La degradación en España del periodismo, como oficio, no tiene límites. De Ana Rosa a Inda, de Rosell al anunciante de seguros, de Vicente Vallés a los inventores de noticias de los medios ultras, la esfera pública de este país es más propia del siglo XIX que de un Estado social de derecho en pleno siglo XXI. La deriva contaminante ha llegado a tal extremo que más que hablar de infoxicación cabe afirmar, más allá de Sálvame, que tenemos unos medios escatológicos, dados, en la grosera querencia por la cuenta de resultados, a remover los excrementos, a proyectar la basura y lo fecal. Tenemos en fin un periodismo de mierda, pero también, en el doble sentido de escatología, un sistema informativo cuyo principio teológico inexcusable es el culto a la muerte, sea en forma de captura del trabajo vivo del Capital o en defensa de la cultura zombi, por no hablar de la programación de la propaganda para la guerra como en el caso de Ucrania, siguiendo el guión de la OTAN. Así andamos, confundidos en esta ceremonia de cuentacuentos en manos de usurpadores al asalto de la democracia. Sin entrar en detalle, aunque la ocasión lo amerita, sobre si el sector sigue anclado en la fase anal u oral, lo cierto es que esta lógica es posible, trascendiendo el psicoanálisis, por el síndrome de las cuatro emes: monopolio, mercantilización, manipulación y monetarización bajo control directo del capital financiero, verdaderos amos de la información en España, con las hidroeléctricas y las telecomunicaciones, no olvidemos. Y como andamos, como resultado, lejos de una cultura informativa democrática y seguimos anclados en el bucle liberales/conservadores y en los burgos podridos, es normal que proliferen los merdellones, gente de mierda, quizás, paradójicamente, por no haber prosperado los valores de la ilustración ni la revolución moderna que intentos, como sabemos, ha habido. De ahí la representación informativa y partidaria, los Casado y Abascal, los telepredicadores y gacetilleros encargados de frenar todo cambio, de reproducir el sistema y cloacas del Estado, de anclar la monarquía corrupta y decadentista, o de convencer al público cautivo y desarmado que viven por encima de sus posibilidades en el Estado con mayor fraude fiscal y la doctrina Botín del TOP por bandera. Dicho esto, no se conmueva el lector, que movimiento y qué hacer hay siempre en la vida, incluso en unos medios escatológicos perturbadores que producen insomnio, y no dejan soñar. Hay caminos que explorar y utopías que definir en materia de comunicación y cultura, si somos de la comunicología de la praxis, gramscianamente partisanos del principio esperanza, empezando por los riders del periodismo.

Como explica el colectivo WU MING, en su novela PROLETKULT, siguiendo el símil de la música, las actividades de un sistema se conjugan gracias a un elemento común llamado ingresión. En el caso de la sociedad, la ingresión es el trabajo mientras que el mercado constituye un factor disgregador, una desingresión, cuando no, especulativamente, una disgresión. Cosas de la sociedad del espectáculo, que diría Debord. Ya IU exploró una suerte de catálisis regulando el trabajo de los informadores, y en Argentina una coalición de la sociedad civil (periodistas, creadores audiovisuales, músicos, artistas, movimientos sociales) logró cambiar las reglas del juego con la ley de tres tercios (un sector público, otro privado y uno ciudadano o comunitario). Hay pues alternativas. Es tiempo de ponerse a trabajar, porque los trileros de moral distraída no dejarán de dar el queo con campañas de intoxicación, lawfare de por medio, contra toda voluntad democrática. Toca pues empezar a cavar trincheras en esta guerra de posiciones, aterrizando en el mundo de vida los medios frente a este capitalismo excedentario. Nos va la democracia en ello.