En los tiempos que corren, para transformar la realidad los comunistas tenemos que hacer un gran esfuerzo propositivo. Estos momentos nuevos de cambio de época debido a la pandemia nos obligan a estudiar y analizar los diversos contenidos que el neoliberalismo ofrece para perpetuarse. Renovar la propuesta de contenidos en el contexto social y económico de empobrecimiento, automatización y pérdida de puestos de trabajo y salarios reales a la baja: el ajuste económico en marcha.

La nueva política empresarial operada por Google se apoya de forma encubierta en dos autores: Robert Nozick (1938-2002), filósofo estadounidense, profesor en Harvard, y su teoría del Estado mínimo, junto a la recuperación del conductismo operante del psicólogo Skinner (1904-1990), que vienen a definir una distopía nueva en el horizonte.

Nozick sostiene, en Anarquía, Estado y utopía, que cualquier Estado dominador es moralmente inadmisible, pues sus atribuciones implican necesariamente la violación de los derechos individuales de las personas sometidas a su autoridad, tal como reivindican los modernos antivacunas en Occidente. El Estado moderno debería reducirse al Estado mínimo que sea capaz de ser efectivo. Intenta demostrar lo inadecuado e inadmisible desde el punto de vista moral de las teorías igualitaristas apoyándose fundamentalmente en la Entitlement Theory, teoría de la intitulación o justicia de la propiedad, piedra angular de la dominación de clase en términos marxistas.

¿De dónde emana dicha teoría?

De la teoría moral de Kant en el sentido de que trata a los individuos como inviolables: nunca podemos tratar a un individuo sin su consentimiento como un medio para el bien de los demás o para maximizar el bien social. Y en Locke, que describe el trabajo como fundamento de la propiedad.

Ya desde las primeras páginas del Segundo ensayo sobre el gobierno civil caracteriza buena parte del liberalismo político actual. Así, en el primer capítulo nos dice que “el poder político es el derecho de dictar leyes, incluida la pena de muerte y, en consecuencia, todas las penas menores necesarias para la regulación y preservación de la propiedad y el derecho de emplear la fuerza de la comunidad en la ejecución de tales leyes y en la defensa del Estado ante ofensas extranjeras. Y todo ello exclusivamente en pos del bien público”.

Esta falacia de la justicia de la propiedad ya fue desvelada por Marx, dentro del modo de producción capitalista el obrero queda rebajado a simple mercancía, viéndose “reducido en lo espiritual y en lo corporal a la condición de máquina, (…) de hombre queda reducido a una actividad abstracta y un vientre”. Lo que interesa del obrero al capitalista no es el hombre sino su fuerza de trabajo, su lugar en el intercambio -y en el mundo- no tiene otra razón que la de producir para el capitalista.

Marco post pandémico

A través de las plataformas digitales privadas dentro de la emergencia global parte de la actividad económica y laboral continuó en marcha a través del teletrabajo, se apuntalaron nuevas tecnologías emergentes como la videoconferencia de forma masiva. Los empleos que siguieron activos fueron los presenciales y considerados precarios: teleoperadoras, cajeras de supermercado, reponedores, repartidores a domicilio, limpiadores, ultramarinos y tiendas de barrio. Se hizo presente otra forma de precarización y explotación laboral, la llamada Gig Economy. Tres ejemplos: Uber, Airbnb, GetNinjas. No hay horarios estipulados, se puede trabajar solo los fines de semana o en los horarios que le parezcan más factibles. Cada uno elige cómo utilizar su tiempo, cada proyecto genera una remuneración única. Cuando acaba el proyecto, también se termina la relación, no crea vínculos laborales.

Técnicas desarrolladas como el Big Data o la AI (Inteligencia Artificial) revelaron su utilidad para hacer seguimiento de los ciudadanos infectados y a quienes podían haber contagiado. Fue una manera de “marcar” a los potenciales positivos. En Occidente, se optó por el Big Data que hacen Google o Apple para seguir la movilidad de la población y el grado de confinamiento, el bautizado como capitalismo de vigilancia.

La red panóptica de Google

Google, nacida 1998, desarrolla como empresa privada su propia agenda política sobre dicho capitalismo de condicionamiento y control. Fue Eric Schmidt, ex presidente y consejero delegado, quien expresó más abiertamente este eje político de Google, antes de convertirse en asesor especial de seguridad del Pentágono. Eric Schmidt y Jared Cohen, en su libro El futuro digital desarrollan su propia teoría del poder con el objetivo de asegurar la continuación de lo existente. El capitalismo es un sistema en constante desequilibrio y en sus repetidas crisis le beneficia el miedo inducido que lleva a los ciudadanos a esperar la simple continuación de lo existente aunque sea en esa sociedad distópica de control.

