Relato. Suplemento cultural de Mundo Obrero El mono azul, Nª0París Périphérie

Elvira Navarro 28/09/2018

No me gusta mirar los mapas. Tengo una suerte de dislexia con ellos y, si no extremo mi atención, confundo unas calles con otras, de tal manera que cuando busco, por ejemplo, la plaza del mar, lo que hago es caminar hacia el lado contrario, hacia la avenida de las islas, y no porque líe las direcciones, sino los nombres. Mi memoria los cambia de lugar. Me extraño entonces de avanzar en sentido inverso –porque mi intuición, a la que nunca obedezco, no suele fallar-, pero aún así, me digo: sí, sí, la plaza del mar está por aquí, lo he mirado en el mapa. Y continúo, ajena a los letreros y fiel a un itinerario loco.

Hoy es tal vez uno de esos días en los que consultar un plano puede no tener remedio. Todavía no lo sé. Acabo de bajar en Carrefour Pleyel, y busco el Centro Administrativo y Social que se encarga de los barrios de la periferia norte. Mañana es el último día para tramitar la CAF, una beca que me permitirá seguir viviendo en una residencia de la Mairie de Saint-Ouen durante los próximos seis meses. Observo atentamente el andén, como siempre que bajo por primera vez en algún sitio y a pesar de que todas las estaciones son más o menos iguales. La salida está justo en la avenida de Anatole France, la cual, a juzgar por el número del centro, el 345, ha de ser enorme.

Atravieso un túnel larguísimo para salir por los impares. Frente al metro hay unos cuantos cafés, y a continuación un hotel; el 357. He de avanzar un poco más para saber si voy en la dirección correcta. La avenida es, en efecto, interminable; desde donde estoy, mirando hacia el sur, no puedo ver el final. Los edificios son feos, relativamente recientes, de colores pastel: rosas, amarillos, beiges. Llego a una casa que hace esquina, de ladrillo visto, y siento más que nunca la amenaza de tormenta. El moho de las paredes, insólitamente seco, y el jardín tupido y asilvestrado por el descuido y por las lluvias me producen una sensación de extrañamiento que reconozco.

El número es tan grande que al principio no lo veo. Está colgado en la verja, en un panel rojo. El 323. Por un momento, dudo que ése sea propiamente el número. Debajo, hay un letrero pintado de blanco y sujeto con unos alambres que dice: SE VENDE. Caigo en la cuenta de que faltan diecisiete números, así que doy media vuelta y atravieso una rotonda. No sé hacia dónde dirigirme. Lo que sigue a Anatole France es una carretera con tres rascacielos modernos y fríos. Ninguno tiene aspecto de ser el Centro Administrativo y Social. Sin embargo, como tampoco las otras dos avenidas son su continuación —avenida de Gabriel Péri y avenida de Albert Dhalenne—, prosigo derecha.

Empieza a llover. Compruebo que no es en la carretera donde se encuentran los rascacielos, sino subiendo una rampa que se desvía hacia la izquierda. La carretera continúa hasta la autopista. Los barrios de la periferia norte se extienden más allá; son una réplica triste y diluida de Carrefour Pleyel, y durante el breve instante en que los contemplo me provocan una inquietud indefinible y placentera. Pienso que tal vez sea necesario cruzar la autopista para encontrar la otra parte de la avenida, pero por el momento tomo la rampa. Avanzo. No hay ningún cartel indicador; estoy ya casi segura de que no voy a ninguna parte. Sigo avanzando. Cuando alcanzo los rascacielos, compruebo que están rodeados de un parking lleno de camiones.
Segunda opción: atravesar la autopista. Cojo la carretera, que se corta. Me detengo ante el terraplén para observar la vorágine de coches, que pasa a una velocidad extenuante bajo la tormenta. Tengo los pies mojados. Cuando llego a mi cuartucho de la residencia, llamo a Michel y escucho el buzón de voz en francés. Mañana expira el plazo para mi beca. Escribo en mi diario: “Aunque vuelva todos los días, no daré jamás con el sitio”. No es suficiente para desahogarme. Busco con avidez en la estantería un libro de artículos de Marguerite Duras, Outside. Sé que uno de ellos trata de los suburbios de París. Leo que no existen mapas de la periferia. Que es imposible hacerlos. Que los hay de las antiguas villas, como la de Saint-Denis, antes de la construcción de las banlieue. Las banlieue: reverso de los bulevares franceses, vacíos, de los que los árabes han huido como si fueran ratas.

