Comentándole a una compañera, que la tribuna tricolor de este número de Mundo Obrero iba a llevar este título, me decía que debería ser más prudente porque estaría comparando al rey sin méritos con un gánster, y ella, temerosa de la lawfare y de las querellas reaccionarias como la que sufrió hace unos años el amigo y alcalde de Puerto Real, José Antonio Barroso, le preocupaba que nuestro sentido republicano amplio de la libertad de expresión me llevara a los tribunales por injurias a la corona.

Más allá de que si hay que ir adonde fue Barroso por ejercer el derecho a la libertad de expresión, pues se va derechito y buscamos el mismo abogado de José Antonio, también amigo, y listos, le expliqué a la compañera que podría ocurrir que acusado Juan Carlos de Borbón de delitos más graves en España y en Suiza por los que ya está claro que no va a ser juzgado, pudiera acabar sentado en un banquillo acusado de un delito menor, por acoso a su examante, Corinna Larsen, en Inglaterra.

La comparación del corrupto inviolable con Al Capone tiene que ver con ese hecho. Porque estaría curioso que el rey abdicado se librara impunemente de los tribunales en Suiza y en España por cobro de comisiones ilegales, cohecho, delito fiscal y lavado de capitales, delitos gravísimos que la propia Fiscalía del Tribunal Supremo español afirma que Juan Carlos sin duda cometió, del mismo modo que Al Capone, responsable de crímenes y delitos gravísimos por los que nunca se le pudo juzgar, al final fue encarcelado en la prisión de Alcatraz por un delito también menor, evasión fiscal.

El juez británico Mattheu Wicklin del Tribunal Superior de Londres, ha negado la inmunidad a Juan Carlos de Borbón de las acusaciones de acoso de Corinna Larsen, quien interpuso contra su ex-amante una demanda civil por espionaje, vigilancia y amenazas (que incluían disparos contra la fachada de su domicilio) antes y después de la abdicación, por parte del sin méritos y de su entorno, incluido el ex jefe del CNI, Félix Sanz Roldán. Por ahora, la demanda sigue adelante.

He dicho en varias charlas sobre la crisis y corrupción de la monarquía, que de los delitos de Juan Carlos de Borbón, ha sido cómplice el bipartidismo, los grandes medios de comunicación y el Centro Nacional de Inteligencia (CNI). Todos ellos convirtieron en un tabú la crítica a la monarquía durante años. El monárquico PP, porque sabían la joya que tenían en la casa. El republicano PSOE, se declaraba entonces juancarlista, y le inventaban una colección de virtudes falsas. Los grandes medios, confabulados también en el pacto de la Transición, tapaban escándalos amorosos y financieros, y vendían una imagen inmaculada del monarca. El CNI, por último, protegía la seguridad del rey, hacía el trabajo sucio y se encargaba vergonzosamente hasta de alquilar los pisos picaderos donde Juan Carlos llevaba a sus conquistas. Una larga lista de amantes fueron pagadas durante años de los fondos reservados por su silencio, hasta que llegó José María Aznar a la presidencia y ordenó cortar el suministro, con el consiguiente cabreo y denuncia mediática de Bárbara Rey.

Todos, durante décadas, protegieron al rey sin méritos de sí mismo, y conocieron y taparon sus delitos y fechorías. Y de esos polvos, estos lodos. Entonces conocido como El Campechano, imagen más construida que real, Juan Carlos de Borbón se inició muy pronto en actividades privadas ilegítimas, paralelas a su función estatal.

La periodista Rebeca Quintans cuenta en su biografía sobre Juan Carlos que sus actividades comisionistas se iniciaron en 1973, tras la crisis del petróleo. El ministro de Hacienda de entonces, Antonio Barrera de Irimo, le sugirió al entonces príncipe, ya usurpador de los derechos dinásticos de su padre, que ayudara y viajara a Arabia Saudita para lograr asegurar el abastecimiento de petróleo a la dictadura. Se produjo el primer viaje de Juan Carlos a la dictadura teocrática más criminal del mundo, y regresó amigo para siempre del rey saudí Fahd y con un acuerdo económico de importación que incluía una comisión del 3% por cada barril de petróleo para el príncipe español. Y así empezó su fortuna.

Corinna Larsen, amante y testaferro de Juan Carlos de Borbón, que se negaba a devolverle los 60 millones de euros que este le transfirió para borrar huellas cuando era su amante, vuelve a poner a la monarquía española ante los tribunales para lograr una indemnización no cuantificada por el acoso y los daños a su imagen que la han perjudicado en sus negocios. Una cosa muy fea lo de este rey y lo de esta amante. Idearon la trama, la hicieron, rompieron después y se pelean ahora por el dinero. Como en las películas de gánsters. Veremos si de esta acusación también sale impune el de Borbón, o si como Al Capone, tiene que responder ante los tribunales, aunque sea por acoso.

Secretario General de Izquierda Republicana