Para Manolo Pereira

Fidel lo tenía todo muy claro: todas las tías eran putas, sí, putas. O sea, que se lo hacían con cualquiera. Y si alguna no lo hacía, era por razón de cálculo. Su propia señora era un buen ejemplo de lo que él pensaba.

Estaba más claro que el agua. Llevaba dieciocho años casado y su señora dejó de hacerlo con él al cumplirse cinco años de la boda, después de nacer el Ignacito y la Belén. Una noche su señora le dijo que se le había secado el conducto, pero que no era cosa suya, sino de la naturaleza. Que lo sentía.

Y él dejó de intentarlo. Se encogió de hombros y se acostumbró a dormir con ella sin rozarla. Una vez cada cuatro o cinco semanas iba a un bar de la calle del Tesoro llamado Bar Cuba y pagaba un trabajo rápido que se consumaba en un hostal de la calle Casto Plasencia, llamado Hostal La Estrella. Higiene y confort. Después, se sentía un señor y hasta un poco mundano.

Otras veces solía irse a una taberna de la calle San Vicente Ferrer, Bodegas el Clavel, y se tomaba tres o cuatro cañas.

– Joder, cómo van las tías ?exclamaba desde el mostrador, al ver pasar a las chica jóvenes dando risotadas.

– Putas y drogatas ?le contestaba el dueño del establecimiento, un tal Telesforo?, más que las gallinas.

– A esas les importa poco, se abren de patas y ¡hala!, p´alante. Lo único que quieren es rabo.

El tabernero se rascaba el sobaco.

– Venga rabo y más rabo. Si yo le contara lo que veo desde aquí. Esto es como la Universidad de Oxford, se lo digo yo.

– No llevan nada debajo, seguro.

– Anda, a ver, nos ha jodido. ¿Para qué van a llevar nada? Así van más fresquitas.

– Eso, así van más fresquitas, ¿no? -repetía Fidel.

– Y pierden menos el tiempo. ¿No las ha visto usted restregándose cuando salen de esos antros?

Y el tabernero se lo explicaba. Le contaba cómo se apoyaban en las esquinas a morrearse con el chorvo, con las piernas abiertas, ahí delante de todo el mundo. Incluso sin salir del mostrador las podía ver por la cristalera del escaparate. Veía las manos del maromo de turno por dentro de la ropa dándose el filete sin importarles la gente que pasaba.

– La Universidad de Oxford ?terminaba el tabernero?, se lo digo yo.

Y Fidel, después de la oficina, comenzó a aparcar el coche en las inmediaciones de la plaza para ver lo que podía pescar. Dejaba que oscureciera un poco, y se fumaba dos o tres pitillitos. Era hasta mejor que el servicio que pagaba en el Hostal La Estrella. Higiene y confort, y encima se ahorraba dinero.

Era tal como le había dicho el tabernero de Bodegas Clavel. Todas morreaban con todos, llevaban minifaldas y seguro que nada debajo. No tenía más que pensar en cómo sería eso y se le empezaba a formar como un embudo en el pecho.

Luego se volvía a su casa y se metía derecho al retrete a descargarse un poco.

El primer día su mujer le dijo:

– ¿Se puede saber de dónde vienes?

– Olvídame, que no es mi santo -le contestaba él, y a partir de entonces su señora dejó de importunarlo.

Cada vez se iba quedando un poco más tarde en el coche, porque pensaba que cuanto más de noche, mejor.

Dentro del coche bajaba el cristal de la ventanilla y se asomaba a ver lo que podía pescar. Solía hablar solo, a veces frases inconexas, interjecciones y hasta suspiros.

A mí me lo señaló Manolo Pereira, el cubano, que venía a pasear a los dos perritos de su señora y se encontraba conmigo en el quiosco del Dos de Mayo. Recuerdo a Fidel, de parecida edad a la mía, regordete y bastante calvo y siempre asomado a la ventanilla de su coche.

Luego, cuando ocurrió lo que ocurrió, Manolo Pereira y yo no nos extrañamos de nada, aunque jamás pensamos que Fidel pudiera hacer lo que hizo. Pero, como yo digo, ¿quién sabe lo que pasa por la cabeza de un hombre atormentado?

Me figuro que poco a poco ensayó a salirse del coche y dar una vuelta por la calle, el ojo atento a las parejas que se morreaban al entrar o salir de los locales. Luego, a lo mejor, fue cogiendo confianza y empezó a sonreírles a las chicas y hasta a hablarles.

– Eh, tú, oye -diría.

– ¿Es a mí? -contestaría la chica.

– Sí, a ti, maja.

– ¿Pasa algo, tío?

– Te doy mil calillas. ¿Vale?

– ¿Que me vas a dar tú a mí un talego? ¡Anda mi madre! ¿Y por qué?

– Levántate la falda, venga.

Y le mostraría el billete arrugado en la mano y, quizá, una sonrisa entre helada y ansiosa.

– Pero tú estás mal del tarro. ¿no, tío? ¡Vamos, vete ya! ¡No te jode el menda!

Y lo intentaría con otra, pero con dos billetes arrugados en vez de uno. Y luego con otra y otra, noche tras noche.

Hasta que se encontró con Pili.

Pili tenía menos años que su hija la Belén y andaba como loca buscando dos talegos para fumarse una china de caballo. La minifalda vaquera apenas si le tapaba el culo y mascaba chicle con furia, intentando que se le quitara el mono.

Fidel le ofreció tres billetes y ella lo condujo al portal de la Pensión La Macarena, donde pernoctaba en compañía de su hermana mayor y unos colegas de Valencia. Abrió con su llave y se recostó en la pared del portal.

– Venga los talegos, tío -le diría ella, tendiéndole la mano.

Fidel temblaría de emoción como un azogado y le daría los tres billetes.

– Levántate la falda.

Ella lo hizo, cumplió su palabra. Un trato es un trato y Fidel vería lo que tenía que ver. Ella, con la minifalda subida, debió mirar el techo, luego se la bajó, volvió a abrir la puerta y se marchó a la calle, derecha hacia cualquier camello. Fidel debió ir detrás.

– ¡Eh, eh, tú, espera!

– ¿Qué, qué pasa? -preguntaría ella.

– Que tres mil pesetas es mucho y no he visto nada. Bájate las bragas.

– ¡Oye, tío!, tú me has dicho que me subiera la falda, ¿no? Pues ya está. Venga, aire.

Nadie sabe lo que le pasó a Fidel por la cabeza, pero se sentó en el suelo y se echó a llorar, un hombre tan grande.