La guerra de Afganistán empezó como respuesta vengativa de la Administración estadounidense tras el atentado del 11 de septiembre del año 2001. Tras ese atentado, la OTAN se puso a disposición de Estados Unidos dado que éste fue considerado como un ataque a uno de sus signatarios. Estados Unidos, en ese momento despreció a la OTAN y también prescindió de construir un frente jurídico y una alianza militar dentro de las Naciones Unidas para detener y juzgar a la banda de Al Qaeda refugiada aparentemente en dicho país, cuyo Gobierno de facto estaba formado por los talibanes, antiguos aliados de Estados Unidos y alimentados por la dictadura nuclear de Pakistán desde la guerra fría antisoviética.

La razón de ese unilateralismo hay que encontrarlo en la estrategia de crear un nuevo precedente y banalizar la guerra, dado que se suponía que el número de bajas estadounidenses en Afganistán sería nimio, para después cumplimentar el objetivo central, largamente planificado de invadir Iraq, derribar su régimen y ya sin los obstáculos de resistencia económica o ideológicos que representaba la política iraquí, construir ese Nuevo Oriente Medio y la normalización de Israel. Pero, de paso, este escenario incluía cercar a Irán, eliminar la opción de un oleoducto que pasase desde Uzbequistán, paralelo a la vía ferroviaria interna de Irán que desembocaría en el Golfo Pérsico, para trasladarlo por Afganistán y Pakistán, hasta el Golfo Índico como había proyectado la empresa estadounidense UNOCAL.
Tras la fase álgida de la guerra, derribado el Gobierno, ya para la ‘reconstrucción’ se vuelve a las instancias multilaterales. Las Naciones Unidas bendicen la nueva situación creada y empiezan con conferencias de donantes (una de ellas en nuestro país) y la normalización institucional parecería completarse con la elección de Karzai, antiguo empleado de la empresa petrolera como Presidente de dicho país.

Ante la resistencia talibán, la inestabilidad de la alianza con los señores de la guerra tribales y la falta de alternativas productivas, el cultivo de opio vuelve a crecer. Desde el plano militar, las zonas ‘peligrosas’ cercanas a la frontera pakistaní se mantienen bajo el fuego estadounidense.

Cuando se produce la invasión, nuevamente ilegal, de Iraq, pero esta vez contestada popularmente y por diversos Gobiernos occidentales, el esquema de reconstrucción institucional no puede tener a la OTAN como recambio militar.

Es cuando en esa fase de no tensar más las alianzas occidentales y mirar al futuro, diversos Gobiernos apoyan o refrendan, como es el caso español tras el cambio de Gobierno, que sea la OTAN la que se haga cargo de zonas de Afganistán. Esta operación entraría en la renovación de la OTAN, tras la guerra de Yugoslavia y el cambio de tratado de Washington de salir al exterior. Esa dualidad, por un lado OTAN y por otras tropas estadounidenses, posteriormente se modifica para que todo sea la misma operación militar y mando unificado a través de la OTAN y amparado bajo el paraguas de las Naciones Unidas. La incorporación de esos contingentes no anglos estadounidenses en todo caso serviría para aliviar los costes humanos y logísticos de éstos en su intervención en Iraq. Se calcula que en total hay unos 50.000 soldados en tierra de la coalición, sin contar otros refuerzos aéreos o marítimos que participan en la misma guerra afgano-iraquí, de los que un tercio, más de 16.000 son de nacionalidades diferentes a los anglo estadounidenses.

Pero por más eufemismos que se utilicen y meandros jurídicos que palíen la ilegalidad inicial no se puede ocultar que Afganistán, Iraq, Líbano o Irán forman parte del gran juego del petróleo, la dominación y la normalización de un Israel a costa de los pueblos de la región.

Nuestro país en el ánimo de seguir la estrategia estadounidense se embarcó en las operaciones de ‘Libertad Duradera’, Afganistán, Iraq y donde hiciera falta en tiempos de la Presidencia del Gobierno del PP, de José María Aznar.

La Presidencia de Rodríguez Zapatero (como el de Prodi, en Italia) se ha aggiornado, pasando de las circunstancias de ser ‘oposición’ contra la guerra, a ser desde el Gobierno un práctico de la ‘política de Estado’ y amoldarse a la estrategia estadounidense.

Así, la ley de Defensa y la renovación del Acuerdo Hispano estadounidense sobre bases militares permiten cerrar los ojos sobre su uso dentro de la logística militar de la potencia gobernada por Bush. Sea en el aprovisionamiento y escala de bombardeos a Faluya (Iraq) o de trata de detenidos sin jurisdicción. Los bombardeos son indiscriminados. Las muertes de civiles, no cuentan y no se identifican, es imposible saberlo ante la falta de información contrastable. La impunidad es total. Como en cualquier guerra.

Ante ese exacerbamiento en lo militar; ante la polarización identitaria que construye resistentes y yihadistas por igual; ante la evidencia que se está cumplimentando la estrategia unilateral del imperialismo estadounidense; ante la sumisión que obliga ese ‘aliado’ ya sea en el asunto logístico de las bases militares, acciones de información y espionaje ocultas e ilegales, la impunidad de sus operaciones militares no castigables ante ninguna jurisdicción legal internacional (con silencio gubernamental de los países de la OTAN) que rebelarían que no es un ‘aliado’ y que solo reclama obediencia y apoyo complementario en los demás escenarios a esa doble vara de medir, Líbano, en el asunto nuclear de Irán o el olvido al átomo israelí, la invasión y ocupación israelí, etc., bueno sería aplicar la lógica y rehacer la moralidad, sacando las tropas de Afganistán, rechazar la OTAN y apoyar la reconstrucción de un Afganistán desolado de otra forma, con otros interpretes y desde luego sin esta dirección.

El Gobierno de Rodríguez Zapatero es inconsecuente, contradictorio o cínico si mantiene que la invasión de Iraq fue ilegal y en otro escenario obvia la misma argumentación. En este caso, aún separados por Irán, ambos escenarios son coetáneos, el agente impulsor, su comportamiento y su estrategia es la misma. Los réditos imperiales e ideológicos son complementarios en ambas operaciones. Todos ello fuera de los caminos de la reconstrucción y autodeterminación de los pueblos y de sus habitantes, hombres y mujeres.

* Comité de Solidaridad con la
Causa Árabe www.nodo50.org/csca