Las relaciones del PCE con el leninismo como seña de identidad comunista y como rasgo definitorio del partido han sido complejas y cambiantes. La pertenencia del PCE desde su fundación a la órbita de la Internacional Comunista implicó la adopción del marxismo-leninismo como definición del partido. Sólo en los años setenta, en el marco de la profunda crisis que a partir de 1968 aquejaba tanto al capitalismo como a sus oponentes del campo socialista, los principales partidos comunistas europeos, el italiano, el francés y al español, además del japonés, adoptaron una estrategia de marcha democrática, pacífica y de masas hacia el socialismo, en la estela de la experiencia chilena. En ese marco de constitución del eurocomunismo como nueva estrategia política se produce el abandono del marxismo-leninismo como definición del partido, y no tanto de la inserción en la tradición leninista inaugurada por la Revolución de Octubre. Con diversos altibajos desde 1978 se mantiene la definición del partido como marxista revolucionario y sólo en el XX Congreso, que tiene lugar precisamente a los 100 años de la revolución de Octubre y a los 40 del abandono formal del leninismo, el PCE ha decidido volver no tanto a definir de nuevo el PCE como un partido marxista-leninista como a afirmar que su análisis de la realidad y su práctica política se van a basar en “las aportaciones del marxismo-leninismo y del socialismo científico”.

Ya en el VIII Congreso del PCE[1], el último celebrado en la clandestinidad durante 1972, en su informe político denominado “Hacia la libertad”, Santiago Carrillo hizo las siguientes alusiones al legado de Lenin y al marxismo leninismo: retoma sus críticas al revolucionarismo pequeño-burgués, su defensa de la combinación de las formas legales y las ilegales de lucha, el reconocimiento de que los principios tácticos leninistas “siguen guardando plena validez”, estos principios tácticos se separan a la vez de los defendidos por los revolucionarios pequeñoburgueses y por los reformistas en aras de impulsar “una lucha de clases revolucionaria en la realidad” y no desplegar una mera fraseología revolucionaria, las fuerzas revolucionarias de clase han de impulsar la lucha democrática del pueblo, como nos enseña el ABC del marxismo leninismo, la idea de que tan importante como saber avanzar es saber replegarse, la idea de que la transformación de la sociedad capitalista en socialista sólo es posible a través de una profunda revolución política y social como afirma la concepción marxista-leninista, la idea de que no hay que imponer ninguna filosofía oficial así como respetar la libertad de conciencia y de creación en la idea de que la concepción marxista leninista del mundo ganar las conciencias a través de la polémica libre y abierta con otras concepciones filosóficas, se retoma la idea de Lenin de la diversidad de formas en las que los diversos países pueden ir hacia el socialismo, lo que supone que no hay que copiar la estrategia de los bolcheviques rusos como el propio Lenin aconsejaba a los camaradas de Transcaucasia, la apuesta del ‘Pacto por la libertad’ se apoya en la más pura ortodoxia marxista leninista, el reconocimiento por parte de Lenin en sus críticas al izquierdismo de que la historia es siempre más rica y variada de lo que puede suponer el partido, la vanguardia y la clase más avanzada, la idea de que el marxismo leninismo no especifica que el sistema de partido único sea una condición obligada de la revolución socialista, frente a la teología en el marxismo leninismo ha de predominar la razón frente a la autoridad, siguiendo a Lenin hay que atraer hacia nuestra política a todas las fuerzas sin tener en cuenta su origen sino su actitud actual hacia la democracia como propone el Pacto por la libertad, el VIII Congreso ha mostrado la fuerza y unidad del Partido y “su inquebrantable fidelidad a los principios del marxismo leninismo, que han sido en toda su trayectoria política en más de 50 años de lucha, la médula espinal de su actividad revolucionaria”. Como vemos se retomaban en ese momento de acumulación de fuerzas para conquistar la democracia los aspectos más democráticos, pluralistas y antidogmáticos del legado leninista, en pugna ideológica doble contra el izquierdismo y el reformismo.

