A los cincuenta años de su muerteMarcel Duchamp, esperando a Rrose Sélavy Anunció el arte conceptual e hizo alarde de la provocación, rompiendo las convenciones históricas sobre la condición de la obra artística.

Higinio Polo 17/12/2018

Marcel Duchamp, de cuya muerte se cumplen, este octubre, cincuenta años, prefirió, antes de la gran guerra, frecuentar los cafés parisinos que estudiar en la academia, cuando el viejo mundo burgués parecía todavía sólido, aunque en pocos años, se ahogaría en el barro de las trincheras europeas. Su amigo Francis Picabia, que apostaba por un arte amorfo, reía, años después, como Duchamp, de las bromas que habían urdido, elevadas a la categoría de “obras de arte”, y que tan seriamente recibían críticos y marchantes. Después de todo, Picabia se permitió afirmar que “el arte es un producto farmacéutico para imbéciles”.

Duchamp tuvo deslumbrantes intuiciones, anunció el arte conceptual, y nos gastó también elaboradas bromas como sus camaradas Man Ray y Picabia, fundando la revista 291, haciendo alarde de la provocación, lanzando ideas similares a las que llegaban del Zúrich de Tzara y Arp, y rompiendo las convenciones históricas sobre la condición de la obra artística, convirtiéndose en uno de los nombres más influyentes del arte del siglo XX. Antes de la aparición del dadá, Duchamp había tenido la intuición de su gran vidrio y había presentado su urinario en la galería 291 de la Quinta Avenida neoyorquina, tras verlo rechazado en la Society of Independent Artists: Europa había envejecido, y estaba en guerra; el arte debía nacer de nuevo.

Mientras Duchamp, Picaba y Ray estaban en Nueva York, supieron del dadá que llegaba del cabaret Voltaire y que se burlaba de las convicciones del público culto y de las distintas corrientes artísticas, utilizando también la provocación como recurso: de allí surgía Tzara, Hans Arp, Hugo Ball, Richard Huelsenbeck (para quien el dadá “era el bolchevismo alemán”), Schwitters con sus Merz, incluso Grosz. Había que abandonar el arte por los “actos estéticos”, y, por eso, en 1920, Duchamp crea a Rrose Sélavy: una obra y una reinvención, porque Rrose era Marcel vestido de mujer, y ella tendría sus propias obras literarias.

El dadaísmo hablaba hace ya un siglo de la “muerte del arte”, pero estaba lejos de tener la carga revolucionaria del expresionismo (con la excepción del grupo alemán, cuyos integrantes se afiliaron a la Liga Espartaquista que se convertió en el Partido Comunista Alemán), porque la política no le interesaba. Duchamp se burlaría de los cubistas, como Picabia, que llegó a afirmar que “el cubismo es una catedral de mierda”. En ese camino, se reía del respeto convencional a las grandes obras artísticas de la historia: eso son sus bigotes a la Gioconda, una chanza al mercado del arte, siempre dominado por el poder y la burguesía. Sus ready-made jugaban con el azar, y eran apenas bromas, como la rueda de bicicleta o el botellero, pero su Desnudo desciendo la escalera tendrá una carga explosiva que lo hermana con Las señoritas de Avinyó, siempre luchando contra los criterios establecidos, lo que otorgaba a su actitud un impulso revolucionario que impugnó los fundamentos mismos de la sociedad burguesa.

Arrancando un objeto cualquiera del lugar que le estaba reservado y exponiéndolo como arte (¡un urinario!), Duchamp dotaba de valor artístico a una pieza industrial, y, al mismo tiempo, rompía con las técnicas artísticas comunes y con los materiales utilizados hasta entonces. En ese trance, llegó a encargar réplicas de sus obras perdidas, dando significación a sus burlas, a los objetos que le entretenían como la rueda en el taburete. Todos le creyeron: una réplica esa Rueda de bicicleta se vendió por casi dos millones de dólares. En los años veinte, abandonó el arte, jugó profesionalmente al ajedrez e incluso fue marchante: después de haberse reído de esa ocupación, era una contradicción y un sarcasmo.

Ahora, aquel Duchamp que jugaba con la libertad artística, cargado con el urinario, una rueda de bicicleta y la Gioconda con bigote, sigue esperando a Rrose Sélavy, convertido en una referencia de la modernidad, ocultando su miedo en esa Fresh widow negra; queriendo “pasar a la clandestinidad”, como acarició en algún momento, mientras sonríe en su tumba viendo la veneración con que todos se acercan a sus obras cincuenta años después de su muerte.

Publicado en el Nº 320 de la edición impresa de Mundo Obrero octubre 2018

En esta sección

"Fake news" y pensamiento únicoFacu Díaz: “Me asalta la duda de si contribuimos a resaltar la crítica o a frivolizar cosas que son serias y graves”Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg: la revolución espartaquistaNuestros canales de televisiónOperación genovés

Del autor/a

Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg: la revolución espartaquista9 más 1 libros para mirar a OrienteMorir de miedo en PalestinaMarcel Duchamp, esperando a Rrose SélavyLas Brigadas Internacionales, un día de octubre