Caldo de pollo

James Forrestal, el delirio atómico Uno de los artífices de la falsa y sucia campaña que sumergió al mundo en la guerra fría, sucumbía enloqueciendo con su propia propaganda.

Higinio Polo 10/04/2019

En la madrugada del 22 de mayo de 1949, quien había sido el primer secretario de Defensa norteamericano (y, por tanto, jefe del Pentágono), James Forrestal, se suicidó tirándose desde una ventana en la suite que ocupaba en la decimosexta planta del Bethesda Naval Hospital donde estaba ingresado. Forrestal era un rabioso anticomunista, un hombre que había participado en la gestación del ambiente alucinado del anticomunismo más cruel en Estados Unidos. En esa delirante carrera, le acompañaron Truman, John Foster Dulles (que informaba a Forrestal de las actividades del Partido Comunista norteamericano), John Edgar Hoover, el cardenal Francis Spellman, Frank Wisner (otro maníaco depresivo, cofundador de la CIA y de la siniestra red Gladio; que también se suicidó, aunque de un disparo en la cabeza) y otros turbios personajes que iniciaron las “operaciones secretas” por el mundo que causaron matanzas apocalípticas.

Forrestal, que fue secretario de Marina antes de que llegara Truman a la presidencia, le sugirió al nuevo presidente que había que combatir a los soviéticos: “Puestos a enfrentarnos con ellos, mejor ahora que más tarde”. En 1945, ese consejo significaba en la práctica que Estados Unidos debía lanzar bombas atómicas sobre la Unión Soviética. Después, Forrestal participó activamente en la reelaboración y difusión del célebre “telegrama largo” de George F. Kennan que fue publicado en Foreign Affairs en 1947 y que se convirtió en la más relevante base teórica de la doctrina de “contención del comunismo”, que acabaría siendo incluso más agresiva de lo propuesto por el diplomático norteamericano y que llevó a la militarización de las relaciones entre Washington y Moscú. Desde entonces, el Pentágono manda en la política exterior estadounidense, hasta el punto de que cuando, en 1961, Robert McNamara (jefe del edificio de Arlington con Kennedy) pidió que le enseñasen los planes de guerra del Pentágono, los generales de la institución se los negaron aduciendo que “carecía de autorización”.

Forrestal se había convertido en el principal agitador de la paranoia que invadió el Pentágono y buena parte de los organismos gubernamentales de Estados Unidos. Cuando Truman le pidió la dimisión en marzo de 1949, Forrestal se retiró a Florida, convencido de que los comunistas le perseguían. Empezó a creer que las sombrillas de la playa escondían micrófonos soviéticos. Un día, tras oír la sirena de un camión de bomberos, salió corriendo por las calles, en pijama, gritando “¡Vienen los rusos!”, seguro de que el Ejército Rojo invadía Estados Unidos. Ironías de la historia: uno de los artífices de la falsa y sucia campaña que sumergió al mundo en la guerra fría, sucumbía ante sus propias mentiras, enloqueciendo con su propia propaganda. Unos días después, se arrojaba desde la ventana del Bethesda Naval Hospital.

Forrestal no vivía ya cuando, el 23 de septiembre de 1949, Truman, el hombre que había ordenado lanzar las bombas atómicas en Japón, anunció a la población norteamericana que la Unión Soviética había conseguido la bomba atómica: esa noticia habría sido la peor de sus pesadillas. Forrestal fue el primer ministro de Defensa que defendió el concepto de “guerra preventiva”, que, muchos años después, haría suya George W. Bush para llevar la devastación y la muerte a Afganistán e Iraq.

Estados Unidos ha tenido grotescos gobernantes, asesinos sin escrúpulos: solo hay que recordar, además del siniestro Truman, al borracho y maltratador Nixon, al Reagan que gobernaba con ayuda de astrólogos, al Bush que arrasó Afganistán e Iraq, o al Obama que incendió Siria y Libia. Y ahora, el extravagante Trump se adentra en el camino del delirio atómico: tras los pasos de Bush, que se retiró del ABM, ha roto el INF y ha anunciado que el STATT-III es un tratado desigual, impuesto a Estados Unidos, que no piensa apoyar, utilizando de nuevo la mentira, como en los peores años de la guerra fría. Eran los tres tratados nucleares que mantenían el control nuclear lejos de los delirios de personajes como el suicida del Bethesda.

En el funeral de Forrestal en Arlington, una orquesta de la Marina interpretó el aria inicial del Jerjes de Händel, y otra banda del Ejército tocó con emoción la inquietante Adelante, soldados cristianos. El busto en bronce de James Forrestal sigue presidiendo la entrada del Pentágono.

Publicado en el Nº 325 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2019

En esta sección

La República del siglo XXI o es feminista o no seráLa República en España, del 14 al 28 de abrilSin pausaUnidadFuerza de mujer

Del autor/a

Sudán: la soga de Omar al-BashirCien años con la BauhausJames Forrestal, el delirio atómicoGarras humanitarias sobre VenezuelaPasajeras de tercera clase