“¿Pero entonces tú, de qué lado estás?”, pregunta mi interlocutor. Al calor de la temprana primavera del sur, nos hemos reunido en la terraza del bar junto a la playa y el tema de conversación no podía ser otro que el de Ucrania. “De ninguno de los dos, ni de Rusia, ni de la O.T.A.N. Ya te lo he dicho mil veces”, respondo consciente de que cerveza y argumentos se toman el chocolate de espaldas.

“Pues no lo parece” , interviene la mujer rubia de pelo sedoso. Sorprende su repentino pacifismo cuando, tiempo atrás, aplaudía la invasión de Iraq y hace escasamente dos semanas, era firme defensora de bombardear las pateras que se acercan a nuestras costas, precisamente huyendo de la peor de todas las guerras, el hambre. “Lo que yo digo es que no es todo ni tan blanco, ni tan negro”, insisto.

Llevo un rato intentando explicar que no podemos aceptar solamente la información que nos brinda una de las partes implicadas, que hay que buscar más allá de la simple afirmación de que Putin es un loco ansioso de poder. Pero cuesta que escuchen. Parece que al repasar la reciente historia y buscar las causas de la barbaridad cometida, estuviera justificándola. ¡Nada más lejos! Nunca hay razón en la guerra, ni siquiera en la menor de las derrotas, esa que los locos llaman victoria.

“Aquí de lo que se trata es de mercados. Las vidas de los ucranianos les importan bien poco, tanto a los unos como a los otros. Esta guerra, como todas, se podía haber evitado”. He tenido que elevar un poco el tono de voz para hacerme oír, enfrascados cómo están en comentar las últimas imágenes vistas por televisión. En Ucrania llevaban ya más de ocho años de guerra, pero esa pasaba desapercibida. No interesaba enseñarla. Como tampoco los “pogromos” y “razias” contra la población rusa del Dombass. Parece que, de repente, se ha esfumado el golpe de estado fascista del Maidán en 2014 y los acuerdos de Minsk, gracias a los que se concedía amplia autonomía a las regiones del Este y Sur del país y se adquiría el compromiso de no pertenecer a la O.T.A.N., porque ¿es que hay algún país que quiera estar rodeado de cabezas nucleares apuntando a su territorio?, ¿Rusia si tiene que aceptarlo y Estados Unidos no, como pasó con la crisis de los misiles en Cuba?

“Si fueran los americanos quienes hubieran invadido, no estarías hablando así… ¿Ves cómo sois los rojos?” ¡Mucho estaban tardando en salirme con esas! ¡Qué tendrá que ver Putin con el comunismo! Es tan frágil la memoria colectiva, tan grande la desinformación, que el desconocido que se ha colado en la conversación, todavía no se ha enterado que la Unión Soviética ya no existe.

Sin embargo, y a pesar de ser consciente del muro contra el que voy a chocar, sigo empeñado en aclarar el por qué no tomo partido por ninguno de los dos ejércitos. Nunca me encontrarán alineado con la fuerza de las armas. Puedo, eso sí, entender los motivos de unos y de otros. Que unos quieran conservar el aplastante poderío conseguido tras el fin de los dos grandes bloques y que los otros piensen que el orden mundial debe cambiar y pretendan tener su parte correspondiente del pastel. Puedo entenderlos, pero jamás compartiré la sinrazón de la guerra. La razón se acaba cuando ésta se deja en manos de los militares. Si fuera en manos de agricultores, éstos acabarían haciendo un huerto común; si en la de los carpinteros, una mesa para sentarse a compartir lo que la tierra les ha dado; si en la de los poetas, cantaríamos al amor entre los efluvios del alcohol.

Pero la herramienta de un militar es el arma y el arma no construye nada, solo destruye. Es falso que sirvan para defender la patria o la libertad, palabras cargadas siempre de una peligrosa belleza.

Las armas solo defienden la muerte. Y siempre mueren los mismos.