Se cumplieron el 22 de diciembre treinta años desde el XIII Congreso del PCE en 1991. La URSS terminaba de colapsar y, animados por ello, una corriente de militantes del PCE encabezada por Juan Berga y Francisco Palero centró el debate de aquel congreso en la disolución del PCE. Afortunadamente, el 75% decidió no seguir el camino del PCI, el 25% sí pero por su cuenta, algunos haciendo parada en Nueva Izquierda, otros en seco acabaron en el PSOE.

Treinta años ya del logro de frenar en España la materialización de uno de los mayores ataques ideológicos en Europa occidental, la disolución de los partidos comunistas. Solo hay que mirar a Italia para entender lo importante de la decisión. En el centenario del PCE hay que recordar que si es posible celebrarlo es entre otras acertadas decisiones porque hace treinta años no se decidió disolverlo en la única vez en nuestros cien años de historia en la que se llegó a plantear ese debate.

Sin embargo, es una efeméride de nuestra historia que ha pasado desapercibida en este centenario, una decisión acertada pero todavía treinta años después en construcción. ¿Cuál es el papel de los partidos comunistas hoy, asumido que no se puede tirar el niño con el agua sucia tras el colapso de las primeras experiencias socialistas?

Debemos remontarnos al hito fundacional de los partidos comunistas para responder a esa pregunta. Fue hace más de cien años cuando en el seno del movimiento obrero se comenzaban a vislumbrar dos estrategias distintas. Por un lado, quienes consideraban que muertos Marx y Engels, padres de la criatura, se debían revisar los postulados más revolucionarios de su teoría, confiando en que el creciente peso e influencia de los partidos obreros en los parlamentos bastaría para conquistar la libertad y los derechos plenos de la clase trabajadora. Por el contrario, estaban quienes continuaban considerando el capitalismo un sistema ingestionable, centrado en una contradicción capital-trabajo irreconciliable y por ende irresoluble de manera consensuada como se pretende en los parlamentos y que llevaría a conflictos que crearían condiciones objetivas y subjetivas para superarlo cuya única vía posible sería la revolucionaria.

Esta contradicción comenzaría a ser antagónica conforme avanzaban los primeros años del siglo XX hasta que estalló de manera cruel y sanguinaria en la I Guerra Mundial, creando las condiciones que permitieron a los bolcheviques tomar el poder político en la Rusia zarista demostrando por la vía de los hechos lo acertado de la segunda tesis.

Desde entonces, la vía revolucionaria se ha mostrado eficaz para alcanzar el socialismo en diferentes procesos históricos mientras que la vía socialdemócrata todavía tendría que ser la primera vez que sea válida para alcanzar el socialismo, es decir, que demuestre en la práctica lo que dice en la teoría al menos originaria, pues hace décadas que, en lugar de superar, justifica el capitalismo.

Fue la convicción en las tesis revolucionarias pero también la esperanza generada por la Revolución Rusa y la determinación de llevarla a cabo en cada una de las realidades nacionales lo que dio origen a los partidos comunistas. Eso es lo que celebramos en el centenario, lo que de manera consciente o intuitiva se protegió hace treinta años y el papel de los partidos comunistas en el presente.

Un programa para intervenir en el conflicto

Un presente donde el capitalismo continúa siendo el mismo sistema ingestionable basado en la misma contradicción irreconciliable que continúa generando conflictos sobre los que poder articular contrapoder para superarlo. Pero es innegable que la realidad no es la misma, que el capitalismo se ha protegido de sus propios sepultureros con el férreo y coercitivo control del Estado de siempre pero sobretodo con una sofisticadísima dominación ideológica.

Esto último lo hemos visto en la celebración de este centenario cuando desde la versión oficial se nos presentaba al PCE como parte de la historia, como un partido de servicios prestados que ya jugó su gran papel en la transición, teniendo la generosidad de perdonar el pasado y de asumir y centrar su actividad en las reglas de juego del parlamentarismo. No es casualidad que se ponga el foco de admiración en los cien años del PCE justo en la parte de su historia en la que de manera más evidente renunció a su idea original.

Debemos estar atentos, pues la dominación ideológica es sofisticadísima y en este centenario también hemos oído que el PCE celebra sus cien años en el momento de mayor influencia en la vida del país. Esa influencia de la que hablan es la de pertenecer al Consejo de Ministros y toda la que de ahí se deriva, una influencia desde luego nada desdeñable pero limitada y efímera.

Efímera pues en cualquier momento puede cambiar el gobierno y esa influencia caería como un castillo de naipes y limitada porque ya hace cien años se fundaron los partidos comunistas desde el convencimiento de que la vía parlamentaria no puede centrar nuestra actividad. El poder real no reside ahí, está por construir.

Además, es que no es verdad, este no es el momento de mayor influencia del PCE en la vida del país. Nuestra historia es tan gloriosa como prolija en ejemplos y en el momento de mayor influencia no solo no formábamos parte de un gobierno sino que éramos ilegales y perseguidos y por lo tanto nuestro trabajo clandestino.

Fue en mitad de una dictadura fascista cuando el PCE era el Partido gracias a que estaba inserto en cada espacio de socialización de la clase, incluidas estructuras de la dictadura. Cada militante tenía una tarea determinante y la influencia del PCE era la suma de la influencia de cada militante. Por lo tanto, militancia y espacios de socialización de la clase son elementos imprescindibles hoy y siempre en el papel de un Partido Comunista. Su influencia verdaderamente determinante es la influencia de cada militante en cada espacio de socialización de la clase, esa influencia ni es efímera ni tiene límites. Pero hay que dotarla de un programa y de una estrategia cuyo horizonte solo puede ser el socialismo.

Un programa no solo electoral, un programa para intervenir en el conflicto. Pan, techo, trabajo y dignidad era un programa con el que conseguimos meter más de un millón de personas en Madrid en las Marchas de la Dignidad pero nadie pensó en qué hacer al día siguiente. Falló la estrategia y se volvió a tomar el atajo del parlamentarismo por parte de la izquierda. No supimos o no pudimos advertir del error, convencer de que hay que estar en los parlamentos pero sin abandonar la calle y la influencia real.

Hace treinta años, en un contexto de enorme ofensiva neoliberal, hubo camaradas que mantuvieron levantada la bandera. Después vino Maastricht y fueron coherentes en cada paso que se daba en la construcción de la UE y de un modelo que hoy es responsable de todo lo que ocurre. Se quedaron solas aquellas camaradas, con Julio Anguita a la cabeza, que se opusieron a Maastricht y a la Europa del capital, incluso frente a las estructuras de CCOO y UGT. Fueron acusados de lunáticos y de oponerse al progreso pero el tiempo les ha acabado dando la razón y la Europa que tenemos sólo ha servido para favorecer la concentración y acumulación de capital en un proceso que ha destruido derechos sociales y laborales.

En política como en la vida es importante no olvidar de dónde vienes, cuál es la idea que te hizo nacer, tener razón, pero también los medios para hacerla triunfar. Hace treinta años supieron tener memoria y no dejarnos embaucar por los cantos de sirena del neoliberalismo. Ahora nos toca construir aquella decisión acertada, creer en nuestros sueños y realizarlos escrupulosamente.

Secretario Político del Partido Comunista de Aragón