El infierno libio Antes del ataque de la OTAN, Libia tenía el PIB per cápita más alto de África. Ahora, el país está en ruinas y la mayoría de la población en la miseria.

Higinio Polo 14/02/2019

Siete años después del derrocamiento y asesinato de Gadafi tras la agresión de la OTAN, Libia sigue inmersa en la guerra y el caos. Mientras el denominado gobierno de Unidad Nacional, reconocido por la ONU y dirigido por Fayez Sarraj, intenta desde Trípoli imponer su autoridad, y el mariscal Jalifa Haftar dirige el llamado Ejército de Liberación Nacional, que controla el este del país y la Cámara de Representantes, en Tobruk, otros grupos armados dominan distintas ciudades, y una parte del país sigue controlada por Daesh. Ambos bandos, la Cámara de Representantes y el Gobierno de Unidad Nacional, se encuentran enfrentados, aunque celebraron negociaciones en París, en mayo de 2018, para convocar elecciones, que podrían celebrarse en la primavera de 2019. Sin embargo, la situación en el país sigue siendo caótica: la proliferación de grupos armados, a menudo instrumentos de feroces señores de la guerra locales, ha convertido Libia en un infierno.

Trípoli, Tobruk y Misurata son centros de fuerzas que luchan entre sí, cuyos dirigentes se enfrentan para robar la riqueza del país, y con frecuencia compran y sobornan a grupos armados que cambian de bandera y de lealtades, secuestran y asesinan, e incluso ocupan campos petrolíferos (como sucedió en Sidra y Ras Lanuf en 2017; y en Sharara en diciembre de 2018, ocupado por una milicia denominada Batallón 30) para negociar después con compañías occidentales. La corrupción y el robo, protagonizados por jefes de milicias y por traficantes autónomos o ligados a potencias occidentales, son constantes: la fiscalía de Bruselas investiga la desaparición de miles de millones de dólares del país depositados en un banco belga.

En septiembre pasado los combates se recrudecieron, en una caótica “guerra de milicias”, y la Séptima Brigada, dirigida por el antiguo gadafista Abdel Rahim al-Kani y ahora aliado del islamista Jalifa al-Ghawil, se enfrentó con las fuerzas de Fayez Sarraj. El último episodio ha sido el estallido de un coche bomba en el Ministerio de Asuntos Exteriores, en Trípoli, que causó varios muertos a finales de diciembre de 2018. El libanés Ghassan Salamé, jefe de la UNSMIL, la misión de apoyo de la ONU para Libia, está desbordado ante la existencia de muchos grupos armados y la acción de potencias occidentales y países del golfo Pérsico que lanzan operaciones de combate o bombardean a la población civil, y apuesta por la celebración de elecciones, aunque es dudoso que resuelvan el caos de un país destruido que, en la práctica, está desmantelado y no existe.

Francia e Italia se enfrentan: Roma, por boca de Salvini, acusó a París de injerencia en Libia movida por intereses económicos y de actuar de acuerdo con Haftar, mientras Estados Unidos, que pretende controlar el flujo de petróleo y estabilizar la situación con un gobierno cliente, mantiene un contingente militar y bombardea con su aviación y con drones. Interesadas informaciones filtradas por cancillerías occidentales hablaban del apoyo ruso a Jalifa Haftar, acusación que rechazó Moscú. Rusia cree que en las negociaciones para resolver el caos deben participar todos los grupos políticos y armados del país, así como el hijo de Gadafi, Seif al-Islam. A su vez, Egipto interviene con frecuencia, bombardeando, así como Qatar: ambos patrocinan grupos armados, y Emiratos Árabes Unidos apoya al general Haftar, quien se proclama adversario del islamismo terrorista. El general Ahmad Mismari, portavoz del ejército y afín a Haftar, acusó a Turquía de trasladar mercenarios desde Siria a Libia, a través de territorio turco, y a Bélgica de enviar armas a los terroristas y pidió a Rusia que intervenga como en Siria. En su intento de estabilizar el país, la Unión Europea sancionó al jefe del Congreso Nacional, el general Nuri Abu Sahmain; al presidente de la Cámara de Representantes, Aqiulah Saleh; y al jefe del Gobierno de Salvación, Jalifa al-Ghawill.

La mayoría de la población se encuentra en la miseria, y la economía del país está en ruinas y depende por completo de la venta de petróleo. La situación sigue siendo desesperada: en medio de una maraña de siglas y de grupos armados, la extorsión, los secuestros, los asesinatos, el tráfico de drogas, los asedios a ciudades, los inmigrantes atrapados en las redes de negreros, y los mercados de esclavos, definen un país que, antes del ataque de la OTAN, tenía el PIB per cápita más alto de África, y ahora es un infierno.

Publicado en el Nº 323 de la edición impresa de Mundo Obrero febrero 2019

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