España

J.M. Mariscal Cifuentes 20/12/2018

Guárdate tu miedo y tu ira, se cantaba. Cuarenta años después, el miedo, nunca encerrado en los armarios, no ha terminado de cambiar de bando, y la ira que provoca la incertidumbre, la inseguridad cotidiana de futuro, no es canalizada hacia la idea de progreso sino que es acunada por la reacción. No es la primera vez que sucede en la historia, y ya deberíamos saber que los fantasmas del fascismo se alimentan del temor de los privilegiados para darnos a elegir el mal menor.

Hace ya tiempo que señalamos la traición y, al hacerlo, dimos por enterrado el acuerdo. Fue en 1996, en una fiesta del PCE. Cuarenta años después de la aprobación en referéndum de la Constitución Española se han sucedido los fastos de celebración de un texto escrito en un papel mojado, arrugado, mancillado, traicionado por los que detentan el poder, por los que enuncian su articulado como catequistas, con la doble moral y el cinismo de quien sabe que sus actos no sólo no acompañaban a sus palabras sino que fundamentan su dominio en la búsqueda de resquicios por los que consolidar sus privilegios.

Necesitamos otra Constitución Española, pero es importante saber que el ordenamiento jurídico es consecuencia de las correlaciones de fuerza de clase de cada momento histórico. Recordemos el golpe propinado con la reforma del artículo 135. No basta con exigir un proceso constituyente si ese reclamo no articula una mayoría social. Y para ello hace falta un proyecto de país, un proyecto de España basado en la tradición republicana, laica y popular que a fogonazos aparece en nuestra historia y que ahora debe erigirse en poder constituyente.

La España de Machado y María Zambrano, la Patria a la que volvieron Dolores y Rafael Alberti, el país violentado por el fascismo para que los privilegios atávicos de la burguesía casposa se mantuvieran incólumes. Para disputar sin complejos la idea de España hay que rescatar la fraternidad republicana y la solidaridad popular, recuperar los vínculos colectivos que nos unen como pueblo trabajador, porque la España que madruga es la víctima y no la vanguardia del IBEX 35. Necesitamos disputar la idea de España para que sea un proyecto de liberación, que arrebate la soberanía a los mercados y se la devuelva al pueblo trabajador.

Disputar la idea de España también exige señalar a la Unión Europea y al euro como yugo sobre los hombros del pueblo. La idea de Europa fue determinante para imponer un proyecto de modernización basado en la libertad civil y la seguridad económica. Hoy comprobamos que la Europa que tiene como himno la alegría provoca la miseria económica y moral, recorta libertades y derechos, siembra el miedo y alimenta a la serpiente del fascismo. El progreso, la libertad, la justicia y la seguridad se han convertido en ideas zombi, caminan muertas y ya no engañan a nadie.

Nuestra idea de España, nuestro proyecto de país, es incompatible con la Unión Europea y con el Euro y a su vez, requiere la unidad del pueblo trabajador de todo el país, incluido al catalán. Una España sin Euro, con Cataluña.

Cuarenta años después, la camisa blanca de nuestra esperanza, con la ira razonada y el miedo en el armario, es un proyecto de España que garantice la seguridad económica de sus trabajadores y trabajadoras, la fortaleza moral de su ciudadanía, la fraternidad con los pueblos oprimidos del mundo, la derogación de los privilegios de las élites y la cultura popular solidaria. Nosotros y nosotras le llamamos República, República Española.

Publicado en el Nº 322 de la edición impresa de Mundo Obrero dic 2018 - ene 2019

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