Los resultados de las elecciones de Chile (convención constituyente, alcaldes y gobernadores) muestran un fin de ciclo. La política chilena se reorienta, surgen nuevos actores y quienes apuntalaron la Constitución pinochetista entran en una descomposición transversal. La derecha cerró filas con la Constitución de 1980 y el bloque de los partidos de la Concertación (1989) se hizo trizas. Una coalición contra natura que unió a los ejecutores del golpe de Estado, la Democracia Cristiana, con las víctimas de la dictadura: el Partido Socialista, el PPD y el Partido Radical. Creada para gobernar, la Concertación mantuvo incólume el orden neoliberal desde 1989 hasta 2010. Dos décadas de gobierno fueron suficientes para que los pinochetistas y toda la derecha auparan a la presidencia al empresario Sebastián Piñera. Su triunfo daba sustento al mito de una sociedad cuyo proyecto de economía de mercado unía a todos los chilenos. Así socialistas, demócratacristianos, neoliberales, conservadores, golpistas y verdugos de la democracia estaban de enhorabuena. El pecado original del neoliberalismo en Chile, levantarse sobre los cadáveres de los detenidos desaparecidos, la violación de los derechos humanos, la tortura y el asesinato, se redimía. Con Piñera en el poder, los partidos de la Concertación se refundaron en 2013 como Nueva Mayoría, incorporándose el Partido Comunista, Izquierda Ciudadana y Más Región. De esta guisa Michelle Bachelet logró ganar las elecciones presidenciales de 2014. Pero en 2018 el regreso de Sebastián Piñera desbancaba a la Nueva Mayoría que acabó disolviéndose.

No son 30 pesos, son 30 años de hartazgo de corrupción, empobrecimiento y venta del país. Ahora Chile se juega su dignidad en la redacción de la nueva Constitución.

Los escándalos de corrupción, el aumento de la desigualdad, la pobreza, la criminalización de las protestas, la represión, la militarización de la Araucanía, la desnacionalización y venta de las nuevas explotaciones mineras a las transnacionales, han sido la herencia de los gobiernos que se han sucedido desde 1989 hasta 2020. Los presidentes Patricio Aylwin, Eduardo Frei, Ricardo Lagos, Michelle Bachelet y Sebastián Piñera han formado el llamado partido del orden, cuyo pacto implícito se resume en que el modelo no se toca.

En este contexto y con la pandemia mediante, la deslegitimación de los partidos, las Fuerzas Armadas, Carabineros y el poder judicial culmina en la rebelión popular de octubre de 2019. Su lema ‘no son treinta pesos (la subida del billete del metro), son treinta años’ sintetiza el hartazgo y el rechazo del neoliberalismo.

El referéndum para una Convención Constituyente fue el primer éxito de la rebelión popular. En menos de dos años el edificio neoliberal se resquebraja. Sus arquitectos son cuestionados y desacreditados. Pero se han resistido a perder el control y la dirección política del país. La última estratagema consistió en firmar, en noviembre de 2019, un acuerdo Por la paz y una nueva Constitución. Frenar las movilizaciones y garantizarse el control del proceso constituyente fue su apuesta. En diciembre de 2019 acordaban el pacto de los dos tercios de los futuros constituyentes para aprobar la nueva carta magna. La derecha y los partidos de la ex Concertación debían lograr solo un tercio de los asambleístas para salvaguardar el modelo. Las elecciones a la Convención dieron al traste con dicha estrategia. No han logrado hacerse con el tercio. Los viejos dirigentes de los partidos del orden no han obtenido representación y 48 de los 155 representantes provienen de las listas de independientes. Con carácter paritario en su composición, también tienen representación los pueblos originarios con 17 escaños.

NO ES FÁCIL FORMAR UNA MAYORÍA DE CAMBIO

Se puede albergar la esperanza de avanzar en el desmantelamiento del neoliberalismo y la construcción de un Chile democrático. Pero sólo en principio. Los acuerdos pueden incluso paralizar la Constituyente. El primer gran reto será el reglamento y la elección de su presidente, ahí se juega gran parte del futuro.