Al día siguiente me he olvidado ya de mis aprensiones y salgo por los números impares decidida a hacer algo tan sencillo como preguntar. Me dirijo a una mujer vieja que me dice que no hace falta salir del subterráneo; que el centro está al final de un corredor que parte desde la salida por los números pares. No tiene pérdida.

Cruzo la avenida, bajo por los números pares. No hay ningún corredor. Opto entonces por el pasillo de los impares. Retrocedo hasta las taquillas y decido entrar de nuevo en los andenes. Sé que es absurdo, pero nunca se sabe. Exhausta, pregunto otra vez. Tres personas me responden lo mismo: ignoran dónde está el centro, y en cualquier caso es mejor que retorne a la calle y pregunte allí. En la calle ya no pregunto más. Llamo a Michel desde una cabina.

—Mujer —me dice— ¡pero si está justo al salir!

—Yo no lo veo. ¿Dónde estabas ayer? ¿Dónde te has metido estos cinco días? Te dije que a lo mejor te llamaba para que me ayudases.

—¿Dónde estás tú?

—Ya te lo he dicho. ¿Por qué has desaparecido?

—No voy a contestar a eso. Hoy expira el plazo y si quieres que sigamos juntos es mejor que te des prisa. Espérame ahí.

—No quiero que vengas.

Cuelgo. No me quedan más monedas. Es el fin. Pienso que no pienso en Michel, que nunca en mi vida he pensado en él. Mejor aún: que en lo que me queda de existencia no va a ser ni siquiera un recuerdo. Tengo recuerdos de vacas y de ovejas. Incluso de escupitajos verdes y palpitantes sobre la acera. Pero de él nada. Cero. Me gustaría gritárselo y reírme. Es una frialdad que espanta, que libera. Estoy a punto de irme cuando echo un último vistazo a lo que hay más allá de la autopista. Al igual que el día anterior, la visión de Saint-Denis envuelto en brumas me provoca una sensación que bascula entre la fascinación y el pavor. Me digo que puedo darme un paseo y de paso, si doy con el centro, llamaré a Michel y le diré que lo he encontrado, pero que me marcho. Que tengo los papeles de la beca en la mano, que estoy sentada en la taza del váter y que me dispongo a mearme en ellos.

Miro el paisaje con una atención sonámbula, devoradora. El primer tramo del camino que atraviesa la autoroute lo constituye una senda que desciende por una vaguada y pasa bajo un puente de hormigón. Los coches hacen un ruido atronador, retenido y amplificado por el puente. Corro. Me tropiezo. La senda se deshace en yerba y he de subir por un talud y saltar un pretil cuya presencia ahí, en un descampado al borde de la vaguada, no trato de explicarme. Del baldío parten nuevas sendas, y no hay nadie. Detrás queda la autopista, el caos del mundo entero. No necesito avanzar mucho para asegurarme de que aquí no voy a encontrar nada. Solares invadidos por grandes paneles publicitarios, una chatarrería, un recinto alambrado con coches de ocasión, lleno de banderitas de colores que se mueven frenéticamente con el viento. Naves industriales cerradas y en silencio. A unos setecientos metros la ciudad resurge. Veo los carteles de los supermercados y las pequeñas tiendas de las que salen y entran mujeres cargadas con bolsas, y algún que otro hombre. Todo conforma un cuadro extraño, y no me molesto siquiera en mirar los números. Vuelvo a meterme bajo el puente, donde me detengo largo rato, hasta que el ruido y la certeza de estar al borde de mí misma se me hacen insoportables. Cuando salga de aquí, me digo en un intento de recuperar el hilo, cuando salga, llamaré a Michel para que me acompañe.

Publicado en el Nº 318 de la edición impresa de Mundo Obrero julio-agosto 2018

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