En el IX Congreso del PCE[2], y en el contexto del surgimiento del eurocomunismo como una vía original al socialismo desarrollado en los principales partidos comunistas de Europa Occidental, la dirección del PCE propone el abandono del marxismo-leninismo en la definición del partido que se plantea como “un partido marxista, revolucionario y democrático”, inspirado en las teorías de Marx y Engels, en el que “la aportación de Lenin, en todo en cuanto sigue siendo válida, está integrada como la de otros grandes revolucionarios, pero sobre la base de que hoy no cabe mantener la idea restrictiva de que «el leninismo es el marxismo de nuestra época»”. El PCE se declara heredero de los dirigentes de la Revolución de Octubre encabezados por Lenin y marca su distancia histórica con la socialdemocracia, a pesar de propugnar la unidad de acción con ella en todo lo que sea posible, pero critica el burocratismo y el estalinismo como “algo ajeno al marxismo”. De igual manera, el PCE “rechaza toda concepción dogmática del marxismo”, por considerarlo de carácter científico, y se esfuerza en analizar los cambios objetivos que se están produciendo actualmente, el PCE se propone actuar de forma trasparente y democrática y se configura como un partido de masas, de nuevo tipo, un partido de lucha y de gobierno a la vez[3]. En la defensa de esta tesis Simón Sanchez Montero aduce que supone la adecuación de la definición del partido con la política que se está haciendo de forma efectiva, abre un camino nuevo en la teoría y en la práctica política, ya que la política actual del PCE “no cabe dentro de las formulaciones esenciales de lo que se conoce como leninismo”. Seguimos siendo comunistas pero no nos podemos ya llamar leninistas o marxistas-leninistas, y concluye Sánchez Montero apelando al centralismo democrático para aplicar las decisiones del Congreso. Por su parte, Paco Frutos como defensor de las posiciones minoritarias insiste en la unidad del partido , propone definir el partido como “basado en el marxismo, en el leninismo y en otras aportaciones del pensamiento y la práctica revolucionaria”, insiste en que esta posición no contradice el planteamiento eurocomunista, no se identifica con el marxismo-leninismo, no ve contradicción ente un partido de cuadros y un partido de masas, se critica la rapidez para adoptar decisiones como el abandono del leninismo que pueden crear confusión en los militantes.

Por su parte el XIX[4] Congreso de 2013 en sus Estatutos afirma que “El Partido Comunista de España se basa en el marxismo revolucionario, aplicando la obra teórica de Marx, Engels, Lenin y otros pensadores marxistas y en las aportaciones teóricas, políticas y culturales de las luchas y proyectos de liberación que tienen como objetivo la democracia plena, la supresión de cualquier forma de explotación, opresión y dominación patriarcal y la emancipación universal del género humano”. En sus Tesis Organizativas apuesta por la dirección colectiva, por fortalecer los mecanismos de democracia interna, por trabajar desde el principio de unidad de acción, por fortalecer los mecanismos de comunicación interna entre órganos y la rendición de cuentas a todos los niveles, y por incorporar la crítica y la autocrítica como elementos permanentes de evaluación del desarrollo de los acuerdos. De igual manera, en el apartado de formación se recoge la necesidad de que los militantes conozcan los elementos básicos del marxismo, especialmente de Marx, Engels, Lenin y Gramsci. Para facilitar dicho conocimiento el partido se compromete a editar las Obras Completas de los teóricos marxistas empezando por las de Marx, Engels y Lenin.

Por último, el XX Congreso del PCE celebrado el pasado diciembre ha vuelto a definir el PCE como marxista leninista. El resumen del Congreso Publicado en Mundo Obrero el 2 de diciembre se titula “El PCE finaliza su XX Congreso recuperando el leninismo 40 años después”, lo que muestra que esa recuperación es lo más relevante del Congreso. En los Estatutos aprobados en el Congreso se define el Partido de la siguiente manera:
“El PCE afirma el socialismo como alternativa para superar el sistema capitalista y basa su análisis de la realidad y su práctica política en las aportaciones del marxismo-leninismo y el socialismo científico, tradiciones que se enriquecen y renuevan constantemente e inspiradoras del pensamiento universal crítico, así como de prácticas revolucionarias, antiimperialistas y de liberación de los pueblos (…). El PCE aprende igualmente de las aportaciones políticas y culturales y de la experiencia de otros pueblos, de sus luchas y proyectos de liberación que tienen como objetivo la democracia plena y participativa, la supresión de cualquier forma de explotación, opresión y dominación patriarcal y la emancipación universal del género humano. En coherencia con estos principios, el PCE es un partido revolucionario, internacionalista y solidario, feminista, ecologista, republicano, antifascista, federalista y laico”.

