Equilibrio nuclear: malos presagios Estados Unidos triplica el gasto militar de China, es diez veces mayor que el de Rusia y ha aprobado presupuesto militar para aumentar su presencia cerca de las fronteras rusas y para el programa de misiles nucleares.

Higinio Polo 11/10/2018

Estados Unidos lleva tiempo preparando el terreno para romper los acuerdos de limitación del armamento nuclear. Mientras acusa a Rusia de incumplirlos, el gobierno norteamericano aumenta su expansión militar y la de la OTAN en el Este de Europa y Oriente Medio.
El equilibrio y control internacional sobre los arsenales nucleares de las grandes potencias (sobre todo los rusos y norteamericanos, dado que el armamento nuclear chino, británico y francés tienen dimensiones mucho más reducidas) descansa sobre dos tratados: el START III y el INF. El START III (sobre armas nucleares estratégicas, misiles intercontinentales ICBM, misiles SLBM de submarinos, y bombarderos nucleares) vence en 2020, y, aunque puede prorrogarse por cinco años más, las palabras de Trump, en los primeros meses de su mandato, definiéndolo como un “tratado desigual” crean incertidumbre sobre su futuro y sobre los propósitos de Estados Unidos. A su vez, el INF (sobre misiles de alcance medio), firmado por Reagan y Gorbachov en 1987 y que no tiene fecha de vencimiento, eliminó en 1991, como estipulaba el tratado, los misiles balísticos que podían alcanzar objetivos de entre 500 y 5.500 kilómetros, y, además, prohíbe a las partes dotarse de nuevos misiles de ese tipo, aunque, en los últimos años, tanto Washington como Moscú han cruzado acusaciones de incumplirlo.

El aviso que lanzó Moscú en 2007 (con la intervención de Putin en la conferencia de seguridad de Múnich de ese año, sobre la expansión militar norteamericana y de la OTAN y denunciando su agresivo comportamiento en conflictos regionales como en Oriente Medio) fue ignorado por Washington, que prosiguió su programa de incorporaciones a la alianza militar occidental, estableció nuevos equipos y dispositivos militares en el Este de Europa, peligrosamente cercanos a las fronteras rusas, e incendió posteriormente las guerras de Siria, Libia y Yemen, además de planificar y apoyar logísticamente el golpe de Estado del Maidán en Ucrania, en 2014, y la posterior y dura represión sobre la oposición ucraniana, que culminó en el feroz asesinato por escuadrones fascistas de decenas de personas con el incendio provocado de la casa de los sindicatos en Odessa, y la campaña militar lanzada por el gobierno golpista de Kiev sobre las regiones del Este del país que rechazaban el nuevo poder. El golpe de Estado en Ucrania era una evidente señal sobre los propósitos norteamericanos que Moscú no podía ignorar.

En esa escalada de peligrosas decisiones, bajo el gobierno de Obama, portavoces del Pentágono, del Departamento de Estado norteamericano y de la Casa Blanca lanzaron ya equívocas alusiones, primero, y acusaciones después, orientadas a socavar el Tratado INF. Ya bajo la presidencia de Trump, a principios de 2018, Sarah Huckabee Sanders, secretaria de prensa de la Casa Blanca, declaraba que “Rusia ha estado desarrollando armas desestabilizadoras, durante más de una década, en directa violación de sus obligaciones contractuales”. Estaban preparando el terreno para justificar ante la opinión pública internacional nuevos pasos orientados a romper el equilibrio estratégico entre las grandes potencias, y el INF es un obstáculo para ello. En agosto de 2018, el vicecanciller ruso, Serguéi Riabkov, criticaba la instalación de lanzaderas Mk-41 por parte de Estados Unidos y sus aliados europeos, a la vista de que podrían lanzar misiles de crucero dotados con ojivas nucleares, precisamente los destruidos por el tratado INF.

A principios de octubre de 2018, el embajador norteamericano ante la OTAN, Kay Bailey Hutchison, acusó de nuevo a Rusia de violar el tratado INF y, acudiendo en su ayuda, el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, responsabilizó al gobierno ruso de incumplirlo con los misiles 9M729 de emplazamiento terrestre, acusación que Moscú rechazó de plano. Al mismo tiempo, los responsables del Pentágono filtraron a la prensa internacional el supuesto ataque cibernético ruso a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), con sede en Holanda, utilizando esa no demostrada acusación como una prueba más del “irresponsable comportamiento de Rusia en todo el mundo”, según palabras del propio general James Mattis. Que el secretario de Defensa norteamericano realice acusaciones de esa gravedad es indicativo de la orientación de la política exterior norteamericana: acusar a Moscú de comportamiento irresponsable es, precisamente, la excusa perfecta para romper el tratado INF, proseguir con el despliegue de los escudos antimisiles que tanto preocupan a Rusia y China por la ruptura del equilibrio estratégico, y para anunciar problemas para la prórroga y renegociación del START III, el principal tratado de control de los arsenales nucleares en el mundo.

Dos días después de las declaraciones de Stoltenberg, en una operación perfectamente calculada, el secretario de Defensa norteamericano y jefe del Pentágono, James Mattis, declaraba que Estados Unidos está examinando todas las posibilidades de defensa “ante la violación rusa del INF” y ante el “evidente desprecio ruso por las leyes internacionales”. El inquietante Mattis (no en vano apodado perro loco por sus subordinados durante la guerra de ocupación norteamericana en Iraq) arguyó también, como muestra del inaceptable comportamiento ruso, el apoyo de Moscú al gobierno sirio y el caso Skripal. Como era de esperar, el jefe del Pentágono no hizo ninguna mención al papel desempeñado por Washington en el incendio de Oriente Medio.

La responsabilidad sobre esa nueva disputa recae completamente sobre Washington, que pretende ignorar que su instalación, en Polonia y Rumanía, de nuevas lanzaderas Mk-41, capaces de lanzar misiles nucleares, es una evidente vulneración del INF. Por si no fuera suficiente con la constatación de que Estados Unidos triplica el gasto militar de China, y es diez veces mayor que el de Rusia, que ha aprobado un presupuesto militar que contempla partidas para el establecimiento de nuevas unidades del Pentágono cerca de las fronteras rusas y nuevas partidas para el programa de misiles nucleares, bastaría el examen de su despliegue en Europa ante las fronteras rusas, de la construcción de los escudos antimisiles que amenazan el START III, y de su patrullaje en toda la fachada marítima china, para entender los malos presagios que se ciernen sobre el equilibrio internacional.

Además, Estados Unidos todavía no ha decidido si aceptará prorrogar el START III, como propone Rusia, y ha suspendido la cooperación entre ambos países en el marco del Tratado de Cielos Abiertos (un acuerdo, firmado por treinta y cuatro países, que permite sobrevolar, con condiciones, el territorio de otro país firmante, y que perseguía incrementar la confianza) sigue reservándose la posibilidad de utilizar armas nucleares, incluso con ocasión de un ataque convencional o una amenaza cibernética. El cruce de acusaciones entre Estados Unidos y Rusia a propósito del tratado INF, y, sobre todo, la agresiva actuación norteamericana en muchos escenarios del planeta, amenaza con aumentar la tensión internacional y estimular de nuevo la carrera de armamentos.

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