Escenarios

Islandia, un viaje a ninguna parte Es un texto que va anunciando derrota tras derrota un universo colectivo que se mueve entre la picaresca y la desazón sin terminar de decantarse por ninguno de los dos.

José María Alfaya
Iván Alvarado 20/07/2018

Obra: Islandia.
Dirección: Xabier Albertí.
Dramaturgia: Lluisa Cunillé.
Intérpretes: Joan Anguera, Lurdes Barba, Paula Blanco, Juan Codina, Oriol Genís, Jordi Oriol, Albert Pérez, Albert Prat, Lucía Quintana y Abel Rodríguez.
Producción: Teatre Nacional de Catalunya.
Vestuario: María Araujo y Marian García.
Sonido: Lucas Ariel Vallejos.

Producida por el Teatre Nacional de Catalunya, Islandia es para muchos la mejor obra de Lluisa Cunillé, escrita por encargo del entonces director del Teatre Lliure Álex Rigola en 2009, apenas dos años después de la última crisis del sistema neoliberal.

Nos encontramos frente a un texto que vuelve a llevarnos a la isla de Islandia, como ya hizo hace algún tiempo Juan Mayorga con Reikiavik, pero en este caso por motivos diferentes. En esta ocasión el viaje a Islandia se convierte en el lugar de partida, por lo simbólico de las consecuencias de la crisis en la isla, pero sin referencia posterior a la misma.

El texto es una búsqueda de las consecuencias de la crisis mediante un retrato colectivo, visto por un joven islandés que busca a su madre en los EE.UU. un retrato que bien puede parecer un cuadro viviente de la obra de Edward Hooper.
El viaje va mostrando historias de vidas vacías, desoladas por la crisis, generando a base de retazos el imaginario colectivo de la nueva crisis de un sistema que nos lleva a ninguna parte, pero nadie propone un nuevo rumbo, como si de un barco desolado visionado por Arthur Gordon Pym se tratase.

Las vivencias del joven se van tornando en un rito de iniciación para el joven protagonista, incapaz de sacar algo más que nuevas dudas. Un viaja al interior de un universo estético lúgubre, lleno de soledad, con bastantes ecos koltesianos y algún guiño a Brecht con los títulos de las escenas a base de cartelería.

Este universo va dejando paso a la apatía de sus personajes y al modo de jugarlos que tiene el elenco. Unos personajes que encarnan las derrotas de su pasado, como si alguna vez hubiesen sido algo, dejando tras su paso una desidia escénica perenne.

El texto no busca cuestionamientos, ni tampoco termina de mostrar el “desierto de lo real” que anuncia Ordoñez. Es un texto que va anunciando derrota tras derrota un universo colectivo que se mueve entre la picaresca y la desazón sin terminar de decantarse por ninguno de los dos.

Es quizá esa tierra de nadie, ese lugar a ninguna parte que es Islandia, lo que pretenden transmitir la dirección de Xabier Albertí y el texto en sí de Cunillé que nos introduce en un retrato que parece irreal, con historias que parecen irreales y guiños forzados que terminan por hacernos perder en la nebulosa la trama central. Lo que queda finalmente es niebla.

Publicado en el Nº 318 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2018

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