Recuerdo que hace tiempo vi una entrevista con un famoso publicista inglés. “¿Qué es la publicidad para usted?”, preguntó el periodista esperando alabanzas del medio, o al menos una respuesta brillante, de esas que se cuelgan en las redes sociales junto a la imagen de un gatito. “Un engaño”, contestó el personaje dejando claro, sin rubor alguno, que es lo que pensaba de su oficio. Acto seguido, sacó dos pelotas de tenis de debajo del sillón y se las arrojó al entrevistador. De más está decir que no pudo coger ninguna. El publicista volvió a repetir la acción, pero esta vez lanzó solo una y el periodista la atrapó al vuelo sin problema alguno. “¿Ve usted? Esto es la publicidad. Le he lanzado sólo un mensaje y usted lo ha hecho suyo. Si le lanzo dos, no se queda con ninguno”.

Franco, aparte de asesino, fue un señor muy bajito. Pero como era Caudillo por la gracia de dios, tenía que parecer, a ojos de los súbditos, tan grande como impuso que fuera España, una, grande y libre. Lo de libre supongo que era porque hacía con el país lo que se le viniera en gana a su solitario testículo; lo de una, porque arrasó a sangre y fuego cualquier diferencia con su monolítico ideario; y lo de grande, había que asimilarlo con su persona. Cada vez que recibía a alguien, el visitante se topaba con una línea dibujada en el suelo que no podía traspasar. De esa manera al tender la mano al Dictador, tenía que doblar el lomo, tanto que éste siempre parecía el más alto de la reunión.

Durante un tiempo los anuncios de detergentes tenían que incluir a gente no demasiado agraciada, porque se suponía que así era el modelo de población que se ocupaba de la limpieza del hogar. Como mandaban las normas, el ama de casa, con el cuidado de su familia, abandonaba el suyo propio. La cosa fue cambiando y donde antes estaba la mujer esclavizada, sin tiempo para arreglarse, ahora hay jóvenes emancipados, hombres que ayudan en el hogar como si se tratara de una gran concesión y aguerridas mujeres que hacen gala de su independencia. El detergente que antes lavaba más blanco, ahora es tan ultranuclear que elimina todo tipo de virus. Mismo producto, distinta mentira, acomodada a los nuevos tiempos.

El azul que identifica a una determinada marca de yogures, el que dirige nuestros pasos directos hacia el estante del supermercado que muestra su producto, es el mismo azul que inconscientemente asimilamos a la pureza; al agua cristalina, al cielo despejado o al manto de la virgen. También es azul el fondo de los noticieros y, no en vano, arteramente, el adoptado por un partido político, ¿cómo va a engañar ese azul tan presente en nuestro imaginario? En la gama de colores, solo el verde se le acerca en valor subliminal. ¿Y quién lo eligió para su enseña identificadora? No nos engañemos. Ni fue casual, ni por preferencia estética, sino fruto de un concienzudo estudio. Ambos colores inspiran confianza.

No hace falta ser un experto en comunicación para ser consciente de todo esto. Y ahí es donde me asaltan serias dudas. Se supone que quienes creemos en un mundo más justo, luchamos para conseguirlo con las armas del conocimiento y la razón y aún así, ¿no nos hemos dado cuenta que el mensaje tiene que ser claro y contundente?, ¿Qué hay que inspirar confianza no sólo con el fondo, sino también con las formas y no me refiero al traje y la corbata, sino al lenguaje? ¿No somos capaces de transmitir las bondades del trabajo de este gobierno, aún con sus sombras, permitiendo que los chistes tabernarios lo cubran de lodo y dudas?

Sorprende ver como aumenta el apoyo a quienes pretenden eliminar derechos, frente a quienes los aumentan y aseguran. Deberíamos ser conscientes que el error de esa sinrazón está en nuestra manera de comunicarlo. Escuchar atentamente lo que se dice en la calle, la repetición sumisa de discursos que auguran un presente y futuro caótico, para de forma machacona, como un mantra, desmentirlos cuando haga falta, lo cual, por desgracia, sucede con frecuencia alarmante.