Diez años de la quiebra del centenario banco norteamericano, la mayor quiebra bancaria de la historiaLos escombros de Lehman Brothers El crédito pasó del 24% anual al -6´4%, se cerraron más de 300.000 empresas y el paro subió del 8´2% al 26´1%.

José Francisco Bellod Redondo. Doctor en Economía 03/10/2018

El 15 de septiembre se cumplieron exactamente diez años de la quiebra del centenario banco norteamericano Lehman Brothers, la mayor quiebra bancaria de la historia: una catástrofe que se saldó con unos pasivos impagables superiores a 613.000 millones de dólares. Las consecuencias para la economía mundial fueron mucho mayores y se prolongan hasta nuestros días en forma de pérdida de renta, macroendeudamiento y desempleo masivo a nivel mundial, amén de una desconfianza que corroe hasta el último intersticio del sistema financiero mundial.

En el caso de España, una economía que ya venía desacelerándose desde 2007 por el lastre de los desequilibrios acumulados durante el “boom del ladrillo” (pérdida de competitividad y productividad, especialización en una actividad de escaso valor añadido, insostenible endeudamiento familiar, abandono de actividades punteras en formación en I+D+i…), se dio de bruces con la sequía monetaria que sobrevino tras la sucesión de quiebras financieras a nivel mundial. El crédito pasó de crecer a tasas superiores al 24% anual a contraerse al -6,4% dejando en el camino una oleada de quiebras empresariales en todos los sectores que fulminó más de 300.000 empresas. Nuestra tasa de paro saltó repentinamente del 8,2% al 26,1% y nuestro PIB se contrajo en términos reales un 8,9% en el periodo 2008 – 2013. Aunque desde 2014 el PIB ha vuelto a crecer moderadamente (en torno al 3%), nuestro PIB per cápita (indicador de nivel de vida) está aún por debajo de los niveles previos a la crisis y las sucesivas reformas laborales impiden que el crecimiento se traduzca en mayor y mejor empleo y salarios como antaño. La participación de los salarios en el reparto del PIB se ha reducido en 4 puntos y sigue disminuyendo: somos líderes europeos en pobreza y desigualdad. Por supuesto, quienes perdieron su empleo no lo recuperarán, no al menos en las condiciones de derechos y salario real anteriores a la crisis, ni les serán devueltas las viviendas desahuciadas ni la salud rota. Ni qué decir tiene que tras las reformas laborales de Zapatero y Rajoy, un “contrato indefinido” firmado hoy no tiene nada que ver en derechos y en expectativas con uno firmado antes de 2008.

Datos aparte, resulta oportuno precisar algunas ideas para evitar una interpretación errónea de la crisis, tanto de la actual como de la que se atisba en el horizonte. La burguesía ha movilizado a su claque de pseudo-científicos, para construir su propia historiografía sobre lo acontecido en un intento de legitimar, ante todo, las bondades del capitalismo, del mercado y de la propiedad privada.

Seamos razonables: la quiebra de Lehman Brothers no fue el inicio de la actual crisis, del mismo modo que el asesinato de Calvo Sotelo no fue la causa de la guerra civil española. Las raíces tienen un carácter estructural y se hunden más allá de la cáscara financiera visible. No estamos ante una sencilla película de villanos a la que nos tiene tan acostumbrada la pseudocultura hollywoodiense. La crisis arranca de la cada vez más elevada propensión a la especulación del sistema capitalista: lo que el economista Costas Lapavitsas, autor de “Beneficios sin producción”, ha denominado “creciente financiarización de la economía global”, fenómeno que ya detectaron clásicos del pensamiento marxista como Lenin o Hilferding (y por qué no decirlo, el propio Marx).

La idea es sencilla pero no falta de rigor: según Marx, la pugna entre capitalistas les lleva a introducir innovaciones tecnológicas ahorradoras de mano de obra (sustitución de capital variable por capital constante). La parte positiva es un inmenso desarrollo de las fuerzas productivas (más y mejor tecnología permiten fabricar más mercancías por hora), pero al sustituir a los trabajadores por máquinas se pagan menos nóminas y, con menores ingresos salariales la demanda agregada se va laminando. Es decir, la propia lógica interna del capitalismo potencia el “lado de la oferta” a la par que deprime el “lado de la demanda”: no es posible dar salida a tanta mercancía, lo que condena a los trabajadores a largos periodos de desocupación; salvo que, como indicó el eminente marxista polaco Michal Kalecki (codescubridor junto con Keynes del “principio de la demanda efectiva”), los capitalistas gasten toda la plusvalía obtenida, ya sea en bienes de lujo, ya sea en acumular más bienes de capital; o encuentren nuevos mercados (lo cual es viable para un conjunto de países pero no para el capitalismo globalmente considerado).

