Presentación del Documento 31

Desde el giro estratégico decidido a finales de 1948, la dirección del Partido Comunista, mientras difundía en Mundo Obrero y Nuestra Bandera los rasgos generales de aquella decisión, mantenía un debate interno con la mirada puesta en los ejes sobre los que se debía apoyar la nueva estrategia de lucha contra la dictadura. Las diferencias y las dudas sobre las tácticas entristas se enmarcaban en el enfrentamiento y la lucha por el poder que se estaba manifestando en el seno del Buró Político (Dolores Ibárruri, Vicente Uribe, Santiago Carrillo, Francisco Antón y Antonio Mije estaban en el centro de la confrontación) y la dureza crítica de la carta que Dolores Ibárruri remitió a Mundo Obrero (17 de noviembre de 1949) incrementó las dudas y la inseguridad en las organizaciones y en los militantes que adoptaron actitudes divergentes, entre el boicot y la participación, ante las elecciones de enlaces sindicales de 1950.

Sin embargo, la activa participación de militantes y enlaces del PSUC en las huelgas de la primavera de 1951 y la evidencia de su importancia puso punto final a las reticencias sobre las elecciones de enlaces y su integración en los órganos de las empresas, único marco de intervención en el modelo de relaciones laborales individualizado controlado desde las estructuras de la Organización Sindical Española. El éxito de las movilizaciones llevaría a la dirección del PCE a redefinir los rasgos de su estrategia política y a fijar el modelo de funcionamiento para superar las deficiencias y los errores que habían generado la confrontación interna.

A finales de aquel año, Dolores Ibárruri presentaba un informe a un grupo de dirigentes (Nuestra Bandera, 7 de febrero de 1952) en el que, a la luz del papel jugado por los enlaces del PSUC en las huelgas, modificaba su posición anterior al mismo tiempo que criticaba duramente los métodos y las formas de algunos dirigentes del grupo de París (sin citarlo, la diatriba iba contra Francisco Antón). El texto serviría de base para la elaboración de un documento que debía guiar la política del PCE y dar respuesta a las cuestiones planteadas. Uribe elaboró un primer borrador que fue rechazado y finalmente sería Santiago Carrillo el encargado de preparar el documento cuyos rasgos generales anticipaba en un artículo publicado en Mundo Obrero (Al año de las grandes luchas de Barcelona, 16 marzo de 1952).

El documento final, aprobado y difundido entre la militancia comunista como Carta a las organizaciones y militantes del Partido (Comité Central del PCE, julio de 1952), entraba en todas las cuestiones que preocupaban en el Buró Político con el objetivo de subsanar los problemas internos detectados y convertirse en una guía teórica y de acción estratégica para la lucha política y sociolaboral de los comunistas. De su importancia habla su difusión en los años siguientes que se prolongaría más allá del V Congreso (tal como se desprende de artículos como Aseguremos una buena discusión de la Carta; La discusión de la Carta; La democracia en el PCE o Como debe de trabajar los comunistas en Mundo Obrero, 1 noviembre de 1952; 15 abril de 1953; 15 y 31 de octubre de 1953).

El documento remite con frecuencia al mencionado informe de la secretaría general para dar más autoridad a la argumentación. Aderezado con las correspondientes citas de Lenin y Stalin y las habituales referencias al “marxismo-leninismo-estalinismo”, marco teórico en el que se integraba el análisis de la dirección comunista y en el que no faltaba el recuerdo a la acción política ejercida durante la II República. La Carta se enmarcaba en un momento de agudización de la Guerra Fría con el conflicto de Corea y con el PCE inmerso en la Campaña por la Paz y la oposición a las pretensiones geoestratégicos de EEUU en España como parte de la lucha por las libertades democráticas.

El texto ponía en primer plano las deficiencias en el trabajo ideológico y el desequilibro entre la debilidad teórica y la excesiva tendencia al “practicismo” en la acción política, olvidándose de la importancia que tenía la formación de cuadros y militantes, imprescindible para afrontar las tareas políticas. Se criticaba la falta de debate colectivo, los métodos de trabajo “caciquiles” y las formas excesivamente personalistas del “ordeno y mando”, que suponían un desprecio hacia las bases militantes, para recordar que los Congresos constituían la máxima autoridad en el Partido y las decisiones las tomaba el Comité Central, lo que suponía una carga de profundidad sobre la individualización de las decisiones y contra el poder absoluto de algún dirigente. Al mismo tiempo se resaltaba que el funcionamiento del partido se regía por el centralismo democrático y que sus cuadros y dirigentes se elegían democráticamente, aunque se reconocía que la clandestinidad imponía normas de cooptación.

