El 1 de enero se cumplía el 63 aniversario del triunfo de la Revolución Cubana. Sesenta y tres años de dignidad y proeza porque desde un principio Cuba lleva soportando ataques de todo tipo por parte del imperialismo.

A los intentos de magnicidio contra el siempre eterno Comandante y líder de la Revolución, Fidel Castro, hay que añadir el criminal bloqueo que Estados Unidos continúa implementando contra la isla.

Bloqueo que endureció la Administración Trump, golpeando de forma directa a los canales de inversión extranjera en la isla y devolviendo a Cuba a la lista de “países patrocinadores del terrorismo”.

A todo esto hay que sumar los efectos que Cuba sufre a consecuencia de la Ley Helms-Burton, una ley que internacionaliza el conflicto que Estados Unidos mantiene contra la isla y que vulnera el derecho internacional.

La Helms-Burton se impone cuando el republicano Jesse Helms asume la presidencia del Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense y propone una agenda que cambiaría el sentido de la política exterior del presidente Bill Clinton. La ley consta de cuatro títulos que se resumen en que es Washington quien decide que ningún país puede venderle o comprarle a Cuba, arriesgándose a ser sancionado por Estados Unidos si desobedece las órdenes del imperio. Además en el título II se señala que el gobierno norteamericano solo ayudará a la isla si esta transita hacia el capitalismo, lo que es un claro ataque a la soberanía del pueblo cubano. El título III le otorga a ciudadanos o empresas estadounidenses, incluidos cubanos nacionalizados, el derecho a interponer demandas ante tribunales de Estados Unidos por presuntas posesiones en territorio cubano que hubieran cambiado de status legal a partir de 1959. El cuarto asegura que este régimen de bloqueo se mantendrá hasta que en Cuba haya un gobierno que, a criterio de Estados Unidos, se rija por “normas democráticas”. Y todos y todas conocemos cuáles son las normas democráticas por las que se rige Estados Unidos: bombas, muerte y destrucción.

A pesar de todas estas dificultades, Cuba nos enseña vida y dignidad cada día. Cuando el mundo temblaba bajo los primeros terribles coletazos de la crisis sanitaria provocada por la pandemia, fue la isla quien exportó de nuevo solidaridad enviando brigadas médicas a ayudar a paliar los efectos de la crisis. Brigadas que como la Henry Reeve llegaron hasta Europa, aterrizando en Italia en lo peor de la pandemia.

A día de hoy la isla podría ser el primer país del mundo que cubriría todas sus necesidades con vacunas de producción propia, planeando, además, suministrarlas a coste reducido a otros países. Cuba ha desarrollado cinco vacunas: Soberana 01, Soberana 02, Soberana Plus, con principio activo de Soberana 01 y con alta dosis de antígeno, Abdala y Mambisa, esta última de administración nasal.

Y es que Cuba resistió, resiste y resistirá a pesar de bloqueos criminales, medidas coercitivas unilaterales e ilegales e intentos de revoluciones de colores frustradas. Y con su pueblo y su presidente Díaz-Canel al frente de la defensa de la Revolución, seguiremos gritando siempre:

¡Patria o muerte! ¡Venceremos!