Contra el talón de hierro

Lo que nos indigna Nos irrita que los niños trabajen, pero no que pasen hambre cuando no trabajan. Nos indignamos por el síntoma no por la enfermedad. Prohibimos el síntoma y nos quedamos tranquilos.

Pascual Serrano 29/10/2018

En nuestro primer mundo existen algunas situaciones que nos resultan indignantes. Pienso, por ejemplo, en el trabajo infantil, la prostitución o los vientres de alquiler. Desde una miserable perspectiva neoliberal escuchamos en ocasiones justificaciones del tipo de que sería peor si no estuviese esa empresa textil en Bangladesh contratando niños porque así, al menos, tienen algún ingreso. O que, gracias a la prostitución o a la gestión subrogada, unas mujeres pueden tener unos ingresos que les saquen de la pobreza. Frente a esas posiciones, parte de la sociedad se escandaliza ante el trabajo infantil o la esclavitud de la prostitución y se exige a los poderes públicos que se ilegalice y se persiga. El problema surge cuando, desde la izquierda, nos quedamos solo en esa ilegalización. Es decir, nos movemos en un escenario que se limita a elegir entre la aceptación del trabajo infantil o su prohibición. Entre aceptar la esclavitud sexual que supone la prostitución, sindicatos incluidos, o prohibirlo.

La sociedad se indigna cuando un país tolera que un niño trabaje para alimentarse en lugar de ir al colegio, o una mujer deba prostituirse para poder enviar dinero a su familia en África o simplemente poder pagar el alquiler de su casa o la matrícula en la Universidad. Si lo pensamos bien, nos indignamos por el síntoma no por la enfermedad. Prohibimos el síntoma y nos quedamos tranquilos. Nos irrita que los niños trabajen, pero no que pasen hambre cuando no trabajan. Nos cabrea que unas mujeres pobres se prostituyan, pero no que no tengan para vestir a sus hijos si no lo hacen. Por eso prohibimos lo primero sin resolver lo segundo. Por supuesto, creo que los niños no deben de trabajar ni las mujeres ofrecer su cuerpo por dinero, pero creo que prohibirlo no resuelve el problema si sus necesidades continúan sin satisfacerse. Nos quedamos tranquilos cuando un gobierno de un país empobrecido anuncia la prohibición del trabajo infantil, y no nos paramos a pensar si esa prohibición va acompañada de los recursos necesarios para que ese niño satisfaga las necesidades que le obligaban a trabajar. ¿Por qué es mejor Bolivia cuando prohíbe el trabajo infantil que cuando lo permite si cuando el niño no trabaja no tiene forma de sobrevivir? Sin embargo, creemos que prohibiéndolo, el gobierno de ese o cualquier otro país está luchando por el bienestar de los niños.

Lo mismo pasa con la prohibición de la prostitución. Creo que ninguna mujer debe recurrir a ella para satisfacer sus necesidades económicas básicas. El problema es cuando prohibirla no se acompaña de medidas de supervivencia. Mientras no haya un salario social o la garantía de unas prestaciones sociales las prohibiciones serán solo lavados de conciencia de quienes no necesitan que sus hijos trabajen ni sus hijas se prostituyan.

Publicado en el Nº 320 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2018

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