RelatoVeinte euros

Natalia Carrero. Barcelona 1970. Escritora 07/03/2019

Querida Virginia, vuelvo a escribirte desde mi habitación impropia: Hace mucho que no me detengo a pensar en las palabras, no exagero si digo que es la primera carta que escribo a mano desde hace siglos y tú eres el motivo, mi nieta recién becada en una ciudad del norte, mejor dicho en una universidad de esos países nórdicos que desde aquí solo sabemos elogiar.

De joven me publicaron una novela de amor, con sus correspondientes tempestades de rencor, que se vendió poco y se olvidó mucho; para mí resultó una escritura inevitable que tuvo la fortuna, o el infortunio según se considere, de convertirse en un libro prescindible. Creo que nunca te lo he contado. Algo debió quedar de aquella experiencia porque ahora que dispongo de más tiempo que cuando trabajaba, de vez en cuando mi mente vuelve a ese desierto en el que acucia la necesidad de una escritura que no comprendo del todo, lo reconozco, tal vez porque su forma es el proceso mismo de avanzar letra a letra, idea que se suelta a idea que se liga. En este momento por ejemplo, como algo me inquieta aquí me encuentras, soberbia y tinta en mano, improvisando una música no para camaleones sino para ti, Virginia, noble iguana, recién becada en la universidad de Trondheim.

Quisiera hablarte de la problemática que nos separa años luz a tu madre y a mí.
Desde el año pasado ella insiste en su convencimiento de que estoy deprimida y que debería medicarme. Peor aún, cree que mi depresión es tal que ni siquiera soy capaz de reconocerla. Cómo practica conmigo la militancia de la sonrisa gratuita, me trata como si fuera una niña y además idiota. Es cierto que cada vez sonrío menos, pero eso no justifica su diagnóstico que, si lo pensamos, es toda una demostración de superioridad. En realidad nunca he estado tan bien; lo que pasa es que tu madre no observa ni escucha porque se ha puesto ahí arriba, en la superioridad de quien, por tener las necesidades mínimas cubiertas, ya puede empezar a divertirse hasta perder la conciencia.

Debería sonreír, volvió a insistir en nuestro último encuentro en el Retiro. Acudí a su llamada en un momento de debilidad, me dejé seducir por la amabilidad prefabricada con que lo construye todo, desde su propia imagen hasta las relaciones con sus seguidoras. Porque ella y sus socias, a quienes confunde por amigas, tienen sobre todo seguidoras, mujeres bastante ociosas a las que dominan con sus modales de sonrisa de plomo. Las convocan por el móvil o por redes, concretan las coordenadas, fecha y lugar, con el objetivo de practicar la meditación al aire libre.

Veinte euros la sesión, el otro día había una veintena de participantes, a repartir entre tres, tu madre y las otras dos. Si lo calculas no resulta un gran negocio.
Hasta qué punto es necesario difundir una meditación equiparable a un vaciado emocional, a un ejercicio de desconexión de la realidad. Esas mujeres podrían aprender a llenarse en el sentido más simbólico que se te ocurra. Ya que disponen de tiempo libre podrían leer novelas de ideas y luego entrar en debates enconados, digo de ideas para alejarnos de los recursos que narcotizan, adormecen en lugar de activar la conciencia. Basta ya de best-sellers. El adjetivo enconados, lo he escrito por inercia, porque siempre me encontré en los debates, esas tardes legendarias de mi juventud y madurez, peleando, boxeando en serio.

Observé a las asistentes mientras aprendían a meditar. A una muy delgada que había llegado en una bicicleta del ayuntamiento le dio por reír cuando tu madre dijo “estáis aquí porque habéis dejado las preocupaciones en casa, habéis venido sin cargas”. Tu madre la miró como una maestra de colegio que pregona la severidad. La de la bicicleta no tardó en recuperar la solemnidad que le exigía el aprendizaje de la meditación. Todas somos mujeres con inseguridades en el fondo, tiendo a pensar, porque no hay nada seguro, pero no comprendo que para vivir en paz tengamos que aprender a negar nuestros pensamientos. Además ¿por qué habría que vivir en paz? ¿por qué no hacerlo en constante rebelión o mínimo cuestionamiento de lo que los medios, por emplear un término fantasmal, quieren que creamos que está ocurriendo?

Qué desperdicio de cerebros con sus potencialidades respectivas, pensé al observar a las mujeres sentadas en la hierba, en plena meditación. Cómo sacarlas a todas, aprendices e instructoras, de esa zona de los grilletes invisibles para que liberaran sus pensamientos e hicieran y dijeran lo que les viniera en gana, lo más salvaje, en lugar de seguir esforzándose en socavar la mina de su silencio, practicar la insignificancia. No... yo nada... aquí… en calma; eran esas bocas acalladas que alguna vez habrás escuchado. Esa especie de anorexia mental, porque se podría conjeturar que en algún momento decisivo sus mentes hubieran decidido dejar de pensar ni siquiera lo más básico, ¿cómo se podría desplazar hacia un lugar de mayor actividad donde la dinámica misma las confrontara con tensiones de verdad, ante las cuales se verían obligadas a echar mano del primer recurso que encon-traran, el pensamiento? Que escucharan afrentas ajenas, violencias cotidianas, desigualdades e injusticias que siempre se encuentran al alcance de la mirada de frente, no ausente en la meditación al aire libre, como la que presencié el otro día en el Retiro.

Se me ocurrió que tu madre, en lugar de seguir con la meditación, de pronto rompía el hechizo para formular una proposición bastante honesta. Que las asistentas dejaran los veinte euros de la sesión debajo de una piedra. De pronto el evento “Aprende a meditar al aire libre” me pareció una gran idea. Vaciarse el bolsillo para llenar el Retiro de billetes de veinte. Mujeres no tan pasivas como aparentan, personas activas, arrodilladas en el parque como coartada para ir dejando billetes debajo de las piedras.

Imagínate que lo hicieran. Si cada una enterraba un billete el mundo, al menos esa zona del parque y alrededores, resultaría un lugar más generoso para quien tuviera la suerte pasajera de encontrarlo. En ese momento a lo lejos creí ver una silueta que se agachaba, cogía algo del suelo y, tras observarlo, aceleraba el paso hacia la alameda. Felices veinte euros, paseante con ventura.

Me despedí de tu madre: “Que no sonría no significa que esté deprimida. Y que tú sonrías tampoco significa que seas feliz. Lo de la meditación no me ha convencido, preferiría que aprendierais a pensar.” Nos miramos, luego ella se volvió con las suyas.

Yo, con la arboleda y el resto del mundo. También tú me acompañabas.

Y ahora aquí nos comunicamos, vía el papel de toda la vida, yo dirigiendo este mensaje que te resultará absurdo hacia tu vida nórdica. Al otro lado de esta hoja he pegado veinte euros que encontré debajo de una piedra junto al monumento a Galdós, el de Fortunata y Jacinta nada menos. Cuando te apetezca perderte por un parque de esa ciudad de gran calidad de vida en la que estudias entierra el billete debajo de una piedra, para quien lo necesite.

Publicado en el Nº 324 de la edición impresa de Mundo Obrero marzo 2019

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