40 capitales de provincia tuvieron alcalde republicano o socialista12 de abril de 1931 ¿Monarquía o República? El trayecto hacia la república pasaba por votar masivamente y vencer para romper con la monarquía, y de paso con el siglo XIX.

Ángel Duarte. Universidad de Córdoba 12/04/2019

El 12 de abril de 1931, los lectores de El Pueblo, una de las cabeceras históricas del periodismo democrático, se encontraban de frente con la mencionada disyuntiva. Desde su salida a la calle, en la Valencia de 1891, el órgano creado por Vicente Blasco Ibáñez había formulado, en multitud de ocasiones y como toda la prensa republicana, el dilema. La militancia siempre optaba por lo segundo. El problema era que no acertaba a concretar el ideal.

La novedad de ese día primaveral consistía en que la expectativa de cambio de régimen era real; lo que siempre, desde la República de 1873, había quedado limitado a potencia podía convertirse en acto. Había un camino concreto para lograrlo: que los hombres mayores de veinticinco años, únicos titulares del sufragio universal, se acercasen a los colegios electorales y participasen con su voto en unas elecciones municipales con que la Monarquía había planeado controlar el retorno a la normalidad constitucional. Una legalidad que el propio Alfonso XIII había dinamitado, en otoño de 1923, al dar el visto bueno al golpe de estado del general Miguel Primo de Rivera.

El trayecto hacia la república pasaba por votar, hacerlo masivamente y vencer. Eran unas elecciones municipales, en absoluto constituyentes. Por no ser no eran siquiera unas legislativas. Estas habían sido postergadas por el gobierno del almirante Aznar para tratar de aplacar las iras y las expectativas populares, para aligerar la presión que ejercían las multitudes. El cálculo resultó ser erróneo.

Las fuerzas de la conjunción republicana-socialista -Alianza de Izquierdas Antidinásticas, en Valencia- tenían claro que la suerte de su proyecto y la continuidad de la Casa Real dependían del resultado que obtuvieran. Los redactores de El Pueblo procedían al llamamiento: “Realizad un supremo esfuerzo para que nuestros enemigos sean aniquilados”. Y todo el esfuerzo consistía, por el momento, en depositar una papeleta en una urna.

La alternativa era ahora factible por razones concretas: por un lado, en los últimos años del Directorio y en los meses que se llevaban desde el descabalgamiento de Primo de Rivera, la movilización popular se había intensificado en las principales ciudades del país y en numerosas comarcas agrarias. La acción ciudadana y popular mezclaba el clamor por la república con las reivindicaciones de libertades y de derechos sociales y laborales, las agendas de los nacionalismos subestatales y los anhelos de un patriotismo que, a la manera del que encarnaba José Ortega y Gasset, reclamaba a los connacionales que reconstruyesen un Estado, el español, que habría dejado de existir. En esos meses se sucedieron los banquetes de confraternización entre intelectuales catalanes y castellanos, las conferencias multitudinarias de ministros de la monarquía dando a conocer su cambio de campo, las huelgas obreras por la mejora salarial y de las condiciones de trabajo y las agitaciones estudiantiles contra las tutelas eclesiásticas y los autoritarismos académicos. Fueron momentos en que las nerviosidades en los cuarteles en los que surgía una Unión Militar Republicana, minoritaria, pero para nada insignificante, acabarían aportando, en la persona de los capitanes Galán y García Hernández, los primeros mártires. Y, por concluir con el listado, eran tiempos en que los concurridos actos en teatros y plazas de toros formalizaron un ambiente en el que la acción colectiva adquiría un voltaje inédito, revolucionario.

En segundo lugar, parecía que la república estaba al alcance de la mano dado que el republicanismo había entendido la necesidad de crear plataformas eficaces de quehacer colaborativo. En 1926 la Alianza Republicana iniciaba una travesía en la que conseguiría éxitos -el Pacto de San Sebastián, la formación del comité revolucionario- y fracasos -los levantamientos precipitados de Jaca o Cuatro Caminos-. Ni unos ni otros pusieron en crisis a una alianza que se reveló estable y capaz de atraer a unas bases sociales amplias. Incluso la CNT se instaló, mayoritariamente, en una suerte de benevolencia cooperativa. A ello ayudó el que en las agendas electorales municipales se incluyese la exigencia de responsabilidades al rey y a las autoridades monárquicas y el reclamo de una amnistía que, con el comité revolucionario en prisión, empezaría siendo política y acabaría beneficiando a presos sociales.

Finalmente, la república aparecía como un horizonte más que plausible porque era evidente que Alfonso XIII no conseguía retener simpatías y fidelidades. Ni para con su persona ni para con las instituciones que encabezaba. Las vacilaciones y los errores debilitaron un régimen que tenía a gala identificarse con la “constitución histórica” de la nación. Una nación, por volver a la poco sospechosa de izquierdista palabra de Ortega, “de sobre veinte millones de habitantes, que venía ya de antiguo arrastrando una existencia política bastante poco normal”. Pues bien, el día 12 se votó para restablecer el honor patrio, “la dignidad ultrajada por el régimen que envilece a nuestro país”. Se votó para romper con la monarquía y, de paso, con el siglo XIX, con la anormalidad.

Las fuerzas que triunfaron lo celebraron con un ¡Hurra! Junto a la exclamación eufórica una llamada a la calma. A sumar a aquellos que no se habían liberado, aún, de la tutela caciquil. A gestionar la conquista del poder mediante la comparecencia del pueblo en las calles. Calmada y festiva, ordenada, exigente y pacífica. Una presencia que asegurase, más allá de las gestiones capitalinas, la proclamación de la república en las plazas mayores de ciudades y pueblos, la salida del monarca del país y la del gobierno provisional de la Modelo.

Las proclamaciones locales de la república del día 14 se hicieron manteniendo una estabilidad que admiró y preocupó, respectivamente, a simpatizantes y enemigos del régimen que nacía. El recuento resultaba innecesario. Cuarenta capitales de provincia pasarían a tener alcalde republicano o socialista. Los concejales obtenidos, en las actas que llegaban a los gobernadores civiles y que se transmitían al ministerio, eran más parejos. No obstante, en la opinión quedaba claro que el proceso electoral abría las puertas a una genuina revolución política. Una revolución impulsada, más que acompañada, por una movilización de energías ciudadanas sin precedentes conocidos.

El partido comunista, en precario, optó por una actitud solipsista de sobra conocida. Por el momento, la fuerza política que acabaría convirtiéndose, cuando la Guerra Civil, en baluarte de la República se situaba, por razón de las consignas de la Internacional así como, probablemente aunque esto haya sido poco analizado, debido al legado libertario que compartían buena parte de sus bases y cuadros, y que los situaba a la contra de una revolución política que nacía, también es bueno recordarlo, para reconducir en términos de reforma y disciplina la revolución social que se oteaba en el horizonte.

Publicado en el Nº 325 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2019

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