«La postmodernidad no es otra cosa que una gran fiesta por la muerte del marxismo»

Felipe Alcaraz: «El capitalismo avanzado ya no te compra sólo la fuerza de trabajo, te compra toda la vida»

Felipe Alcaraz | Imagen de archivo.

Pocas veces en la historia de la literatura española, la política y la creación literaria han ido juntas. Existen pocos ejemplos que tengan un lugar en manuales y en los cánones, la mayoría de las veces, atrabiliarios, y construidos por criterios no siempre afortunados. Es una de las rémoras que nos han dejado las normas burguesas. Frente a estas limitaciones, Felipe Alcaraz, no ceja en romper la dicotomía de literatura y política en el sentido no sólo de compromiso, sino también de haber ocupado tribunas en el Parlamento como diputado del PCE y de IU. Estas experiencias han agrandado sus novelas y poesía, que marcan una manera de hacer literatura al establecer una alianza dialéctica entre la realidad y la ficción. Tal es el caso del primer volumen -“Tiempo de ruido y soledad”- de una trilogía que pretende darnos noticias de la realidad de estos años en un cañamazo de fábula e historia.

Mundo Obrero: Es significativo que tanto tu novela como la mítica de Luis Martín Santos tengan en su título la palabra “tiempo.” Esta coincidencia me conduce a reflexionar qué hay entre el silencio y el ruido y la soledad.
Felipe Alcaraz:
“Tiempo de silencio”, la novela mítica de Luis Martín Santos, termina diciendo que alguien le dio la vuelta a San Lorenzo, a quien estaban asando en la parrilla, por una simple cuestión de simetría. Quizás “Tiempo de ruido y soledad” sea la vuelta de esa parrilla. Del silencio del franquismo no pasamos realmente a la democracia plena, a lo que llamábamos las libertades. Hemos pasado a una versión de la sociedad del espectáculo, de democracia de mercado, y a la soledad de ese individuo que piensa en el sálvese quien pueda ante la explotación vertical, uno a uno, del neoliberalismo, que disuelve el concepto de clase y el de sindicato, por ejemplo; incluso disuelve el concepto de la izquierda y de la lucha de clases. He oído a Marcos Ana decir que su lucha no había sido por una democracia como la actual.

M.O.: El subtítulo “Crónica novelada de los días de la Gran Crisis” nos sitúa al lector entre la crónica periodística y la fábula. ¿Por qué esta elección de la realidad y la ficción?
F.A.:
Se trata de un tapiz de muchas hebras, que se van trenzando a través de nombres reales, unos 90, y personajes ficticios, unos 30 (los ha contado Baltasar Garzón, el primo del juez). Es una especie de episodio histórico de una paz social interminable, que va desde la muerte de Camacho, que se presenta como el final de una época, a las elecciones que dan fin a la etapa Zapatero, que es uno de los personajes. La estructura es rápida, cinematográfica. Quizás en el clima de “Campo del Moro” de Max Aub, que no conocía cuando escribí la novela. En todo caso los personajes ficticios dan mayor impresión de verosimilitud que los reales, pienso. Se trata de dejar pistas de estos días que vivimos. Abril-mayo de este año, por ejemplo, acumulan todo un precipitado histórico de altísimo voltaje (ahí empieza la segunda novela del ciclo: “La disciplina de la derrota”): Botsuana, Bankia, 15M, Dívar, elecciones andaluzas, quiebra financiera y económica…

M.O.: El entierro de Marcelino Camacho y la noticia de la tumba abandonada de Louis Althuser en un cementerio de París, abren y cierran tu crónica novelada. ¿Qué has querido evocar, homenajear o denunciar con esta dualidad tan simbólica?
F.A.:
El capitalismo avanzado, el actual, que está realizando desde la muerte de Keynes el segundo y terrorífico ajuste, tras el que hizo González en nombre de la izquierda, no te compra ya la fuerza de trabajo. Te compra toda la vida, y te aísla, y te convierte en un cliente de este gran supermercado en que han convertido el mundo. Marcelino, el de la frase “Ni nos domaron, ni nos domesticaron ni nos van a doblegar” había llegado a la comprensión de esta realidad y a la lucha y resistencia social, política e ideológica necesaria, sabiendo desde el principio que una cosa es la derrota y otra la rendición. La tumba abandonada de Althusser en un cementerio olvidado de los alrededores de París (no está quizás donde debiera estar: en Montparnasse, cerca de la torre desde donde se arrojó Poulantzas), se remite a ese pensamiento postmoderno, hegemónico, que impone la lógica del mercado sobre lo que creen los actuales directoria gubernamentales que son las ruinas del marxismo. La postmodernidad no es otra cosa que una gran fiesta por la muerte del marxismo.

