Que todas nos hemos dado cuenta de que el mundo está cambiado e irreconocible no nos cabe duda ni nos sorprende. Sólo asistimos a la manifestación de una decadencia anunciada. Pero no tiene nada de poesía ni de armonía bucólica este nuevo paisaje que de forma abrupta ha irrumpido en nuestro día a día. Este cambio es grosero y vulgar. Con descaro, la nueva normalidad se impone. Y no me refiero a esa “nueva normalidad” leguleya que se articuló a raíz del coronavirus sino a la normalidad de vivir entre seres microscópicos que atacan nuestra salud y nos obligan a deambular con mascarilla, esa normalidad de adaptarnos de un día para otro a devastadoras nevadas en la ciudad o a inundaciones en pleno casco urbano que anegan, cada vez con más frecuencia, estaciones de metro y tren allá por donde pasa el agua, o la de asistir a seísmos en cadena en el sureste de la península y quién sabe a qué fenómenos alarmantes más nos tendremos que acostumbrar. El cambio climático ya está aquí y ha venido para quedarse.

Peor escenario, por lo visto, es aquel tan temido y anunciado: el económico. Como si alguna vez hubiera habido un escenario económico bueno. Desempleo, encarecimiento de los productos de primera necesidad como alimentos o energía, dificultad en el acceso a servicios públicos esenciales como la sanidad y la educación.

¿Lo aceptamos con resignación? Claro que sí. La población está cautiva y desarmada.

Habría que tomarse la molestia de reiniciar el planeta y empezar desde cero. Pero de eso ya se está encargando la propia naturaleza. Mientras tanto deberíamos explicar a la gente corriente que eso denominado “el desastre económico” es un fenómeno diseñado en despachos y selectas salas de reuniones. Habría que explicar que el ascenso imparable de los precios, la organización y administración de los servicios públicos dependen exclusivamente de la voluntad del ser humano, ser inhumano habría que llamarle. Por otra parte, deberíamos explicar que hay mucho desempleado por un lado y mucha gente que no descansa de trabajar con jornadas interminables por otro y que en ambos casos la pobreza y precariedad son la misma. Que el tributo diario al sostenimiento del Dios del Crecimiento Económico podría dejar de tener efecto si la voluntad de cambio estuviera en nuestro terreno, es decir, si todas nos plantamos.

Ese Dios de la Destrucción, a quien desde el amanecer al ocaso le rendimos pleitesía, no es otro que el capitalismo y no se rige por las necesidades humanas sino por las propias. Las leyes del capitalismo consisten en mercantilizar todo, todo lo vivo e inerte, atrapando en su telaraña del mercado los cuatro puntos cardinales del globo terráqueo en una espiral siniestra y sin fin. Para ello ha conseguido doblegar la naturaleza de tal manera que ha cambiado su estructura, exprimiendo sus recursos y con ellos a las poblaciones.

El capitalismo no es necesario

Llegados a este punto, debemos buscar soluciones. Es momento de reivindicar y rescatar a Karl Marx. Los años de fascismo, de neoliberalismo y de capitalismo salvaje lograron que uno de los pensadores más brillantes del mundo permaneciera en la sombra y a la sombra de la sociología, de la filosofía y de la historia.

Marx está fuera de los currículos académicos y de los parlamentos, los partidos políticos y las instituciones públicas, quedando un reducto marxista en los viejos círculos de incondicionales, nostálgicos, estudiosos, radicales, marginales, represaliados, luchadores…

En los miles de páginas que Marx escribió a lo largo de su vida advirtió de los peligros que entrañaban el capitalismo y su evolución. Como dice Néstor Kohan, El Capital es un texto crítico de la economía, una bomba contra la burguesía, donde se pone de manifiesto que el capitalismo no es necesario para la humanidad.

Y en este punto nos encontramos. Con una sobreexplotación abominable de los recursos naturales, donde diversos virus han saltado del animal a la especie humana con las consecuencias que estamos sufriendo en propias carnes. A esto hay que sumarle la precariedad económica, la parálisis y nula capacidad para rebelarse y organizarse de las poblaciones, porque están, como dije, cautivas, desarmadas y agotadas.

La salida, la luz, la esperanza de cambio pasa por volver sin más dilación a Marx. Un cambio rotundo del sistema en el que vivimos, deslegitimando el orden burgués establecido. Así que releamos, rescatemos y vivamos a Marx como hilo conductor para poder decir aquello de que un mundo mejor es posible.

Autora de ‘Una auxiliar ante el coronavirus / Cuadernos de bitákora’ (Editorial El Garaje)