Malí: la guerra del Sahel Mientras Malí se desangra, los militares ya se han hecho con el poder en Argelia, Libia, Egipto y Sudán, y la guerra asoma en el Sahel.

Higinio Polo 17/06/2019

En el último año se han cometido centenares de asesinatos en Malí, junto a frecuentes combates entre grupos étnicos, yihadistas y soldados gubernamentales. Dos cuestiones han envenenado la crítica situación: las consecuencias de la criminal intervención de la OTAN en Libia de 2011 (decidida por Sarkozy, Cameron y Obama, que llevó a un caos total y a la posterior llegada a Malí de yihadistas y armas desde el infierno libio), y el golpe de estado de 2012, justificado por los militares malienses por la ineficacia del entonces presidente Touré en la lucha contra el terrorismo tuareg. El golpe fue aprovechado por estos para proclamar la independencia de Azawad en forma de estado islámico, y justificó la posterior intervención militar francesa en el norte del país.

El origen de los actuales combates se encuentra también en el fracaso de los acuerdos de Argel de 2015, inspirados por Francia y suscritos por el gobierno de Ibrahim Boubacar Keïta y por diversos grupos armados, que iban a dotar de mayor autonomía al norte del país (Azawad) preservando la integridad de Malí, aunque las milicias de esa región (MNLA y grupos tuareg) no los suscribieron. Para complicar la crisis, en el norte también está presente Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), así como grupos de mercenarios de Costa de Marfil. Keïta fue, casi veinte años atrás, vicepresidente de la Internacional Socialista, y hoy dirige un partido centrista cuyo gobierno aplica una política neoliberal.

Los combates en Malí afectan a la estabilidad de todo el Sahel; por eso, Níger, Burkina Faso, Mauritania y Chad participaron en las negociaciones de Argel, donde Francia pretendió mantener su influencia política y el control de los abundantes recursos mineros de Malí (fosfatos, oro, uranio, caolín) sin afrontar las causas de la crisis, pendiente, por un lado, de la actuación militar norteamericana en África, y, por otro, de la eficaz política china de cooperación económica en el continente, que París teme que prospere también en el Sahel. Francia respondió a la inestabilidad en 2013 con la operación Serval, un plan militar que adolecía de propuestas políticas, y en 2014 con la más ambiciosa operación Barkhane, saldada también con un fracaso, añadido al desastre de la política neoliberal impuesta desde el gobierno de Bamako. Esa operación Barkhane, oficialmente un plan para combatir al terrorismo, se controla desde un cuartel general en el Chad y tiene el apoyo diplomático de Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña, entre otros. Cuenta con un brazo político, el llamado G5 Sahel (creado en 2014 y compuesto por Malí, Mauritania, Níger, Chad y Burkina Faso) que, aunque tiene planes económicos de desarrollo de la región, se ocupa sobre todo de migración, crimen organizado y grupos armados, sobre todo yihadistas, y opera en los cinco países con casi cuatro mil soldados que persiguen a milicias irregulares prescindiendo de fronteras. Además, Francia tiene destinados cuatro mil quinientos militares en Malí.

Aprobada por el Consejo de Seguridad, desde 2013 opera la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Malí (MINUSMA) para el mantenimiento de la paz. Hoy, más de tres millones de personas necesitan ayuda, sobre una población de dieciocho millones de habitantes, y la Misión contabiliza doscientos sesenta mil refugiados por la guerra. El país corre el riesgo de la partición, como ocurrió en Sudán, e incluso de deslizarse hacia el caos, pero la intervención francesa ha ignorado los problemas de Malí: la corrupción (local, pero también dirigida por compañías occidentales para controlar los resortes del poder), la injusta explotación de las materias primas del país, el fanatismo religioso, la desertización y las aguas contaminadas.

Las réplicas de la guerra libia, con la dispersión de combatientes, la afluencia de armas y los enfrentamientos entre poblaciones malienses, han aumentado en los últimos meses. El 17 de marzo de 2019, comandos yihadistas ligados a al-Qaeda atacaron un destacamento militar en Dioura, y mataron a veintiséis soldados. Seis días después, más de ciento sesenta personas fueron asesinadas en una espeluznante matanza en Ogossagou: mujeres, ancianos y niños fueron decapitados o murieron a machete en una incursión de hombres armados de la minoría dogón, cuya milicia fue disuelta días después por el presidente del país, Keïta, aunque la orden no fue aceptada por su comandante. Mientras Malí se desangra, los militares ya se han hecho con el poder en Argelia, Libia, Egipto y Sudán, y la guerra asoma en el Sahel.

Publicado en el Nº 326 de la edición impresa de Mundo Obrero mayo 2019

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