Después del 8-M: ¿y ahora qué?

Patricia Castro 02/04/2019

Lo hemos vuelto a hacer, nos hemos vuelto a superar. Centenares de miles de personas salieron a las calles este pasado 8 de marzo -la gran mayoría mujeres, claro está-. Superar las cifras astronómicas del año anterior parecía una tarea casi imposible, pero se ha vuelto a hacer. Medio millón ocupaban las calles en Madrid, más de doscientas mil personas salían en Barcelona a protestar contra un modelo injusto de sociedad y a reclamar la libertad de las mujeres, es decir, de la mitad de la humanidad. No todo han sido sonrisas pero digamos que el resultado de la huelga y las manifestaciones multitudinarias ha sido muy buena. La pregunta que nos deberíamos estar haciendo después del 8 de marzo es: ¿y ahora qué?

Hay tres temas que me gustaría señalar:

En lo que respecta a la representación, hemos tenido imágenes contrapuestas en los medios de si se ha alcanzado una cobertura de los diferentes grupos que integran el movimiento feminista, o por el contrario no lo hemos logrado. Como siempre una postura crítica valoraría las dos tendencias y extraería una conclusión intermedia: quizá nos falte representar mejor toda la pluralidad del movimiento feminista, pero también debemos ser conscientes que nunca podremos abarcar todas las diferentes opiniones. Hay ciertas visiones antagónicas dentro del feminismo y eso es algo que tarde o temprano deberemos asumir -un ejemplo claro: feminismo liberal y el feminismo marxista.

Sobre la huelga, sí se ha notado una mejoría de la participación y el seguimiento de la convocada respecto del año anterior. La postura más radical de parar 24 horas en comparación a la más comedida de tan solo hacerlo 2 horas, ha ido ganando peso a lo largo de todo el año hasta convertirse en la visión hegemónica de este día. Deberíamos conseguir mantener esta victoria parcial para poder seguir haciendo daño al tejido económico durante las próximas huelgas -es una de nuestras principales armas-. Es cierto que no se sabe hasta qué punto la gente va a seguir aguantando indefinidamente perder un día de sueldo por un 8 de marzo que cada vez se está convirtiendo más en un día de celebración y reivindicación más que de lucha sindical directa. Hay que acabar de dar forma al tipo de 8 marzo que deseamos conseguir.

Día festivo. Sobre este tema tan solo me limitaré a recoger lo que mis compañeras no se han cansado de decir estos últimos días: ¿qué es lo que buscamos con el 8-M? ¿Queremos que sea un día performativo? ¿Un día de lucha y protesta? ¿O tan solo una fiesta más al estilo de la fiesta del orgullo o sin ir más lejos el 1 de Mayo? Si se aboga por un día de lucha sindical, muchos ajustes se tienen que hacer a las proclamas y acciones que se dan ese día. Por otro lado también tenemos una opción más pragmática en la que convertir el día de la mujer trabajadora en un festivo más en el calendario y así dejar a un lado el santoral y la tradición católica tan presente en nuestro país. Tengo que admitir que esta última opción no me desagrada, pero no veo nada de positivo en convertir un día de lucha en un día de fiesta más, porque perderemos el potencial revolucionario que nos ofrece.

Como sabemos, aun quedan muchos retos por superar, pero lejos de tirar por tierra todo el trabajo que las compañeras han hecho día tras día durante este último año para que otro 8-M sea posible me gustaría que esta crítica sirviese para reforzar nuestras posiciones y por fin poder conquistar lo que nos pertenece como mujeres: nuestra dignidad y libertad.

Publicado en el Nº 325 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2019

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