La noticia del fallecimiento de Josep Fontana, aunque ya esperada por las últimas noticias que nos llegaban sobre su estado de salud, deja un sentimiento de pérdida irreparable entre los amigos y colegas que el maestro de historiadores tenía en la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas.

Fontana, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra, donde fundó y dirigió el Institut d´Història Jaume Vicens Vives hasta su jubilación, es reconocido dentro y fuera de España por las aportaciones historiográficas que como autor de una extensa y variada bibliografía nos fue ofreciendo desde 1971. Desde La quiebra de la monarquía absoluta hasta su último libro publicado hay más de treinta volúmenes y multitud de artículos en revistas de España, Europa y América. Fue premiado por diferentes instituciones y doctor honoris causa por la Universidad Nacional de Comahue (Argentina), la Rovira i Virgili de Tarragona y las de Valladolid, Girona y València. Su importancia en la renovación de la historiografía española es unánimemente reconocida por la comunidad académica y a esa tarea contribuyó tanto como historiador como desde el trabajo de difusión que realizó al frente de las secciones de historia de editoriales como Ariel o Crítica y que desde 1964 nos permitió familiarizarnos con la obra de Pierre Vilar, E.P. Thompson, E. Hobsbawm, Lubinskaya, Kossok, A. Soboul o R. Guha entre otros muchos historiadores.

Uno de los aspectos más importante del magisterio historiográfico de Fontana es, en mi opinión, su preocupación por la enseñanza de la historia en los diferentes niveles educativos. Desde comienzos de los años setenta esta cuestión fue una constante en conferencias, artículos y en libros como La Historia (1974). Las propuestas didácticas y de contenido de este libro influyeron decisivamente en la formación y el trabajo de una parte muy importante del profesorado de aquella época. Las ideas de Fontana fueron el faro que iluminó las propuestas que planteaban entonces los diferentes grupos de renovación que protagonizaron la renovación didáctica de la enseñanza de la historia. Su preocupación por este tema se mantuvo hasta el último año, como él mismo reconocía en una reciente entrevista en Nuestra Historia.

En los últimos años, cuando ya le resultaba imposible viajar para visitar los archivos, nos dejó algunas de sus publicaciones más significativas, entre ellas El futuro es un país extraño (2013) y sobre todo dos enormes libros, Por el bien del Imperio (2011) y El siglo de las revoluciones (2017) que ilustran su capacidad de síntesis y su profundidad analítica, así como el alcance y la diversidad de sus lecturas. El número de ediciones evidencia que además era el historiador más leído en nuestro país.

Se consideraba un ciudadano comprometido con su tiempo y con la idea de la transformación de la sociedad. Cercano a la base social, creía en su potencialidad transformadora. Afiliado al PSUC en 1957, participó activamente desde su comité de intelectuales en la lucha antifranquista y por esa actividad clandestina fue detenido y expulsado como profesor de la universidad en 1966. Mantuvo su militancia en el partido de los comunistas catalanes hasta los años ochenta para, a partir de ese momento, considerarse un “militante sin partido”, que continuó manteniendo su compromiso con las ideas que guiaron su vida y que lo llevaban a definirse como “la clase de rojo que soy y espero no dejar de ser”. Ese compromiso, siempre cercano a los ciudadanos de a pie permaneció intacto hasta el final de su vida: “pienso -señalaba- que los movimientos sociales que han de enfrentarse a los problemas del presente deberán surgir de una nueva movilización nacida de abajo, de la reivindicación de las necesidades y las aspiraciones de la gente” y esa creencia le llevó a participar en pro de la candidatura de Barcelona en Comú en las últimas elecciones municipales.

Trabajador y lector metódico e incansable, se mantenía al día de los acontecimientos políticos y sociales. Su forma de entender el trabajo, de la que fui privilegiado testigo, unida al sentido crítico sobre el mismo y a su interés por la actualidad política del presente lo convertían en visitante asiduo de ciertos medios de comunicación estadounidenses, de las novedades historiográficas del mundo anglosajón y de los National Security Archives, donde iban apareciendo los diversos documentos que va desclasificando la administración estadounidense. Como él decía, “sigo archivando aunque ahora ya no vaya a escribir sobre esto más que de manera ocasional”. En ocasiones, esas lecturas le hacían lamentar no haber sabido utilizar algunos textos e ideas para modificar aspectos varios y lo reconocía sin empacho, vía e-mail, recomendándome su lectura.

De su forma de enfrentarse al trabajo y a su enfermedad habla el libro que lo tenía ocupado en los últimos tiempos y en el que trabajó mientras tuvo fuerza. Era consciente de que no sería capaz de finalizarlo por las limitaciones que su estado de salud le imponían. En él volvía al siglo XIX para centrarse en el periodo 1814-1848 con las ideas que había ido sistematizando en los últimos tiempos y con las lecturas que me comunicaba para adelantarme algunos de los aspectos objeto de estudio, a pesar de que como él mismo reconocía era “una tarea insensata”, pensando que no podría terminarla, pero ya tenía “claro a quien se lo confiaré para publicarlo si veo que no puedo finalmente acabarlo”. El futuro nos dirá si veremos esa obra póstuma.

Con su fallecimiento, la comunidad historiográfica pierde un referente especial de rasgos personales y académicos bien definidos. Para los que formamos la Sección de Historia de la FIM, su desaparición física supone una enorme pérdida, la de un colega y amigo que desde 1978 ha colaborado con las actividades de la FIM siempre que se lo hemos solicitado. En los últimos años esa contribución fue realmente intensa, no solo por el interés que mostró ante la edición de Nuestra Historia sino por sus ánimos, sugerencias y aportaciones en momentos de ya muy mermadas fuerzas. Ahora nos queda su obra y su memoria, que no es poco.

Para mí su muerte significa la desaparición de un magnífico maestro que me honró con su amistad, siempre dispuesto a atender cualquier demanda en el terreno historiográfico con prontitud, una sugerencia o propuesta siempre a mano. La influencia de sus primeros libros y trabajos en algunas de mis decisiones profesionales estará siempre conmigo así como la memoria de la amabilidad y el interés con los que siempre me atendió y acogió mis proyectos.

En esta sección

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Josep Fontana