Esta sentencia, tan contundente, forma parte de la esencia del pueblo de Estados Unidos. La soberbia y la prepotencia han conducido a grandes reveses a ese país. Chauvinismo primitivo y patriotismo equivocado, con una historia corta, sin descenso a los infiernos hasta ahora, han permitido sólo pequeños fracasos que se han disimulado convenientemente.

Cuba y Vietnam han formado parte de esos más conocidos fracasos de los que, al parecer, no han sacado las convenientes enseñanzas. Se han producido intervenciones militares, organización o apoyo a golpes de Estado y operaciones políticas no encubiertas en cerca de setenta países desde el final de la Segunda Guerra Mundial. China es su próximo reto y no parece que sea tan fácil de digerir y disimular como los anteriores, debido a que las características del reto son totalmente diferentes.

De la doctrina Monroe, América para los americanos, como principio de la política exterior estadounidense contra el colonialismo europeo a principios del siglo XIX en Centroamérica y Sudamérica, se pasó corriendo a la doctrina Roosevelt (1904) y a la llamada del gran garrote, al imperialismo y a la imposición de la ley y el orden a escala mundial. Uno de los precedentes fue la expulsión de España de Cuba y posteriormente la imposición de gobiernos títeres con dictadores apoyados por Estados Unidos en Sudamérica.

Desde principios del siglo XX, Estados Unidos ha liderado el sistema capitalista a nivel mundial y se fue convirtiendo en el referente para sus aliados y para sus adversarios. La crisis del 29, la intervención en la Segunda Guerra Mundial, la posguerra, el Plan Marshall, la Guerra Fría, el derrumbe de los socialismos europeos, su liderazgo económico, político, militar, en política exterior, en el comercio mundial, han sido indiscutibles. Pero se puede morir de éxito o sobrevivir por el fracaso de los otros. La sociedad estadounidense mantiene en su interior contradicciones y conflictos graves. La democracia liberal necesita imperiosamente ser democracia social. El sometimiento de los débiles acaba estallando. Y la primacía mundial se debe basar en la autoridad. En vez de con el ejemplo de nuestro poder debemos de actuar con el poder de nuestro ejemplo, dijo Joe Biden en el discurso de su presidencia. Se propone entrar en comunión espiritual con su pueblo y con el mundo de sus aliados, de los que Trump se había distanciado brutalmente. Hay un alma cristiana en su discurso y el Amazing Grace, cantado solemnemente, lo refuerza. Los llamamientos a la humildad, a la verdad, al ejemplo y a la unidad nos proponen un nuevo liderazgo basado en concepciones más inteligentes y la recuperación de valores que han sufrido un profundo deterioro en los últimos años. Es una buena exposición de motivos. Ahora hay que desarrollar la ley, los reglamentos, y aplicarla. Vista, suerte y al toro, Joe.

Analista sindical