Desde el 1 de octubre de 2019, cientos de miles de personas se manifiestan en Iraq. Protestan contra el sistema político heredado de la ocupación estadounidense. El sistema de representación está basado en cuotas religiosas y étnicas al modo del Líbano -conocido como la muhasasa-, donde, por ejemplo, el Presidente del país tiene que ser kurdo; el del Parlamento, árabe suní; y el primer ministro árabe, chií.

La corrupción institucionalizada convierte a Iraq en uno de los países más corruptos del mundo. Tiene una situación social y económica degradada, con un tercio de la población por debajo del umbral de pobreza y niveles de paro laboral también por encima del 30%. No hay ni protección social ni escolaridad garantizada para cerca del 50% de la infancia; no hay cobertura sanitaria, pero sí sufre grandes déficits de suministro de agua potable y de saneamiento de aguas residuales; el suministro eléctrico apenas da servicio durante 10 horas diarias.

A las enormes grietas de la corrupción, por donde desaparecen los ingresos de una de las industrias petroleras más importantes del mundo, se le suma una situación de sequía prolongada que tiene a la mayoría de centrales hidroeléctricas paradas. Por si fueran pocas las penalidades, hay que sumarle otra herencia del ejército de EEUU, la saturación tóxica provocada por las bombas de uranio empobrecido utilizadas en los bombardeos. La tasa de niños nacidos con defectos congénitos en Faluya es más alta que la tasa de defectos congénitos en Hiroshima después de 1945.

MANIFESTACIÓN, REPRESIÓN Y CAÍDA DEL GOBIERNO EN 2019

Las gentes llenaron las calles y plazas de las ciudades iraquíes, algunas muy emblemáticas como la Tahrir (Liberación) de Bagdad y Habubi en Nasiriya. Desde el mismo comienzo de las manifestaciones, la policía -apoyada por milicias confesionales chiitas proiraníes, que apoyaban al gobierno- utilizó munición real, granadas de gas lacrimógeno (que mataron a manifestantes por impacto) y disparos de francotiradores.

Dos meses de protestas en la calle y, a finales de noviembre de 2019, caía el gobierno del primer ministro Adil Abdul Mahdi. Las protestas siguieron durante los meses siguientes, a pesar de la aparición de la pandemia del COVID. Seis meses tardó el Parlamento en consensuar un nuevo primer ministro; Mustafa Al-Kadhimi fue elegido el 7 de mayo de 2.020 con un programa de transición que quería responder a las demandas populares, con la redacción de un nuevo sistema electoral, la convocatoria de elecciones en 2.021 y la puesta en libertad de las personas detenidas desde principios de octubre.

Estos logros no fueron gratis, costaron la vida de 650 víctimas según cifras oficiales, que otras fuentes elevan a casi 1.000 personas. Además hubo decenas de miles de personas heridas -en muchos casos con pérdida de ojo, pierna, o brazo-, acompañadas por miles de detenciones y cientos de desapariciones y secuestros. La revuelta fue juvenil fundamentalmente, en un país con una de las poblaciones más jóvenes del mundo, el 60% de sus 38,5 millones de habitantes tiene menos de 25 años.

ABSTENCIÓN RECORD EN LAS ELECCIONES DE 2021

Finalmente, las elecciones, que estaban previstas para junio de 2021, se celebraron el 10 de octubre. En las anteriores, del 12 de mayo de 2018, la alianza electoral más votada fue SAIROON, fruto del acuerdo entre el movimiento sadrista y el Partido Comunista de Iraq.

El movimiento sadrista es un partido confesional chií, pero, a diferencia de los demás partidos chiitas, tiene un fuerte perfil de partido nacionalista que le hace confrontar con los partidos chiitas clientelares de Irán (la mayoría) o de EEUU. Tiene también, en la medida que se apoya en los sectores chiitas más pobres, un discurso de igualdad social y de anticorrupción.

