Horas después de que el gobierno de Mali pidiera apoyo por el avance de los rebeldes en el norte, el Gobierno francés puso en marcha ataques aéreos cruzando el espacio de sus vecinos y cubriendo un área de 2000 km. Este nivel de coordinación demuestra semanas de planificación y desenmascara el relato de que el gobierno francés respondió a una llamada repentina del Gobierno maliense, aliado de París. El ministro de Exteriores francés dijo que la operación sería una”cuestión de semanas”. La extensa movilización de tropas sugiere lo contrario.

Oficialmente se iba a impulsar una intervención dirigida por africanos para ayudar a Mali a derrotar a la rebelión separatista del norte. Esta región, del tamaño de Francia y con 2 millones de habitantes, fue tomada el pasado abril por fuerzas Tuaregs en alianza con la milicia islamista de Ansar Dine y el Movimiento Jihadista de África occidental.

La velocidad, la extensión y la coreografía de la intervención francesa deja claro un plan previo que se parece bastante a una reconquista neocolonial. En diciembre el Consejo de Seguridad aprobó una misión combinada de 3500 tropas para ser desplegadas este año, en septiembre a más tardar. Eso es lo que dijo Romano Prodi, delegado de la ONU para Mali, tan solo unos días antes de la invasión francesa. Para más ridículo, hace solo 3 meses, el Presidente Hollande aseguró que no habría “tropas francesas en el territorio de Mali”. O calculó mal o mentía.

Libia, 2ª parte

Políticos norteamericanos, jefes militares y la prensa han estado explicando durante meses cómo Mali representa en “nuevo centro del terror global”. Sin embargo, la naturaleza precisa de esa “amenaza terrorista” nunca ha sido detallada, ni sus evidencias expuestas. Se espera que aceptemos la palabra de Paris, Londres y Washington, los mismos estados que nos llevaron a guerras ilegales en Afganistán, Libia, Iraq y Siria.

Mali es el séptimo país en cuatro años que las potencias occidentales bombardean en su llamada “guerra contra el terrorismo”: Iraq, Afganistán, Pakistán, Yemen, Libia y Somalia. Como plantea Glenn Greenwald de The Guardian, gran parte de la inestabilidad de Mali es el resultado directo de la intervención de la OTAN en Libia. Soldados islamistas muy bien armados y con experiencia de batalla volvieron del combate en Libia y precipitaron el colapso del gobierno central de Mali, apoyado por EEUU.

Una y otra vez vemos como las intervenciones militares acaban sembrando las semillas de una nueva intervención. Una vez más occidente está en guerra con fuerzas que entrenó, formó y armó. Nadie es mejor creándose enemigos y, de paso, asegurase una guerra sin fin.

Mali

Para Oumar Mariko, líder del partido progresista de Mali SADI (Solidaridad Africana por la Democracia y la Independencia) entre los años 2002 y 2012 el presidente Amadou Touré (aliado de EEUU) solo se preocupó por favorecer a multinacionales y la construcción de infraestructuras no productivas, “sin importarles las condiciones de vida de hombres, mujeres y niños. Nuestro país se ha convertido en un paraíso de tráfico de drogas y de armas ante el silencio cómplice de las autoridades. El origen de los problemas de Mali es la falta de democracia y la complicidad de Occidente en la falta de democracia”.

Mali posee abundantes riquezas y recursos naturales en metales y minerales, especialmente oro y uranio. África Occidental tiene un enorme potencial en agricultura y petróleo y el Golfo de Guinea puede convertirse en una región que suministre los mercados mundiales de gas y petróleo.

Intervención y propaganda

Creer que EEUU y sus aliados pueden ir por el mundo bombardeando gente (muchos musulmanes) y que eso no provocará ataques “terroristas” es, por lógica, un delirio. Cualquier esperanza que pudiera existir para acabar con el terrorismo se destruye en cada agresión.

Las democracias occidentales llevan a cabo estas guerras sin ninguna pretensión de debate democrático, ni siquiera un amago de consulta parlamentaria. Igual que con los devastadores bombardeos de la OTAN sobre Libia, el gobierno español se ha prestado a participar sin ningún debate democrático sobre sus objetivos, sus consecuencias o su coste.

La propaganda utilizada para justificar la intervención es machacona y efectiva. Se coloca la etiqueta de terrorista e instantáneamente ya no cabe ningún debate o crítica. No hay duda que los rebeldes de Mali han cometido toda clase de atrocidades (amputaciones, lapidaciones…), pero también las fuerzas gubernamentales de Mali arrestan, torturan y matan; así lo señala Amnistía Internacional. No caigamos en el relato de la simplificación perversa del bien luchando contra el mal, tal como se ha hecho en Siria.

La intervención militar es un cabeza de turco para la entrada de empresas y capital occidental. En 2011, los bombardeos de la OTAN sobre Libia y la subversión francesa de las elecciones en Costa de Marfil marcaron un nuevo rumbo en el neoimperialismo en África. Mali es la continuación de esa dinámica y puede ser otro paso más en la versión moderna de la Rapiña por África.