La defensa de esta postura la llevó a cabo Enrique Santiago[5], secretario general in pectore, que considera natural que un partido comunista se defina como marxista leninista y alude que el PCE había rehuido el debate sobre su definición desde las discusiones que en torno al eurocomunismo se desarrollaron en los años setenta y propone “una definición ideológica que es seña de identidad del movimiento comunista internacional y que deviene de su concreta historia de luchas y conquistas políticas”. El marxismo se presenta como la doctrina política que permite analizar la realidad y que propone el socialismo como modelo alternativo a la misma, mientras que el leninismo es considerado como “la doctrina política construida por los marxistas para conquistar el poder político accediendo a las instituciones propias del capitalismo, para transformarlas en instituciones socialistas insertas en un modelo alternativo de nuevo Estado proletario”. Se afirma que no se puede criticar dicha decisión por no estar a la altura de los tiempos o por retrotraerse a situaciones históricas y políticas anteriores. Se defiende que la ideología marxista-leninista actualiza continuamente sus métodos de análisis y sus herramientas ideológicas y que dicha definición ideológica no es un fin en sí misma sino una herramienta de análisis de la realidad que conlleva la adaptación de las estructuras del partido a dichos presupuestos ideológicos, lo que supone la asunción del centralismo democrático como modo de funcionamiento para garantizar una mayor cohesión y eficacia política. La aplicación del marxismo-leninismo como definición ideológica del partido busca su fortalecimiento y la apertura a la sociedad para incrementar nuestra influencia política; al mismo tiempo “esta decisión implica evidentes obligaciones para honrar la muy sacrificada historia del movimiento comunista internacional, una historia que nos está prohibido denostar con fracasos”.

Tras este sucinto repaso de las distintas posiciones que sobre el leninismo ha defendido el PCE en los últimos 40 años pasamos a hacer un breve comentario de estas vicisitudes enmarcándolas en el escenario de la lucha de clases tanto a nivel interno como a nivel internacional. En primer lugar conviene recordar que el leninismo es una creación del estalinismo, Lenin nunca fue leninista, como Marx nunca fue marxista. El leninismo es una rúbrica que creó Stalin para legitimar su actuación definiéndola como la continuación del legado de la obra de Lenin en detrimento de otras alternativas bolcheviques como las defendidas por Troski o Bujarin, por ejemplo. Durante muchos años el leninismo de los Partidos Comunistas sirvió de cobertura ideológica a su sumisión a las políticas de la Unión Soviética. La denuncia de las prácticas estalinistas a partir del XX Congreso del PCUS se vio acompañada hasta Gorbachov de una política neoestalinista en la práctica. Y cuando parecía que era posible que la URSS evolucionara hacia un socialismo democrático el golpe de Estado contra Gorbachov y las revueltas que llevaron a la caída de la URSS abortaron dicho intento. La desmembración de la URSS y la instauración en la mayoría de las repúblicas que se independizaron de la misma de unos regímenes caracterizados por unas democracias limitadas y autoritarias en lo político y por la implantación del capitalismo en lo económico produjeron un marasmo del que todavía no hemos salido.

Como vimos, ya en el VIII Congreso se retoman los aspectos menos ‘leninistas’ de Lenin, los más democráticos y abiertos. Pero es en el IX Congreso en 1978, el primero celebrado en la legalidad, donde se abandona oficialmente la definición del PCE como marxista-leninista en el marco de los debates sobre el eurocomunismo. Los datos esenciales del debate se encuentran en dos números de Nuestra Bandera, el 92 y el 93, en el primero de los cuales se recoge un debate desarrollado por la Redacción de la revista en el que intervienen V. Bozal, M. Azcárate, E. García, J. Trias, A. Doménech y J. Segura, mientras que el segundo retoma los principales documentos aprobados en el Congreso, así como los debates en torno de algunos de los puntos centrales del mismo. Sobre el tema de la definición del Partido se recoge la Resolución 15 y las intervenciones de Simón Sánchez Montero en nombre de la Comisión y de Paco Frutos en nombre de la minoría.