Otro aspecto fundamental del documento se refiere al trabajo con las masas y la lucha obrera. A partir de las enseñanzas de las huelgas de la primavera de 1951, la dirección comunista insistía en orientar el trabajo entre la clase obrera atendiendo a sus problemas laborales y a los derivados de las condiciones de la vida cotidiana. Se combatía el paternalismo empresarial, presente sobre todo en las grandes empresas, como parte de la lucha ideológica y se cuestionaba la excesiva preocupación por la convocatoria de grandes huelgas sin organización suficiente para plantear la utilidad de otras formas de protesta que ya se estaban realizando en las factorías y que facilitaban la “ligazón con las masas” y podían contribuir a aumentar la conciencia de clase en la perspectiva de futuras luchas de mayor alcance.

El documento también aportaba las líneas maestras de las tácticas entristas y defendía la utilización de todas las posibilidades legales que ofrecía el cargo de enlace para plantear las reivindicaciones laborales. Para aplicar esas tácticas, la dirección comunista consideraba imprescindible disponer de organización del Partido en todos los centros de trabajo industrial, así como de un aparato de propaganda para difundir la línea política. Además, apostaba por las comisiones de obreros como el modelo de articulación sociolaboral, plural y unitaria de los trabajadores y por primera vez desde el PCE se planteaba la necesidad de darles estabilidad y continuidad organizativa, aunque esa idea no fraguaría orgánicamente hasta el primer lustro de los años sesenta. Esas directrices, que fueron claves para la consolidación futura del entonces incipiente movimiento social, se acompañaban de otras propuestas que permitirían mejorar la “ligazón con las masas”. Es el caso de la importancia que la dirección comunista daba al trabajo político y social de las mujeres y a su organización en grupos para desempeñar una serie de actividades que, tres lustros más tarde, constituirían el ADN del Movimiento Democrático de Mujeres.

En definitiva, La Carta es un documento de evidente interés histórico, que no siempre se ha valorado en sus justos términos. Los trabajos memorialistas o los historiográficos que han referenciado el documento se centraron exclusivamente, con alguna excepción, en los aspectos relacionados con la resolución del debate interno y el caso de Francisco Antón (Santiago Carrillo, Fernando Claudín, Manuel Azcarate, Gregorio Morán…). Sin embargo, la importancia de las cuestiones que abordaba y las conclusiones que se derivaron de su contenido no solo daban respuestas a los problemas de funcionamiento, sino que también cimentaba las bases teóricas y las pautas de trabajo práctico para consolidar la estrategia de lucha contra la dictadura o la posición del PCE sobre las comisiones de obreros y su forma de entender la acción sociolaboral y sindical.

Algo que se evidencia si seguimos su difusión y su posterior recorrido en los documentos oficiales del PCE. Los artículos mencionados aparecidos en Mundo Obrero y la repercusión de algunas propuestas de la Carta en algunas organizaciones (Manifiesto del Comité Provincial del PCE de Asturias,1953) lo convirtieron en el documento de referencia para los militantes y las organizaciones hasta el V Congreso, que no hizo sino confirmar los análisis y las propuestas que contenía La Carta y a la que vuelve a referirse Santiago Carrillo en el Informe sobre problemas de organización y los Estatutos del Partido (Documentos V Congreso, 1954). Y aún posteriormente, en la decisiva reunión del Comité Central del verano de 1956 ya en el contexto de las repercusiones del XX Congreso del PCUS y la desestalinización, la Resolución del Pleno del Comité Central sobre la situación de la dirección del Partido y los problemas del reforzamiento del mismo (Mundo Obrero, 28, agosto-septiembre de 1956), utilizaba de nuevo la Carta como un precedente relacionado con la desestalinización y los grandes cambios y decisiones que se tomarían en ese año. Estamos pues ante un documento cuyas conclusiones fueron mucho más allá de lo que su atención y valoración ha merecido en la historia del PCE y que requiere todavía un estudio de mayor profundidad sobre su alcance.

>> [PDF 2 MB] Documento Nº31. ‘Carta a las organizaciones y militantes del Partido. Julio de 1952

Sección de Historia de la FIM