A Juan Pinilla y a Lucía Sócam los adora la gente; no tanto el mercado. Por eso han fundado una cooperativa social de música.

Si hubiera justicia poética, y estética, triunfarían (pongan comillas a esto). Triunfar es un tema que cambia las preguntas: no se trata de saber si una cosa es de calidad o no, sino cuánto se vende. Ellos no aceptan este cambio de preguntas y, al mismo tiempo, trenzan su gran calidad técnica con esos temas engorrosos para la ideología dominante (que hoy, en la posmodernidad, es la ideología del mercado a “tutiplén”) de la lucha de clases y la memoria roja. Triunfar para ellos es otra cosa. Y emprenden una gira, que más parece una misión pedagógica, bajo el marbete “Siempre Abril”.

Juan Pinilla, estudiante de literatura comparada, es el autor de un libro-disco de los imprescindibles: “Las voces que no callaron”, que acaba con la imagen totalizante del flamenco/a como diversión de los ricos. No, hubo quienes no callaron, y casi siempre lo pagaron muy caro. Pinilla, premio “Lámpara minera” de La Unión, que es como hablar del Nobel del flamenco (o eso dicen), es un poeta y un erudito del cante, pero eso no se le nota, quiero decir, esa dimensión aparece perfectamente engranada en ese jazz aceituna del cante “jondo” (los negros del sur) que, en la voz de Juan, cuando lo oyes, parece que “destona” al mundo, como decía Agujetas. Las suyas son letras que tienen pelea, estrofas muy trabajadas desde el dolor de cabeza y la dedicación constante, como quien aprieta las aceitunas y las desmenuza concienzudamente hasta hacerlas oro líquido.

A Lucía Sócam la llaman la cantante de la memoria, y acaba de grabar un disco en La Habana (¿veis como no aprenden estos rojos?); es también la voz de la calle, de los indignados y de la presencia sin sordinas de Miguel Hernández, de Pasionaria, de Diamantino… Cuando canta “Republicanas”, que va subiendo en su tono y dramatismo como un hervor de justicia histórica, las mujeres saltan como un fleje en sus asientos y aplauden como lloran. La voz de Lucía, incansable, es el agua transparente de un arroyo cargado de peces incesantes. Respira con la técnica de los mejores conservatorios y su voz tiene la educación técnica del soneto bien medido o del romance que sabe terminar en una buena media verónica. Su último disco, “Tiempos viejos, tiempos nuevos”, marca ese límite gramsciano donde lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.

Alguno dirá que este artículo es simplemente propaganda. Pues sí, qué le vamos a hacer. Propaganda en el sentido de dar a conocer, desde la calidad y la conciencia de clase, y desde el atrevimiento frente al mercado y sus terminales, la existencia de dos artistas que han decidido triunfar fracasando.