El eurocomunismo surge como respuesta a una crisis generalizada, no solo económica sino también socio-política, tanto del capitalismo como del socialismo, y más que una mera socialdemocratización de los Partidos comunistas se trata de la apuesta por un proceso democrático y de masas de transición al socialismo en el que primara el consentimiento sobre la coacción, buscando la alianza con todas las fuerzas discordantes con el capitalismo, incluidos algunos sectores burgueses y por supuesto con la socialdemocracia. El PCE concretó este proyecto político en su apuesta por la ‘concentración democrática’ como desarrollo lógico del ‘pacto por la libertad’ de los años sesenta que tuvo como efectos una política de consenso ejemplificada por los Pactos de la Moncloa y el apoyo a la Constitución del 78. El fenómeno eurocomunista se produce en el seno de un largo y complejo proceso de desestalinización del marxismo que tuvo su origen en el XX Congreso del PCUS, pero que se había detenido en la URSS.

En el caso español la renuncia al leninismo se acompaña de la afirmación de la fidelidad a la revolución de Octubre junto con el abandono de varios elementos claves de la estrategia leninista clásica, como la marcha hacia el socialismo sin guerra mundial y sin guerra civil y el abandono de la idea de la dictadura del proletariado en un sentido estricto. Uno de los críticos más furibundos del eurocomunismo, Manuel Sacristán, lo interpreta también como resultado de la crisis del proyecto comunista originado en Octubre del 17, aunque reconoce su buena percepción del incumplimiento de la perspectiva revolucionaria que motivó la constitución de la Internacional Comunista, la autocrítica de la propia tradición y el análisis sin prejuicios de las novedades surgidas en la estructura social de los países capitalistas avanzados. El problema del eurocomunismo reside en que se presenta como una estrategia al socialismo cuando en realidad es un repliegue y en que es de inspiración besterniana en el sentido de que sitúa el reformismo por encima del objetivo final[6]. Pero sus críticas al eurocomunismo no obstan para que, a partir de 1968 y debido al doble impacto de Mayo del 68 y la invasión de Checoslovaquia por fuerzas soviéticas, el propio Sacristán fuera consciente de que había que efectuar una “autocrítica del leninismo” que condujera a replantear la idea del socialismo al margen de los extremismos parisinos y del burocratismo soviético[7].

En este contexto el debate sobre el leninismo resalta la peculiaridad de la situación, tanto rusa como mundial, en la cual se impone la política de Lenin, es decir la adecuación a la coyuntura histórica que el propio leninismo exige. Esta atención a la coyuntura hace que se pueda oponer el Lenin del Qué hacer al Lenin de la consigna del ‘todo el poder para los soviets’, es decir, el constructor de un partido de revolucionarios profesionales, rígido y jerarquizado, que insufla desde fuera la conciencia de clase a unas masas de las que se rechaza su espontaneismo, que las confinaría en la mera lucha económica reivindicativa sin perspectiva revolucionaria, y el Lenin de los consejos democráticos de obreros y campesinos. En la cuestión de las alianzas también se puede distinguir un Lenin ‘ortodoxo’ que hace pivotar la revolución sólo en el proletariado y un Lenin consciente de la necesidad de que el proletariado dirija una amplia unión con los campesinos y algunos sectores de la burguesía liberal. Por último, el método leninista se puede entender como la articulación de la situación concreta con la perspectiva final del socialismo. En ese sentido el abandono del leninismo se puede defender en términos leninistas, al menos del Lenin más demócrata, el Lenin más consejista, partidario de alianzas amplias y que conecta la situación actual con la perspectiva socialista y eso precisamente es lo que defiende el eurocomunismo. El abandono del leninismo por el partido suponía también una reinterpretación de su legado, cambiando el predominio de algunos aspectos de dicho legado plural en detrimento de los dominantes hasta entonces en la tradición comunista. Algunos defensores del abandono del leninismo como Ernesto García, no lo hacían porque Lenin fuera antiguo, ni porque fuera ruso. El marxismo revolucionario de nuestra época no es del mismo tipo que el de Lenin porque en la época de Lenin se daba la actualidad de la revolución y para nosotros la fundamentación revolucionaria de nuestro marxismo tiene más que ver con la voluntad que con los hechos, ya que hoy la revolución no es actual. Nuestro marxismo es revolucionario, decían los eurocomunistas, porque se opone a otros tipos de marxismo que no lo son, como el socialdemócrata o incluso y de forma paradójica el marxismo-leninismo, ya que sobre esta doctrina no se puede fundamentar hoy la revolución en nuestras sociedades, ya que hoy no se trata de destruir el Estado capitalista sino de transformarlo, no se da una situación de guerra mundial ni de guerra civil, y además la novedad de la situación exige pensar la especificidad de nuestras sociedades y para ello el leninismo clásico es de poca utilidad.