El partido del orden ha sufrido un revés en la convención pero no tiene reflejo en las elecciones municipales, cuyos resultados le dan una mayoría. La derecha sube del 20,56% a un 33,14%, los partidos de la ex concertación pasan del 14,46% al 34,15% y la izquierda también crece, del 18,74 al 23,77%. Irací Hassler, joven dirigente del Partido Comunista, es la nueva alcaldesa de Santiago, la capital.

La derrota electoral de la derecha en la Convención revive la vieja estrategia anticomunista, la guerra psicológica y el llamado a la sedición. La derecha no duerme, solo cambia su hoja de ruta. En este contexto, los pactos espurios, las presiones y el ruido de sables pueden cortocircuitar los trabajos de la Convención. Sedición golpista y renuncia al discurso democrático. Hay que ser prudentes. No es fácil formar una mayoría de cambio.

La lista Apruebo Dignidad, la segunda más votada, con 28 constituyentes, tiene en sus filas a 9 representantes de Revolución Democrática y 6 de Convergencia Social, partidos que firmaron el pacto de la traición. El Partido Comunista aporta 7 convencionales y el resto se distribuye entre independientes, comunes y el frente regionalista verde. Algo similar ocurre con la candidatura Apruebo (ex Concertación). El Partido Demócrata Cristiano, el gran derrotado, sólo obtuvo 1 representante y tampoco salió mejor parado el Partido Por la Democracia de Ricardo Lagos con 3 constituyentes. El Partido Socialista consiguió 15 asambleístas, 3 el Partido Liberal y uno el Partido Radical. Todos han sido cómplices y ejecutores de las políticas neoliberales. Sus nombres están asociados a las políticas de corrupción, hambre y exclusión social. Son los independientes los que inclinarán la balanza hacia uno u otro lado.

REFUNDACIÓN DEMOCRÁTICA O NEOLIBERALISMO DISFRAZADO

Todo está abierto. Las elecciones presidenciales están a la vuelta de la esquina. Chile entra en la espiral electoral de las primarias del 18 de julio. Sus resultados reordenarán los pactos y las estrategias de medio y largo plazo. De momento la Democracia Cristiana se autodestruye y el Partido Socialista se extravía. Unos piden recomponer la alianza con la Democracia Cristiana, el sector anticomunista, y otros prefieren mirar hacia el PC y el Frente Amplio.

Este nuevo mapa político que se dibuja en Chile puede ser el punto de inflexión que acabe por derribar el edificio neoliberal pero también puede suponer su restauración bajo una cara amable. Las elecciones presidenciales podrán indicar hacia donde se dirigirá la Constituyente. Una refundación democrática del Estado chileno o un retoque del neoliberalismo. Lo primero soló será posible si la sociedad se mantiene movilizada, exigiendo un debate constante que no hurte al pueblo la participación desde las asambleas populares y los foros constituyentes. Solo de esta manera se podrán romper los posibles acuerdos espurios. Igualmente se debe pensar en llevar a plebiscitos intermedios los grandes temas de la convención. Políticas sociales, educación, sanidad, vivienda y tratados internacionales. En la redacción de la nueva Constitución se juega la dignidad del pueblo chileno.

La sorpresa electoral debe transformarse en la articulación de un proyecto político democrático y popular que incluya los derechos sociales, la defensa del medioambiente, el reconocimiento plurinacional del Estado, la lucha contra el patriarcado y la desigualdad y el control de las riquezas. Ese es el reto.

(*) Profesor titular de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid y profesor e investigador invitado en la Universidad Nacional Autónoma de México. Autor de POR LA RAZÓN O LA FUERZA / Historia de los golpes de Estado, las dictaduras y la resistencia en América Latina.

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