Pero no siempre lo hacen y ahí entra en juego la especulación y el crédito: gastando en la adquisición de activos cuyos precios esperan forzar al alza (acciones, viviendas, café, electricidad…) el sistema logra una ocupación lucrativa para los capitales para los que no es posible encontrar un empleo rentable en actividades productivas porque no hay demanda: la especulación y el crédito (también la guerra), son dos poderosas herramientas que animan el gasto y permiten dar salida a la producción fabril. De hecho durante el “boom del ladrillo” España registró un nivel de desempleo extraordinariamente reducido (el 8%) produciendo viviendas que luego nadie pudo comprar (sobreproducción, según Marx).

Desde los años 80, como subproducto del denominado “Consenso de Washington”, los gobiernos de la OCDE fueron desregulando más y más los mercados financieros: se trataba de eliminar las barreras que impedían que el “talento” de los banqueros (¿talento?) produjese todo tipo de activos financieros supuestamente saludables para el funcionamiento eficiente de la economía. Y a eso se dedicaron los banqueros: a diseñar nuevas modalidades de loterías especulativas para que la burguesía y los incautos ahorradores (recuerden las “participaciones preferentes”) destinasen unos recursos para los que el capitalismo no era capaz de hallar empleo productivo.

Cuando la oleada de suspensiones de pagos y quiebras (de la que Lehman Brothers es simplemente un ejemplo simbólico) se sucedieron, tanto la burguesía como sus aliados políticos y académicos fueron los primeros sorprendidos. Y es lógico: la teoría económica ortodoxa no explica nada al respecto, la especulación no existe en los libros de texto. Es más, según el paradigma vigente desde la década de los ´90 (la década de la “Gran Moderación”) un nivel reducido de inflación es condición suficiente para que las economías se desarrollen armoniosamente. Y así se adiestró a generaciones y generaciones de economistas que habrían de gobernar bancos centrales, diseñar políticas económicas… Pero era falso: en 2008 los países de la OCDE gozaban de un magnífico historial de reducida inflación e incluso superávit presupuestarios (España entre ellos) lo cual no impidió el desastre.

Ante tal desconcierto y mientras la burguesía evaluaba la correlación de fuerzas, tanto en Estados Unidos como en la Unión europea se implementaron políticas fiscales y monetarias expansivas (el “Plan – E” en España, el “American Recovery and Reinvestment Act” en USA…). Fue una especie de “primavera keynesiana” de corto recorrido. Hacia 2010 el G20 logró embridar la situación: a pesar del descontento global no se atisbaba revolución alguna a la vista; era el momento de replegar velas, desprogramar las políticas keynesianas y pasar la factura de la crisis a la clase trabajadora. Factura en forma de rescates bancarios pagados con impuestos, en forma de recortes de servicios públicos, de endurecimiento del sistema de pensiones, en forma de reformas laborales restrictivas de derechos. Y todo, no sin contestación, fue encajado por la clase trabajadora. Pura lucha de clases, pero esta vez la iniciativa estaba del lado del capital.

Me pregunto cuál es el legado de la actual crisis. Al fin y al cabo el “crack del 29” parió el keynesianismo: un ejercicio de honradez intelectual burguesa apuntalado a partes iguales por la crudeza de la crisis y el pánico al avance bolchevique, a sus partidos y sindicatos. La gran lección que los burgueses aprendieron en 1929 es que, sin intervención estatal, el capitalismo que tanto aman se asoma al abismo. Y cabe reconocer que el keynesianismo fue un duro contendiente contra el marxismo en la pugna por el voto obrero. Pero a día de hoy la correlación de fuerzas es muy distinta: no existe amenaza bolchevique, el sindicalismo está fuertemente institucionalizado y es difícil encontrar palabras como “planificación” o “nacionalización” en los programas electorales, y parte de la izquierda se dedica a coquetear con subproductos intelectuales burgueses como la “Economía del Bien Común”. La que se conoce ya como “Gran Recesión” sólo ha producido regresión intelectual: reedición de viejas políticas de austeridad, euro–fetichismo (el nuevo “patrón oro”), desregulación y desprotección laboral... ¿Y aún nos extraña que los neonazis avancen en Europa sobre los escombros de Lehman Brothers?

Publicado en el Nº 319 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2018

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