Introductor en España de una gran parte de la historiografía marxista europea y extraeuropeaJosep Fontana, pensar históricamente Fontana formó parte de la estructura clandestina del PSUC, dentro del sector de intelectuales, hasta la llegada de la democracia. Luego prolongó su compromiso como historiador.

Francisco Erice. Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) 20/11/2018

Con la modestia y la discreción que le caracterizaban, Fontana solía decir que “los historiadores tenemos bibliografía, no biografía”. Pero en los libros del gran historiador marxista se reflejan claramente su personalidad, sus preocupaciones, fragmentos de su trayectoria vital y, muy especialmente, su compromiso político e intelectual. Fontana formó parte de la estructura clandestina del PSUC, dentro del sector de intelectuales, hasta la llegada de la democracia; fue un militante al que los informes internos y testimonios califican de serio y entregado. Luego prolongó su compromiso como historiador, siempre preocupado por los problemas de su tiempo, atento a no bajar la guardia y mantener vivos los viejos ideales emancipadores; lo que no excluía su permanente disponibilidad para apoyar con el prestigio de su nombre las causas en las que siempre creyó.

No es fácil resumir en unas pocas páginas la obra amplia y original de quien fue una de las grandes figuras de la historiografía española, y menos aún seleccionar algunos títulos de lectura especialmente recomendable para quienes aún no conozcan su obra. Me limitaré a tres de sus líneas fundamentales de trabajo, que no agotan ni de lejos su ingente producción, pero sí resumen bien la relevancia de sus contribuciones.

La primera etapa de su trayectoria como historiador se centra en la crisis del Antiguo Régimen, la implantación del sistema liberal y la transición al capitalismo. Fontana, formado por maestros como Carande, Soldevilla, Vicens Vives o Pierre Vilar, desarrolló una interpretación rica y matizada del proceso, partiendo de un análisis económico (crisis de la Hacienda, caída del comercio colonial) que inmediatamente desembocaba en el campo de la política y los conflictos sociales. La imposibilidad de reforma desde dentro, la inviabilidad del sistema fiscal y las resistencias campesinas conducen, en su esquema, a una “transición pactada” entre la vieja aristocracia y la nueva burguesía, en la línea de lo que se ha denominado la “vía prusiana” (no revolucionaria) al capitalismo.

Aquellos viejos debates, en los que Fontana participó de manera destacada, contribuyeron a renovar de manera sustancial la historiografía española y a recuperar parte del atraso inducido por el aislamiento y los efectos destructivos del primer franquismo en nuestra universidad. No cabe ignorar que las polémicas sobre el pasado tenían como trasfondo el “atraso” de nuestro capitalismo, las “anomalías” políticas que el franquismo emblematizaba y las dificultades de formación de un Estado y una identidad nacional propias. La reflexión histórica devenía un arma política. Quienes quieran leer alguno de aquellos trabajos que aún conservan su frescura, aunque el desarrollo de las investigaciones haya ido matizando o modificando sus conclusiones, pueden empezar por el primer volumen de su trilogía sobre la Hacienda y la crisis, concretamente el titulado La quiebra de la monarquía absoluta (1814-1820) (1971). Si el lector requiere textos más asequibles o menos propios “de especialistas”, se le pueden recomendar la recopilación de trabajos breves Cambio económico y actitudes políticas en la España del siglo XIX (1973) o La crisis del Antiguo Régimen (1808-1833) (1979).

Aunque más tarde volvería a tratar este período, la segunda etapa de la trayectoria de Fontana incorpora sobre todo una amplia reflexión acerca de la Historia y la práctica de los historiadores. Fruto de esa inquietud fue su polémico y rompedor libro Historia: análisis del pasado y proyecto social (1982), excelente crítica política de la historiografía no siempre bien comprendida por quienes veían en ella un enfoque “reduccionista”, tentación al parecer siempre agazapada y presta a manifestarse en cualquier pensador marxista. Le siguió su ensayo más breve La historia después del fin de la historia (1992), escrito bajo la conmoción de la caída del “socialismo real” y las famosas tesis de Fukuyama sobre el “fin de la historia”. Y, años más tarde, La historia de los hombres (2000), obra más madura y completa, muestra de una erudición y una cultura histórica verdaderamente notables y que todavía nuevas generaciones de estudiantes pueden y deben leer con especial provecho. La denuncia de un marxismo catequético y mistificado, el cuestionamiento de la idea de progreso como una coartada legitimadora del capitalismo, la crítica del eurocentrismo y la necesidad de recuperar el viejo proyecto marxista de una historia total pero absolutamente renovado, incorporando a nuevos actores y nuevos problemas, pueden resumir esta reflexión, que Fontana ha continuado posteriormente en otros trabajos más circunstanciales.

