Parece ser que el príncipe Potemkin, amante de la zarina Catalina la Grande, con ocasión de la visita de ésta a sus posesiones en Crimea construyó aldeas falsas de las que sólo existían las fachadas, para dar la impresión de prosperidad y riqueza. Han pasado 130 años pero David Cameron ha recurrido al mismo sistema para impresionar a Obama. Así, cuando el G8 se reunió el pasado mes en Enniskillen, Irlanda del Norte, se encontró con un pintoresco pueblo cuya calle mayor relucía con comercios abarrotados de deliciosas viandas y cafeterías repletas de clientes sonrientes. Sólo que eran pegatinas fijadas sobre las fachadas de establecimientos cerrados por la crisis. Enniskillen fue hasta hace poco un floreciente centro turístico que albergó torneos internacionales de golf y se llenaba de turistas procedentes del sur; ahora se ha convertido en un pueblo fantasma después de la caída del “tigre céltico”. Por eso el medio millón de euros que se han gastado en pintura y carpintería, a buen seguro, habrán caído bien en la economía local.

En este ambiente, y rodeados de un ejército de policías, helicópteros y lanchas para mantener a raya a los pocos manifestantes con ganas suficientes de llegar a un lugar tan remoto, los líderes de las antiguas potencias capitalistas más Rusia se han dado cita para solucionar los problemas del mundo. En la agenda, propuesta por el Reino Unido, tres cuestiones: los paraísos fiscales, la regulación de la transparencia en la propiedad de las empresas y el relanzamiento del comercio mundial. A pesar de los intentos de Hollande, el cambio climático se quedó fuera del orden del día. Las urgencias del momento obligaron, en cambio, a introducir un nuevo punto: la situación en Siria. Y en el entorno mediático el esperpento del espionaje británico, preludio del escándalo posterior de sus “primos” norteamericanos.

¿Cuáles son los resultados? El comunicado final de la cumbre, pomposamente denominado “Declaración de Lough Erne”, entremezcla una serie de buenos deseos con los cánticos rituales sobre las virtudes de la empresa privada y del libre comercio. Esos buenos deseos no se han podido traducir en compromisos concretos en el ámbito de cada uno de los países firmantes por razones obvias. Así, difícilmente puede el Reino Unido aprobar medidas contra los paraísos fiscales cuando son la piezas clave en los engranajes de su principal actividad, los servicios financieros, y la razón de ser de sus territorios de “ultramar”: Gibraltar, Islas Caimán, Islas Vírgenes, Bermudas, Jersey,… Otro tanto cabe decir de los Estados Unidos que tienen paraísos fiscales en “tierra firme” como son los estados de Delaware, Nevada, Wyoming y Florida.

Íntimamente conectada a esto está la cuestión de los denominados “precios de transferencia”, es decir, los precios que las filiales de una multinacional carga a sus hermanas o a su empresa matriz por los bienes y servicios que intercambian. Existe toda una industria de la evasión de impuestos por esta vía, que reciben nombres tan exóticos como el “irlandés doble” o el “sándwich holandés”. La famosa propiedad intelectual es una de las claves en estas operaciones. Los beneficios se concentran en compañías situadas en paraísos fiscales que aparecen como titulares de las patentes y cargan así los correspondientes royalties. ¿Saben los heroicos defensores de los derechos de autor en qué isla del Caribe se liquidan estos?

Para desenmarañar esta madeja una pieza clave es la transparencia, en particular conocer la propiedad última que está detrás de las infinitas capas de empresas pantalla. Las presiones de los movimientos sociales en algunos países y en las sucesivas movilizaciones globales han obligado a introducir, aunque sea como declaración de intenciones, la cuestión de la transparencia en los pagos a los países por los recursos naturales explotados por las grandes compañías así como en la adquisición de tierras. También se incluye una pequeña referencia a evitar la extracción de minerales en zonas de conflicto, algo que debe saludarse como una victoria de las campañas internacionales de denuncia. Pero harán falta más que campañas para poder entrar en el magma financiero donde el capital se desnuda fundiendo multinacionales con narcotráfico, fondos de inversión con jeques árabes, negocios turbios con grandes compañías mineras, en fin, todo el elenco del capitalismo. Demasiado para el G8.

Y donde las buenas intenciones se desmienten es cuando se aterriza en la cuestión siria. Es evidente que la cuestión del control geoestratégico de las zonas petroleras de Oriente Medio explica a la vez la intervención y las dificultades de la misma. Pero la incapacidad de llegar a ningún acuerdo relevante sobre este asunto demuestra que la situación es más endiablada de lo que parece a primera vista. No es evidente que quienes a través de Qatar –cuyo emir no va ni al servicio sin permiso de los EEUU– arman a los yihadistas quieran acabar con Assad o estén dispuestos a darle a la Turquía de Erdogan un papel mayor del que ya tiene. Tampoco están por romper con Rusia, eso sí es evidente. Y lo que está clarísimo es que la suerte del pueblo sirio les tiene sin cuidado.

No es fácil para el G8 gobernar el mundo. La siembra del caos por parte del imperialismo genera esta impotencia que infecta a un modelo capitalista incapaz de ofrecer ninguna solución. Todo ello sin hablar de que se pretenda prescindir de China, sin la cual las soluciones parecen aún más improbables. En último extremo, pues, parece que el decorado estaba bien elegido: unas supuestas grandes potencias escenificando entre cartón piedra su falta de alternativas.