Escenarios

Aproximación tardía al Teatro Documento en Madrid

Iván Alvarado 13/06/2019

Obra: Shock. El Cóndor y el puma.
Dirección: Andrés Lima.
Ayudante de dirección: Laura Ortega.
Dramaturgia: Albert Boronat, Andrés Lima, Juan Cavestany y Juan Mayorga (inspirada en la Doctrina del Shock) de Naomi Klein.
Intérpretes: Ernesto Alterio, Ramón Barea, Natalia Hernández, María Morales, Paco Ochoa y Juan Vinuesa.
Caracterizaciones: Cécile Kretschmar.
Producción: Centro Dramático Nacional en colaboración con Check-in Producciones.
Música y espacio sonoro: Jaume Manresa.
Vídeo creación: Miquel Ángel Raió.
Funciones en Madrid: Centro Dramático Nacional (Valla Inclán) hasta el 6 de junio.
Horarios: martes a sábado a 19.30 y domingos a 19.30.
Próximas funciones ver: http://cdn.mcu.es/programacion/en-gira/

El Centro Dramático Nacional en colaboración con Check-in producciones y de la mano de una dramaturgia coral con pesos pesados del teatro estatal como: Boronat, Lima o Mayorga entre otros, nos acercan a una de las pocas producciones de Teatro Documento que se han desarrollado a nivel estatal.

El montaje es un proyecto ambicioso que nos acerca a la Operación Cóndor, sobre todo a los casos de Chile y Argentina, desde cuatro piezas: La Nada es bella, de Boronat, la cual contiene Nixon-Helms-Kissinger-Elvis de Cavestany; El Cóndor y el Puma de Andrés Lima y Muerte y Resurrección de Lima y Boronat.

Si bien hasta ahí podría ser, por temática y composición, una obra sugerente que aborda un tema que siempre interesa en la escena estatal, su apuesta por el Teatro Documento la hace diferente, más llena de riquezas por varios motivos.

A lo largo de los 150 minutos van apareciendo una serie de personajes desde un escenario central circular que no para de dar vueltas; a los lados del escenario cuatro pantallas que proyectan diferentes situaciones, desde el bombardeo al Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973, hasta imágenes del mundial de 1978 en el cual la Argentina de Daniel Pasarella y Mario Kempes se alzaba con su primer mundial mientras miles de argentinos y argentinas padecían tortura es múltiples lugares del país como la Escuela de Mecánica Armada (ESMA).

Todo ello dialogando siempre en torno a la idea de la Doctrina del Shock que formulara Naomi Klein, en la cual la autora defiende que sólo una crisis real o percibida da lugar a un verdadero cambio.

Los múltiples personajes que aparecen juegan a un Teatro Documento poco ortodoxo, es decir, hay textos reales y otros de ficción que recrean lo que paso sin constancia escrita o en imágenes reales, sin embargo, todo encaja orgánicamente al ser una narración histórica.

Sin embargo, si lo que pretende un Teatro Documento es que los documentos dialoguen entre sí para revelar algo que se desconoce, en ese sentido no hay un logro significativo primando más lo estético que lo político en sí.

Esta apuesta por lo estético hace que se apueste, en algunos momentos, por elementos cómicos, como el encuentro entre Thatcher y Pinochet en Londres en 1998, la contraposición de la figura de Kempes con la de Videla o la aparición de Elvis en sus encuentros con Richard Nixon.

Si bien es cierto que hay momentos en los cuales este juego de contrastes hace crecer al montaje, pues hay un diálogo entre lo cómico y lo trágico interesante, en otras situaciones desmerece el texto identificando la imagen de los dictadores con lo grotesco, lo cual alivia la tensión escénica, pero rebaja por momento el peso político.

En líneas generales es introduce al público en un cuento épico que narra el diseño de la Operación Cóndor desde diferentes ángulos que van desde la Casablanca hasta el Cono Sur de América Latina, para ir cediendo peso paulatinamente a los testimonios de las víctimas que muestran la crudeza de los resultados. Justo en esos momentos de dureza el elenco consigue estar a la altura, creciendo en esa tensión jugada con menos histrionismo y más intimidad.

Es esta cesión paulatina a la tragedia la que va construyendo una atmósfera oscura que sólo se logra romper cuando la ovación reconoce, lo que desde mi punto de vista es el mejor montaje de lo que vamos de temporada.

Pese a ello, chocan dos elementos. El primero: si bien la aceptación de este tipo de montajes es bastante generalizada porque seguimos enfrascados en fórmulas de representación más convencionales. En segundo lugar, cómo es posible que casi medio siglo después de la caída de Allende y después de comprobar cómo se logra orquestar un golpe de Estado tras otro, seguimos acatando que otros regímenes parecidos son una dictadura, ¿No sería conveniente gastar energías en mostrar un trabajo de documentación sobre temas como Venezuela, Siria, Melilla etc, que contribuyeran a generar un público con más argumentos críticos contra hegemonía?

Publicado en el Nº 327 de la edición impresa de Mundo Obrero junio 2019

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