El tren de la memoria

Normandía y sus olvidos El desembarco en Normandía fue una escaramuza al lado de las batallas que sí que cambiaron la correlación de fuerzas en Stalingrado, Leningrado, Smolensk, Kursk o el Dniéper.

Mariano Asenjo Pajares 18/07/2019

"Honor al combatiente de la bruma”
(‘Pablo Neruda’)

Pues sí, era un planteamiento alocado y absurdo pero finalmente se llevó a cabo. El 75 aniversario del llamado desembarco de Normandía se ha conmemorado en ausencia de los rusos. Ciertamente, el 6 de junio de 1944 las fuerzas combinadas de Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Francia llevaron un gran ataque contra las fuerzas nazis en las playas de Normandía (Francia). Pero el asunto, con toda la carga emotiva que comporta y el debido respeto a los muertos, llega hasta ahí. Otra cosa es que se nos pretenda hacer pasar por el aro de un relato histórico ad hoc que incluya anotaciones del tipo “la mayor operación de la historia militar”, “la batalla que cambió el signo de la Segunda Guerra Mundial”, etc., ¡vamos a ver señoras y señores, un poco de por favor…!

Veamos. El 6 de junio de 1944, conocido como el "día D", los aliados iniciaron el desembarco de un ejército de 150.000 soldados (73.000 norteamericanos y 83.000 británicos y canadienses) sobre las playas de Normandía. Pero el caso es que a unos 5000 kilómetros de distancia, la que va entre Normandía y la hoy Volgogrado (antigua Stalingrado), entre agosto de 1942 y febrero de 1943 se desarrolló otro enfrentamiento bélico para el que se nos acabarían los calificativos si quisiéramos describir su dureza y nivel de devastación. La batalla de Stalingrado produjo un poco más de 2 millones de bajas entre soldados de ambos ejércitos y civiles soviéticos.

La victoria soviética significó un punto de inflexión en la intención nazi de derrotar a ese país y el inicio de una contra ofensiva de las Fuerzas Armadas al mando del mariscal Zhukov, que no se detuvo hasta la victoria definitiva en Berlín en mayo de 1945. En esa medida, Stalingrado, sí que encarnó un cambio en la correlación estratégica de fuerzas de la segunda guerra mundial y la convicción de Occidente sobre el hecho de que el poderío militar soviético no iba a sucumbir ante la fuerza avasalladora del ejército nazi.

Los números son comprobables más allá de las crónicas que nos regala el periodismo de encargo. Y así, la realidad es que, en términos comparativos, el desembarco en Normandía fue una escaramuza al lado de las batallas que se dieron en Stalingrado, Leningrado, Smolensk, Kursk o el Dniéper. Y fue así, no tanto por la magnitud de las fuerzas militares y el armamento terrestre, aéreo y naval utilizado en las operaciones, sino sobre todo porque a diferencia de los soviéticos que luchaban por liberar territorio patrio, Estados Unidos y Gran Bretaña luchaban fuera de su territorio, ocupados en una batalla geopolítica para impedir que el país de los soviets se hiciera con la bandera nazi y la gloria.

Hace cinco años, en la conmemoración del 70 aniversario del desembarco –a la que sí fue invitado Vladímir Putin-, el presidente francés Francois Hollande no se olvidó de subrayar en las playas normandas “el valor del Ejército Rojo y la contribución del pueblo de la entonces Unión Soviética a la derrota del nazismo en la II Guerra Mundial”. Hollande hizo patente su deseo de “saludar el coraje del Ejército Rojo que, lejos de aquí, frente a 150 divisiones alemanas, fue capaz de hacerlas retroceder”. Llegado a este punto bien merece la pena recordar que muy por encima de nombres como: Bernard Montgomery, George Patton y Omar Nelson Bradley, los denominados generales del Desembarco de Normandía; hemos de fijar en nuestra memoria otros nombres, con otras sonoridades... Al mando de las tropas que destrozaron a los ejércitos nazis estuvieron los mariscales Zhukov, Vasilevsky, Bagramián, y Rokossovsky y el General de Ejército Iván Chernyajovsky, muerto en combate en Polonia en febrero de 1945.

La realidad ocultada es que el avance soviético en el este, despertó inquietud entre los aliados, pues corría peligro la carrera por llegar primero a Berlín y, en primera instancia a París, en una Francia entregada y a la que sólo salvó la cara el papel de la Resistencia, entre cuyas filas luchaban muchos partisanos comunistas, ayudados en gran número por republicanos españoles. Mientras, el General De Gaulle vivía en Londres a la espera de que otros ejecutasen el ansiado desembarco. Para cuando éste llegó, el Ejército Rojo había prácticamente aniquilado a las fuerzas alemanas que invadieron a su país. El precio por la gloria fue grande, la confrontación costó a la hoy extinta Unión Soviética un duro precio de más de 20 millones de vidas humanas, así como la destrucción de una gran parte de su territorio. Así que ¡por favor!

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