea se calcula que morirán más de medio millón de personas afectadas en los próximos años.

Sin embargo, prohibir no es hacer desaparecer por arte de magia lo que ya está ahí. Y de esta obviedad la gravedad de lo que sigue.

En el año 2002 se crea el Registro de Empresas con Riesgo por Amianto (R.E.R.A) y en 2006 a través del real decreto 396/2006 se formaliza. En este registro deben estar por tanto identificadas por ley tanto las empresas que trabajan con amianto, como en las que sus trabajadores tengan algún tipo de riesgo por exposición. Se podría hablar mucho sobre las deficiencias de este registro, de la competencia autonómica, de su accesibilidad, de la permanencia o no de las empresas en el tiempo e incluso de la obligatoriedad de que los datos sean públicos; de todo ello -acuérdense de esta advertencia- se hablará desgraciadamente no a mucho tardar… La cuestión es que en Madrid los datos de las empresas que en él figuran son públicos y consultables a través de internet, y Metro de Madrid nunca ha figurado en el listado.

La dirección de Metro de Madrid conocía la presencia de amianto en instalaciones y maquinaria al menos (no se puede probar que antes, porque las sospechas no sirven como prueba) desde el año 2003. Sin embargo, hasta que en septiembre de 2017 la plantilla y los representantes de los trabajadores no se plantan y hacen frente a la empresa, no se toma ninguna medida preventiva ni extraordinaria al respecto.

Casi quince años eludiendo la responsabilidad de desamiantado de la red de metro, ocultando información, negando a la plantilla formación laboral que podría haber salvado aún no sabemos cuántas vidas para las que las cartas ya están marcadas y que perderán irremediablemente la partida.

Quince años mirando para otro lado mientras los trabajadores y trabajadoras limaban, soplaban y manipulaban amianto sin ninguna protección, dando órdenes de pintar algunas piezas concretas con una pintura especial, sin explicarles que teóricamente eso que estaban haciendo servía para encapsular el amianto mortal de su interior. Quince años de premeditación, alevosía y nocturnidad.

Ya ha muerto una persona y existen varios casos más detectados. Aun así hasta ahora les negaban siquiera los reconocimientos y seguimientos médicos adecuados que sólo las huelgas y las movilizaciones sindicales están arrancando a cuenta gotas.

Perdón por acabar de nuevo con una licencia cinematográfica, pero creo que ilustra magníficamente la situación. D.O.A Con las horas contadas es una película de 1950 de la que se hicieron varias versiones después, todas ellas cuentan la historia de un hombre que llega a una comisaría de policía para denunciar su propio asesinato: alguien le ha envenenado y debe descubrir quién es el culpable antes de que el veneno actúe. Aquí ya tenemos a los responsables y afortunadamente algo más de tiempo (aunque no todos). Solamente queda obligarles a compensar el daño y hacerles pagar. Es de justicia porque esto también es asesinato.

Publicado en el Nº 318 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2018

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