Por su parte, Manuel Azcárate criticaba la unión de marxismo y leninismo porque absolutizaba el modelo soviético de revolución y además en su concepción estalinista, lo que suponía una ideologización y una instrumentalización del marxismo, que no tiene los mismos límites del leninismo. El eurocomunismo intenta construir una estrategia para ir al socialismo en las actuales circunstancias históricas lo que obliga a romper con concepciones que hoy ya no son útiles para la revolución, no son ya revolucionarias y además remiten a realidades políticas que distan mucho del ideal socialista. Juan Trias destaca que la historia mundial hoy plantea unos problemas inéditos que trascienden los planteamientos de Lenin lo que exige un diálogo crítico con la obra de Lenin. El abandono del leninismo como fórmula es un signo de antidogmatismo que se podría acompañar del mantenimiento de la conciencia de pertenencia a una determinada tradición revolucionaria y de la continuidad con una determinada forma de hacer política, con un método y una práctica. Se trata pues más de continuar con unas formas de actuación que con unos contenidos determinados y considerados, además, como inamovibles.

Respecto la vuelta al leninismo en el último Congreso del PCE lo menos que puede decirse es que era completamente innecesaria ya que, como hemos visto, el PCE estaba perfectamente definido como un partido marxista revolucionario de forma más abierta y menos restrictiva que en la formulación últimamente aprobada. Se retrotrae el debate a los años setenta donde se abandonó no tanto las aportaciones de Lenin como el leninismo en el marco de la necesaria crítica del estalinismo y de la adaptación organizativa e ideológica de los partidos políticos comunistas a los entornos democráticos y a una estrategia de via democrática al socialismo. En ese sentido no se puede decir que el eurocomunismo, que fue la etiqueta que recubrió el debate en esos años, dejó de existir con la desaparición de la Unión Soviética, ya que lo esencial del eurocomunismo no era tanto la critica a la Unión Soviética, como la apuesta por una vía democrática al socialismo impulsada por un partido de nuevo tipo, un partido de masas y no solo de cuadros y que asume la democracia como valor esencial de su acción y de su programa, y esos dos elementos centrales, la via democrática y el partido de masas, siguen siendo completamente vigentes en nuestra época. El leninismo es una seña de identidad para una parte del movimiento comunista internacional pero no para su totalidad y de la misma manera no se puede decir que las luchas y conquistas del movimiento comunista se deban al leninismo. Definir el partido como marxista-leninista es más restrictivo que definirlo como marxista revolucionario y privilegia una forma específica de entender la doctrina y la practica comunista frente a todas las demás existentes, por lo que en ese sentido es más un empobrecimiento que un enriquecimiento, un estrechamiento de la propia tradición al menospreciar las tradiciones no leninistas del movimiento obrero revolucionario que van desde el consejismo a la socialdemocracia de izquierdas. Se trata de reafirmar un tipo determinado de ser comunista y de entender el comunismo más limitado y restrictivo que antes y se apuesta por una identidad fuerte cuando de lo que se trata precisamente es de asumir el carácter artificial de todas las identidades y de adoptar una posición irónica y distanciada frente a las mismas, lo que conlleva ser consciente del carácter no originario sino construido de nuestra propia identidad que no es única ni monolítica sino el resultado de la articulación compleja y contradictoria de numerosas identidades parciales. Hay que asumir que las distintas tradiciones políticas no son ya puras, que están hechas jirones y que sus restos se desperdigan en nuestros escenarios postmodernos como los restos de un naufragio. A partir de estos restos variopintos, fragmentados, tenemos que construir nuestras identidades individuales y colectivas, nuevas y frágiles, y no pensar en la posibilidad de asumir las identidades clásicas como si estuvieran al alcance de la mano, disponibles, completas y eternas. Solo la conciencia de fragilidad, de artificialidad, de nuestras identidades puede servirnos de antídoto frente a cualquier tentación neoarcaica de restauración de identidades fuertes y dominadoras, generadoras de supremacismo.