La lectura de La historia de los hombres puede ser completada por esa pequeña perla (algo menos de 200 sugerentes páginas) que es su ensayo Europa ante el espejo (1994), con sus críticas a la visión unilineal de la historia y a las mistificaciones del carácter plural y mestizo de Europa provocadas por los espejos deformantes de “los otros” (el bárbaro, el salvaje, el colonizado, el rústico…).

Aunque hay también otros Fontanas -por ejemplo, el particularmente interesado por la historia y la identidad catalana-, me gustaría destacar una tercera orientación de su obra, especialmente en su última etapa, que refleja sus preocupaciones por la crisis de nuestro tiempo. En ella nos encontramos con un historiador ya de edad avanzada, pero en plena madurez intelectual, capaz de legarnos obras monumentales como Por el bien del imperio. Una historia del mundo desde 1945 (2011) o El siglo de la revolución. Una historia del mundo desde 1914 (2017). El primero desarrolla, en más de 1.200 densas páginas, los trazos fundamentales de un mundo regido por la lógica de la guerra fría y los intereses del imperio, incapaz de cumplir las “promesas” de libertad e igualdad generadas con la derrota de los fascismos. El libro se completa en cierto modo con otro mucho más breve, El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI (2013), documentado y vigoroso alegato contra el neoliberalismo y sus consecuencias en términos de pobreza, desigualdad y ataques a las libertades; el texto concluye con un esperanzado llamamiento a la acción: “la tarea más necesaria a que debemos enfrentarnos es la de inventar un mundo nuevo que pueda ir reemplazando al actual, que tiene sus horas contadas”.

En 2017, con sus fuerzas mermadas por los años, Fontana volvía a sorprendernos con su último libro, El siglo de la revolución, una historia del siglo XX cuyo hilo conductor es el miedo que provoca el ciclo abierto en Octubre de 1917 en las clases dominantes, que conduce, según momentos y condiciones, a los fascismos, el “reformismo preventivo” del Estado del bienestar o la actual reacción neoliberal. La Historia vuelve a ser de nuevo reflexión sobre el presente y herramienta de futuro.

Pero la contribución de Fontana no se agota en las miles de páginas escritas, en las que demostraba su capacidad para –como decía su maestro Pierre Vilar- “pensarlo todo históricamente”. También se preocupó en especial de la enseñanza de la Historia en sus diversos niveles. Y fue, asimismo, principal introductor en España de una gran parte de la historiografía marxista europea y extraeuropea, gracias a su impagable asesoramiento en la Editorial Crítica.

En la Sección de Historia de la FIM conocemos bien su generosidad ilimitada, ya que, pese a su delicada salud, colaboró en nuestras actividades y en la revista Nuestra Historia cuantas veces se lo pedimos, que fueron muchas; el nº 3 de la publicación contiene una larga entrevista con él -que recomiendo especialmente-, ilustrativa de su bibliografía y también de su biografía. El recientemente aparecido nº5 incluye su contribución al dossier dedicado al bicentenario de Marx, un texto que concluía recordándonos que “la formación de un historiador marxista debe mantenerse siempre activa”.

Una anécdota final refleja bien el perfil humano de Fontana. Cuando desde la Sección de Historia de la Fundación de Investigaciones Marxistas le propusimos dedicar unas jornadas al análisis y la discusión de su obra, se negó tajantemente. Tal vez pensaba –y no estaba del todo errado- que nuestra intención era rendirle un homenaje, y eso le disgustaba. Pero lo que pretendíamos sobre todo era discutir críticamente su obra, algo que seguro que le hubiera complacido más. Fontana no necesitaba ni nuestra adulación ni nuestra condescendencia. No queríamos beatificarle, aunque sí mostrar admiración y cariño por un maestro de historiadores, un intelectual comprometido y un hombre bueno. Y pretendíamos hacerlo como corresponde a los marxistas: aprendiendo de sus trabajos, pero también discutiendo, criticando, corrigiendo, avanzando de manera colectiva. Conscientes de que Fontana era un historiador de talla internacional y orgullosos a la vez de que fuera, hasta el final, uno de los nuestros.

Publicado en el Nº 319 de la edición impresa de Mundo Obrero septiembre 2018

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