Este domingo 17 de abril se celebra el Aberri Eguna, o día de la patria vasca; una fecha que el nacionalismo hizo coincidir desde su instauración, por los hermanos Arana, con el domingo de resurrección; probablemente por el profundo carácter católico del nacionalismo vasco originario, al que se sumaba el simbolismo añadido por Sabino Arana de ser el día de la resurrección de la nación vasca. Conversaba hace unos días con una amiga sobre la significación de este día, y cuando le contaba algunas experiencias personales vividas en esta celebración, ella, extrañada, me preguntó: ¿pero, es que los comunistas celebráis el Aberri Eguna? Esa pregunta y su sorpresa me precipitaron a un lejano recuerdo infantil, donde quizá se guarden algunas claves de la respuesta que le di a mi amiga, válidas también para quienes se pregunten lo mismo.

Me acuerdo muy bien de un viaje con mis padres a Pamplona, durante la Semana Santa. Tenía apenas seis años, aunque ese dato lo averigüé recientemente. El destino del viaje, porque en aquel año 1967 ir desde San Sebastián a Pamplona era todo un viaje, era visitar a Jacinto Ochoa, un amigo de mi padre, ex-presidiario político, comunista, del PCE, como él. No hacía mucho tiempo que había salido de la prisión, y los dos camaradas se habían vuelto a encontrar. El reencuentro en la libertad no era una tarea inmediata, ni fácil, ni evidente, cada uno salía de la prisión e iba adonde pudiera reconstruir su vida, y desde ese nuevo lugar tenía que volver a contactar con las redes clandestinas para saber dónde paraba tal o cual compañero de prisión. Y entretanto, mientras se completaba esa labor de reconstrucción de los lazos, pasaba mucho tiempo. Juntos sumaban casi 50 años de cárcel, Marcelo cerca de los 22, Jacinto casi 27. Ambos intentaban recuperar los hilos de los viejos compañeros de lucha, que estaban aislados y dispersos por distintos lugares y ciudades tras la salida de la cárcel.

En uno de nuestros paseos de la Semana Santa por la capital navarra, Jacinto nos llevó a la plaza del Castillo. Yo caminaba agarrado con una mano a mi padre, y con la otra a Jacinto. Imaginaba que se trataba de un paseo cualquiera, otro más, otra caminata aburrida, acompañando a los mayores, cuando entramos en la plaza. Recuerdo que sentí una impresión extraña, al ver a bastantes jóvenes, dispersos pero cercanos, no muy lejos unos de otros, como expectantes de que ocurriera algo. Hasta que de repente, esos jóvenes se juntaron, y se concentraron en el fondo de la plaza, en la esquina que se entrega hacia la calle Chapinería. Y allí fuimos también los tres, Marcelo, Jacinto y yo, a sumarnos a ese grupo. Entonces, uno de los jóvenes que se habían congregado, sacó un papel y leyó en voz alta un manifiesto. Me quedé con algunas palabras sueltas: democracia, libertad, Euskadi, Aberri Eguna, aunque no entendía su significado.

De pronto se presentó la policía, y todos salieron corriendo. Nosotros avivamos el paso, pero sin correr manifiestamente. Yo continuaba de la mano de mi padre y de la de Ochoa. Como Marcelo y Jacinto ya no eran tan jóvenes e iban con un niño, creo que pensaron que disimulaban ante la policía, como si fueran meros viandantes, visitantes curiosos. A mi lado, apenas a un metro de mí, uno que corría como un manifestante más, que corría junto a nosotros, derribó con una zancadilla a otro chico, que corría junto a él, y lo sujetó mientras llegaban los policías. Todo transcurrió en un segundo. Cuando llegaron los grises, el que había puesto la zancadilla les dijo, “éste es uno de ellos, dadle a éste, dadle fuerte a éste” –les voceaba con insistencia-, y tres polis se abalanzaron sobre él y comenzaron a golpearle con las porras mientras lo mantenían inmovilizado en el suelo. El que le había puesto la zancadilla era un delator, un poli de la secreta infiltrado. No me perdí nada de lo que ocurría, mientras Jacinto y Marcelo, con paso ligero, me alejaban de allí. La escena se me quedó marcada a fuego, con todos los detalles.

Tenía un recuerdo tan vivo, adornado con tanta minuciosidad de ese Aberri Eguna prohibido, que pensaba que era un chaval mayor, que creía que tenía más edad. Pero en la investigación que realicé para escribir el libro de las memorias de Marcelo, pedí su expediente policial al Ministerio del Interior. Cuando lo recibí, comprobé que dentro de ese expediente había una ficha donde se consignaba que ese día estaba allí, que estaba controlado. El policía secreta encargado de vigilar a Marcelo escribió literalmente:

“Usabiaga Jáuregui, Marcelo.
Asistió a la manifestación separatista vasca del llamado “aberri-eguna” celebrado en Pamplona el día 26-3-1967”

Y de esa manera pude fijar científicamente mi recuerdo y descubrir que aún no había cumplido los seis años de edad. Al parecer, la Brigada Político Social seguía de cerca a Marcelo. Son hallazgos sorprendentes que, a veces, uno se encuentra al investigar.

La anécdota de mi recuerdo se completaba con lo sucedido en el viaje de regreso a San Sebastián. En aquellos actos clandestinos, había que salvar siempre tres escollos: llegar al lugar burlando los controles policiales; participar sin ser detenido; y conseguir escapar, volver; todo, a ser posible, sin ser identificado. Por algún circuito de la solidaridad y de la amistad que mi niñez era incapaz de conocer y comprender, llegó hasta nuestro pequeño Seat seiscientos azul, un chico alto con una barba muy poblada y larga –lo recuerdo así-. Años después, mis padres me contaron que ese joven que volvió sentado a mi lado en el asiento de atrás, camuflado con nuestra familia, con mi madre, mi padre y conmigo, en el seiscientos, era el que años después llegó a ser un popular cantante, Imanol Larzabal, que también había participado en ese Aberri Eguna, y a quien algún compañero de mi padre había recomendado para que le trajéramos de vuelta a San Sebastián. Él era joven, y tenía los atributos que la policía consideraba más arquetípicos en un participante de la protesta, así que debieron considerar que mezclado con una familia iba a salvo. Lo que no sabíamos nadie en ese momento, y sólo lo supe hace poco gracias a esa ficha de la policía, era que tampoco Imanol iba tan seguro como él pensaba, que no iba muy bien escondido en nuestro Seat seiscientos.

Comparto este recuerdo para mostrar cómo eran aquellos tiempos, cómo en aquellos días oscuros de la dictadura, el antifranquismo estaba muy unido, y los comunistas también participaban en el Aberri Eguna. Se trataba de una acción contra el régimen para conquistar las libertades, y las libertades nacionales para Euskadi eran otro de los elementos que vertebraban la lucha. Hasta 1979, en el que ya participé activamente, orgulloso con mi bandera roja, el Aberri Eguna, fue un acto de país, unitario. Después, la lucha política, los distintos modelos de estado que perseguía cada fuerza, el terrorismo, las estrategias independentistas irredentas de un sector del nacionalismo y las excluyentes de otro, hicieron imposible aquella unidad.

Pero como respondí a mi amiga, para conocer cómo es el ahora, es importante saber cómo fue todo en otro tiempo. Sirva también para rendir un homenaje, en este Aberri Eguna de 2022, a aquellos luchadores, Marcelo Usabiaga, Jacinto Ochoa, Imanol Larzabal, y tantos como ellos, que se jugaron la vida por la libertad, y que ya no están con nosotros.