Ni dios ni amo

Rescate Eliminemos las semillas transgénicas, el mercado global, el pornográfico poderío de las transnacionales del armamento, las comunicaciones, la alimentación o las farmacéuticas y veremos que rápido se soluciona el asunto de la emigración.

Benito Rabal 19/07/2018

Como ser humano, habitante del planeta, tengo mucho que agradecer a Cuba. También en lo personal. Entre las múltiples experiencias y enseñanzas que adquirí en mis casi tres años de vivir allí -más múltiples visitas posteriores- descubrí, gracias a ese sentir internacionalista que impregna el día a día de la cultura en la Isla, la literatura africana. Acostumbrado como estaba a saber bien poco del gran continente, la lectura de obras que merecen estar a la altura y reconocimiento de las occidentales que solemos nombrar, me abrieron las puertas de un mundo apasionante y rico, alejado del menosprecio e ignorancia con que tratamos a África.

En los libros del escritor camerunés Mongo Beti, en los de los nigerianos Chinuá Achebe o Wole Soyinka, del congoleño Sony Labou Tansi, del keniata Ngügí Wa Thiong´o y de otros muchos, existe una constante al hablar de la reciente historia de sus países. En mayor o menor medida, coinciden en señalar que durante los procesos de descolonización, las diferentes metrópolis prepararon a quienes iban a dirigir los destinos de la independencia de tal manera que continuaran siendo vasallos de los antiguos colonizadores, anulando sus tradiciones, cultura y costumbres, o peor aún, haciéndoles adoptar modos que nada tenían que ver con su concepción de la vida.

Eso y el permanente expolio de sus riquezas naturales es la clave para entender el deterioro social y económico en el que se encuentra gran parte del continente que albergó la génesis de la civilización.

Aun así, seguimos tratando a sus habitantes con la soberbia del señorito, con la irracionalidad del aristócrata, con la avaricia del nuevo rico. Cerramos nuestras fronteras mientras copamos sus mercados. Saqueamos sus reservas a la vez que escatimamos los beneficios que a ellos, más que a nadie, corresponden.
Hemos pisoteado su pasado, masacrado su presente, hipotecado su futuro. Y ahora, cuando llegan hasta nuestras puertas huyendo de hambrunas y violencia, dudamos si darles cobijo o no.

Nos emocionamos ante el rescate de, por ejemplo, dos alpinistas, rubios, bien comidos, mejor pertrechados, pero sin embargo se discute la conveniencia de salvar la vida de 700 personas al borde de la muerte a bordo de un barco a la deriva. Nos enfurecemos ante la visión de cachorritos abandonados y miramos para otro lado ante los miles de muertos sepultados en el Mediterráneo. Creemos que el mundo está preocupado por no engordar, por mantener la línea que marcan los cánones, cuando en realidad, la mayor parte de la población mundial lo que necesita es comer.

Avergüenza pertenecer, no al género humano, sino a la parte de éste que vive en la opulencia gracias a sumir en la pobreza a las tres cuartas partes del planeta.

No se trata de caridad, sino de justicia. Eliminemos las semillas transgénicas, el mercado global, el pornográfico poderío de las transnacionales del armamento, las comunicaciones, la alimentación o las farmacéuticas y veremos que rápido se soluciona el asunto de la emigración.

No es en África donde radica el problema, sino aquí, en nuestros países que un día también encontraron en la emigración un mundo mejor. Somos nosotros quienes consentimos ese asesinato en masa. Y también quienes podemos detenerlo.

Publicado en el Nº 318 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2018

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