En este proceso electoral, la coalición se ha roto, ya que el Partido Comunista ha defendido la abstención, al considerar que los cambios en la ley electoral seguían favoreciendo al poder establecido y las reivindicaciones sociales del movimiento de la revuelta de octubre, seguían sin ser atendidas. No obstante, el movimiento sadrista, ha conseguido revalidar su condición de fuerza más votada, aumentando sus escaños de 54 en 2018 a los 73 conseguidos el pasado 10 de octubre. Sin embargo, el número total de escaños en el parlamento es de 329 y si no consigue establecer alianzas con otros partidos, se quedaría, igual que en 2018, fuera del gobierno debido a una alianza de los partidos más conservadores.

Pero la cuestión de fondo en las elecciones ha sido el nivel de abstención, que ha batido récords: en las anteriores fue del 44% y en esta ocasión ha bajado al 41%. Pero además, en Iraq hay que inscribirse como votante, de manera que el cómputo de participación se hace sobre electores inscritos, lo que significa que la participación real sobre el total del posible electorado es aproximadamente del 34%.

De hecho, el movimiento sadrista no ha aumentado sus votos; a pesar de haberlos mantenido, la menor participación electoral le ha supuesto más escaños. Una lectura razonable de los votos indica que la lucha de la revuelta de octubre ha tenido un fuerte impacto en las urnas, por un lado debido al aumento de la abstención y por otro porque el partido surgido de la revuelta, llamado IMTIDAD, ha conseguido 9 escaños, y además los candidatos independientes que en 2018 solo consiguieron 2 escaños, en esta ocasión han conseguido 20. Parece evidente que las fuerza de la revuelta, dividida entre participar o no en las elecciones, se ha traducido en un aumento de la abstención, por un lado, y aumento de escaños de quienes consideran que les representan.

Otro partido en ascenso ha sido el sunita Taqaddum, el partido del Progreso, que presentándose por primera vez ha conseguido 41 escaños. Está liderado por Mohamed al-Halbousi, que fue Presidente del Congreso en la legislatura saliente y que vuelve a ser presidente del Congreso con 200 votos de los 329 posibles.

El bloque chiita perteneciente al sector más conservador, la Alianza Fateh, cuyas milicias colaboraron en la represión del movimiento de octubre, ha tenido un fuerte retroceso electoral, bajando de 33 a 15 escaños. De hecho, las distintas opciones confesionales chiitas han perdido escaños, excepto la Coalición Estado de Derecho del ex primer ministro Nuri al-Maliki que ha subido 12 escaños, llegando a 37 y siendo el tercer partido en representación.

ENTRE IMPUGNACIÓN E IMPUGNACIÓN SIGUEN A LA ESPERA DE FORMAR GOBIERNO

El proceso para elegir gobierno será lento y durará meses. Para empezar, las elecciones fueron impugnadas por los partidos chiitas perdedores. A finales de diciembre el Tribunal Supremo Federal ratificó el resultado electoral, tras lo cual se pudo constituir el Congreso en sesión plenaria el 10 de enero y elegir a la Presidencia y dos Vicepresidencias. Sin embargo, esta elección también ha sido impugnada y el Parlamento no podrá sesionar hasta que vuelva a resolver el Tribunal Supremo. Posteriormente, una vez en funciones, tendrá 30 días para elegir al Presidente del país. Y este tendrá que nombrar primer ministro al que tenga suficiente respaldo en el Congreso.

El cambio posible en Iraq podría ser un acuerdo entre el movimiento chiita sadrista, el partido sunita Taqqadum, los kurdos de la Unión Patriótica (socialdemócratas) y el Movimiento IMTIDAD, representante de la revuelta de octubre. Claro que tampoco sería extraño que el cambio profundo que necesita el país venga desde fuera del Parlamento con una nueva revuelta popular.

(*) Manuel García Morales es Responsable del PCE de Oriente Medio.

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