En los 10 principios básicos de Google, disponibles en la web y constantemente actualizados, afirman que «la democracia en la web funciona». La búsqueda de Google funciona porque su tecnología confía en los millones de personas que enlazan con sus sitios web para determinar el valor del contenido de otros sitios. Evalúa la importancia de cada página web basándose en más de 200 criterios y una variedad de técnicas, incluyendo el algoritmo patentado PageRank™ que determina qué sitios son »elegidos» como las mejores fuentes de información a través de otras páginas en la web (Principio #4).

Esto significa que el consenso determina la clasificación de un sitio web, no la exigencia ética ni la objetividad científica. Apoyarse en el reconocimiento de un sitio por parte de otros sitios refuerza la posición de los más solicitados. Reforzar una posición dominante en un mercado es, en realidad, la ortodoxia del sistema capitalista de ventas.

En el Principio 6, Google revela más de su estrategia: «Descubrimos que los anuncios de texto orientados obtenían un mayor porcentaje de clics que los anuncios aleatorios. Cualquier anunciante, independientemente de su tamaño, puede aprovechar este medio para dirigirse a un público de forma muy específica». La confesión es clara: esto es un negocio, no una democracia. Google, gracias a nuestros clics, acumula suficientes datos para analizar con mucha precisión el comportamiento de los internautas, para saber siempre mejor lo que quieren comprar o ver o leer. Gracias al principio de los «clics» efectivos, que luego se venden a empresas comerciales, Google prospera económicamente ofreciéndonos… ¡lo que aún no sabíamos que queríamos!, el círculo cerrado del consumismo.

Aquí aparecen las teorías behavioristas de Skinner, la caja de herramientas de Google para desarrollar su «tecnología de comportamiento»: Google Search, Android, Gmail, Google Now, Google Calendar, Google Ads, Street View. El coche automatizado y todos los inventos de Google están diseñados para saberlo todo sobre el comportamiento de cada individuo, bajo el dominio de un condicionamiento invisible.

Skinner planteó una idea fundamental, la de la ilusión de la autonomía humana: «Lo que estamos en proceso de abolir es el hombre autónomo, el hombre interior, el homúnculo […]. El hombre autónomo es un dispositivo que se invoca para explicar lo que no se puede explicar de otra manera. Se ha construido sobre nuestra ignorancia y, a medida que nuestra comprensión avanza, el mismo material del que está hecho se evapora».

Sólo entonces podremos pasar de lo inferido a lo observado, de lo milagroso a lo natural, de lo inaccesible a lo manipulable. Manipulación en nombre de una concepción superior: «El análisis científico del comportamiento desposee al hombre autónomo y transfiere al entorno el control que se suponía que debía ejercer.»

Porque el Principio 10 dice: «Aunque no sepas exactamente lo que buscas, nuestro trabajo es encontrar una respuesta». Nos esforzamos por anticiparnos a las necesidades de los usuarios de Internet de todo el mundo para poder satisfacerlas con productos y servicios innovadores que establecen nuevos estándares. «Anticiparse a las necesidades» es la base de esta ideología de la certidumbre, que es una certidumbre sólo para los vendedores e incluso para los políticos, ya que Google también se anticipa a los votos manipulando a los votantes, como confesó Schmidt en relación con las dos elecciones de Obama sin que ello causara la más mínima perturbación en el mundo político y en las «democracias». Todo esto para «establecer nuevas normas», que es lo más opuesto a la anarquía.

Lo opuesto a la democracia también, sobre todo porque Google se atribuye el derecho de seguirnos a todas partes como dice el Principio 5: «En un mundo cada vez más móvil, las personas quieren tener acceso instantáneo a la información que necesitan, sin importar dónde estén”. Google reduce a todo el mundo a cliente de las empresas que compran esos famosos clics y no a un ciudadano libre de escapar del ojo del Estado. Google teje una red «panóptica» alrededor de los internautas que utilizan sus servicios: la empresa lo sabe todo sobre ellos y les sugiere lo que van a comprar antes de que ellos mismos lo sepan…

La imposición desigual

Según Nozick, la evolución hacia un Estado mínimo es inevitable, llevaría a lo que conocemos hoy como la “imposición desigual”, madre del aumento de la acumulación de capital, no solo de los bienes de capital propiamente dichos sino también de capital financiero y de capital humano. El ecosistema tecnológico creado, teléfono inteligente, código QR, las RRSS, los monopolios privados de los buscadores y al unísono el Estado se desentiende de sus obligaciones sociales: la sanidad, sabotear la educación nacional en beneficio de la privada, privatizar parcialmente las pensiones (mochila austriaca), las vías de comunicación, de las carreteras, red ferroviaria….como resumirían los chalecos amarillos franceses: «Cuando todo sea privado, nos quedaremos sin nada».

Los resultados están a la vista, el Informe sobre Financiamiento para el Desarrollo Sostenible 2021 dice que la economía global ha experimentado la peor recesión en 90 años, con los segmentos más vulnerables de las sociedades afectados de manera desproporcionada. Se estima que se han perdido 114 millones de puestos de trabajo y alrededor de 120 millones de personas han vuelto a sumirse en la pobreza extrema.

Núcleo PCE Argentina