Mujer y cineDe Margo a Daenerys, un hilo violeta El hilo violeta que ha atravesado la historia del audiovisual ha venido acompañado de un defecto... muchos de esos personajes subversivos adoptaban un rol masculino.

Jack el Decorador 07/03/2019

El día 8 de marzo toca huelga feminista y es voluntad de este Decorador contribuir, con su escaso y discreto grano de arena en medio del océano violeta, a la reflexión colectiva y al necesario éxito de una movilización que decantará el destino de este país en la incierta noche del despertar de los monstruos.

El audiovisual y el feminismo. Hasta hace no tanto, agua y aceite. Y aún hoy, dos ríos que transcurren de forma paralela y que se cruzan de pascuas a ramos, casi de forma casual o anecdótica.

Es verdad que siempre existieron historias de mujeres en el cine, películas que constituyeron referentes femeninos indiscutibles e, incluso, performativos de una femineidad que confrontaba con los cánones preestablecidos por el patriarcado dominante.

De la Margo Channing a la que dio vida la majestuosa Bette Davis en esa joya del cine que es Eva al desnudo a, por poner un ejemplo, la Daenerys de la Tormenta que interpreta Emilia Clarke en Juego de Tronos, han pasado muchas cosas y muy pocas al mismo tiempo.

Las mujeres de armas tomar siempre existieron en el cine. Construidas sobre los rostros y los cuerpos de las Davis, las Magnani, las Bacall o las Dietrich del momento, erigidas sobre la pira de los galanes caducos y advenedizos, cada vez con menos interés y más obsoletos; vacíos ante las complejidades de esos personajes rebeldes y con causa.

Sin embargo, no nos engañemos, eran las menos; mirlos blancos en una jauría de plumajes negros con hechuras de esposas amantísimas, limpiadoras y cocineras, que esperaban en casa con vocación de florero y las zapatillas del marido en el umbral del hogar, triste hogar. En el extremo opuesto, pero igual de normativas, las mujeres de la noche, colgadas de un cigarro y de un combinado, guapas y felinas. Con verbo fácil, sí, pero funcionales a un estereotipo que (salvo honrosas excepciones) no tenía valor en sí, sino que servía únicamente para completar y complementar la construcción del personaje verdaderamente importante: el personaje del hombre.

De la década de los sesenta a la de los noventa se continuó la tónica iniciada por la era dorada, con ribetes de rebeldía y heterodoxia como la magnífica Thelma & Louise, el cine de Almodóvar, de Agnès Varda o la saga de Alien (un auténtico alegato feminista a juicio del que escribe, poco comprendido y muy mal entendido). Seguían siendo, no obstante, rara avis en una industria copada en su práctica totalidad por enfoques de carácter masculino.

En los prolegómenos del siglo XXI comenzó a percibirse una ligera inversión en la tendencia general. Muchos nombres femeninos se incorporaron a la industria en diferentes campos. Las historias de mujeres, y más aún a raíz de la irrupción de la ficción televisiva de calidad, ya no eran contadas siempre (o casi siempre) por hombres. Las aristas de los personajes encarnados por hombres se transfundían a los interpretados por actrices y durante la primera década, y especialmente en la segunda, se equilibró la balanza (muy lejos aún de la equidad pero también de la marginalidad anteriormente imperante).

Nada parece indicar que esa tendencia sea reversible. Pero, a fuer de ser sincero, tampoco tiene por qué ser suficiente. El hilo violeta que ha atravesado la historia del audiovisual ha venido acompañado de un defecto o debe histórico: que muchos de esos personajes subversivos y disidentes adoptaban una naturaleza o rol masculino; que no divergían del resto por construir una femineidad no normativa sino por asimilar el papel de la mujer al que tradicionalmente se asignó al hombre. Y en eso, como en casi todo lo que toca al séptimo arte, en mi modesta opinión hemos perdido. Porque Daenerys, por continuar con el ejemplo (y esto es polémico, lo sé), es más una conquistadora que una liberadora; una gobernante que apela al derecho de sangre y se apoya en los fuegos de los dragones antes que una revolucionaria. Y eso, no nos engañemos, no casa con el mensaje necesario y profundo del feminismo marxista. La semilla está sembrada. Pero todo se decantará en función de en qué sentido germine, de cómo penetre en el discurso de roles ideológicamente hegemónico. No sé si me explico.

Publicado en el Nº 324 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2019

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