M.O.: ¿Por qué en tus novelas, la mujer protagonista es la lucidez y el compromiso? En esta, Genara Sampedro, nombre que parece una reafirmación de lo popular frente a la cursi corrección postmoderna, ejemplifica más que la indignación. Es el contrapunto a la conspiración y al discurso vacío.
F.A.:
Genara Sampedro, Gena, es un personaje ficticio, y por eso muy real, que atraviesa toda la novela, en una lucha inmanente o explícita contra el ruido y la soledad. Acarrea, a través de una especie de complejo de culpabilidad, la muerte de su hija. Gena es también el personaje clave de un relato de amor, de ese amor posible en el capitalismo, que se cuela por los intersticios de las durísimas contradicciones diarias, y que se cuela por el impulso de una lucha ideológica más o menos explícita. El amor no es posible en el capitalismo, decía Javier Egea. Quizás le pudimos contestar algunos que, al menos, sí era posible un anticipo a cuenta, como anuncio y confirmación de ese porvenir que tarda demasiado.

M.O.: Tu novela me recuerda a “La colmena” de Cela en lo que respecta al gran número de personajes, casi todos con existencia real, pero algunos escondidos con nombres ficticios que sólo el lector avezado puede identificar. ¿Esto puede considerarse como la escasa participación política de una mayoría que permanece al margen o en las sombras del poder?
F.A.:
Son personajes, historias y escenas que se van trenzando. Un personaje habla del relato de una paz social interminable. La historia de este país es una historia de participación de bajo voltaje. Pero existen personajes como Gena, que no dejan de luchar, y aparecen los “indignados” como una especie de personaje colectivo: esa coordinación horizontal multitudinaria que ha conseguido un gran protagonismo sin líderes. Gena participa de las asambleas del 15M. Gena cree que la solución está en la calle. Y dice como los del 15M: no me representes, que estoy aquí.

M.O.: Como anuncias, este libro es el primero de una trilogía que comenzaría con el periodo de la victoria del PP. Cuál es tu análisis de estos primeros meses de hegemonía de la derecha y de la oposición del Partido socialista.
F.A.:
El bipartidismo es la forma política y electoral de neoliberalismo y, a la vez, en función de los pactos de la transición, representa el intento de acabar con el resto de partidos, dada la ley electoral y el funcionamiento de los medios de comunicación. Esto, en parte, dado el contraataque popular y, a la vez, desde la última asamblea, en función del discurso anticapitalista, republicano y federal de IU, empieza a modularse. Hay un proceso de acumulación muy importante en IU, que esperemos no se rompa con el pacto de gobierno en Andalucía ni con diversas reagrupaciones interiores que, muchas veces, tiene un sesgo postcomunista, cuando no directamente anticomunista. En todo caso, se ha iniciado un proceso constituyente, dentro y fuera de IU, muy importante. Quizás sea ésta la gran novedad.

M.O.: Decía Brecht que desgraciado del país que necesita héroes, pero en esta época de “derrota,” ¿qué discurso se necesita para contraponerlo al espectáculo de la política y qué personas “imprescindibles” para su realización?
F.A.:
Derrota, sí; pero no rendición. Y es muy importante partir de esa derrota, de sus características, y una de las principales, y que por eso no se convierte en rendición, es porque no se asumen los valores del adversario, de los vencedores. Los héroes de la nueva etapa habrá que ubicarlos sobre todo en la lucha ideológica y popular. Y, sobre todo, en ese espacio vital que ocupa, por ejemplo, Gena en la novela. Los nuevos políticos no tienen que dedicarse fundamentalmente a representar a la gente, sino a SER gente; no asistir a los conflictos, sino ser parte de ellos; no mirar las movilizaciones desde la torre, sino mirar a la torre desde el pie de calle, gritando con la gente “Lo llaman democracia y no lo es”. Son los héroes de algo que decía una pancarta del 15M: “Libertad constituyente”.

M.O.: ¿La crónica del homenaje a José Díaz e Isabel Atienza (madre de Saturnino Barneto, ‘comunista y republicano indómito’ en Sevilla, como parte del epílogo de la novela, desborda la demanda de la memoria histórica para contrapuntear el ruido y la soledad?.
F.A.:
Para muchos, por mor y gracia de una Transición inmodélica en muchos aspectos, parece que estamos viviendo una especie de democracia de los vencedores. Por eso, cualquier etapa constituyente, como la que vivimos, tiene que atar cabos con la II República, no con la etapa franquista, como se hizo en la Transición.

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