De todas forma y si se compara el impacto político y social que tuvo el abandono del leninismo por parte del PCE en su IX Congreso[8] (y la recuperación parcial del mismo en el V Congreso del PSUC[9]) con las repercusiones que ha tenido su recuperación[10] hay que reconocer que estas últimas han sido mínimas. Lo que refuerza la idea de que esa vuelta era completamente innecesaria y además que está siendo irrelevante. Los problemas actuales del movimiento obrero y de las perspectivas revolucionarias no son tanto conflictos de identidad, ya que las identidades están muy mezcladas y son fluidas y cambiantes, como problemas de diseño de estrategias creíbles e ilusionantes para superar la actual crisis capitalista y a este empeño es a lo que hay que dedicar de manera fundamental las fuerzas hoy.

NOTAS:

1. S. Carrillo y D. Ibarruri, Hacia la libertad. VIII Congreso del PCE, Editions Sociales, París, 1972.

2. “IX Congreso del PCE”, Nuestra Bandera nº 93, 1978

3. “Resolución 15 aprobada en el Congreso”, en Nuestra Bandera nº 93 1978, pp.64-65.

4. XIX Congreso del PCE. Tesis Políticas, PCE, Madrid, 2013; XIX Congreso del PCE. Tesis Organizativas, PCE, Madrid, 2013; XIX Congreso del PCE. Estatutos, PCE, Madrid, 2013;

5. Intervención de Enrique Santiago, M.O. digital, 29 de enero de 2018.

6. Cf. M. Sacristán, “A propósito del ‘eurocomunismo’” en Intervenciones Políticas, Icaria, Barcelona, 1985, pp.196-207.

7. Cf. Giaime Pala “«Sobre el camarada Ricardo» .El PSUC y la dimisión de Manuel Sacristán
(1969-1970)”, en Mientras tanto nº 96, otoño 2005, p.47. Y la Introducción de F. Fernández Buey a Francisco Fernández Buey y Salvador López Arnal (ed.), De la primavera de Praga al marxismo ecologista, Catarata, Madrid, 2004.

8. Cf. J. A. Andrade, El PCE y el PSOE en (la) transición. Le evolución ideológica de la izquierda durante el proceso de cambio político, Siglo XXI, Madrid, 2012, pp. 55-112; “Debate sobre el leninismo”, Nuestra Bandera, nº 92, 1978; “IX Congreso del PCE”, Nuestra Bandera nº 93, 1978; “Las transformaciones del PCE”, Editorial de El País, 23 de abril de 1978; F. Pereña e I. Quintana, “ El PCE y el leninismo”, El País, 18 de marzo de 1978; A. Donofrío, “El final del eurocomunismo y el Partido Comunista de España (PCE)” en Estudios históricos de H.ª contemporánea, nº31, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 2013, pp. 167-191; “Reformistas aunque se vistan de seda. El PCE se declara eurocomunista” en Workers Vanguard, nº 205, 12 de mayo de 1978. Esta versión fue impresa en Spartacist en español No. 6, julio de 1978; Giaime Pala, Teoría, práctica militante y cultura política del Partit Socialista Unificat de Catalunya, 1968-1977, Universitat Pompeu Fabra. Departament d'Humanitats, Barcelona, 2009; Giaime Pala, El PSU de Catalunya: 70 anys de lluita pel socialisme: materials per a la historia; Associació Catalana d'Investigacions Marxistes, Barcelona, 2008

9. M. Sacristán “A propósito del V congreso del PSIC”, El País, 22 de enero de 1981; Jordi Solé Tura, “Una reflexión sobre el V Congreso del PSUC”, El País, 14 de enero de 1981; “En el V Congreso del PSUC”, Editorial de El País, 7 de enero de 1981.

10. J. Romo, “El PCE recupera el leninismo 40 años después”, Mundo Obrero digital, 2 de diciembre de 2017.

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