En pleno Periodo Especial, cooperando en La Habana, veíamos cómo a su puerto llegaban petroleros procedentes de Irán. Rompían el bloqueo, había algún país que se atrevía a comerciar con Cuba, en un momento en que ni Rusia lo hacía. Aunque no era un intercambio desinteresado, no siendo Irán un país rico que regale el petróleo, reconocíamos el alivio que significaba para el pueblo y su Revolución este comercio.

Todo lo demás que podamos decir de la República Islámica, es condenar su política teocrática, donde es muy difícil ser mujer, donde la izquierda ha sido arrasada y perseguida, donde la miseria del pueblo y la opulencia de sus dueños es ofensiva.

No siendo nuestro objetivo analizar al régimen chiita, valga para poder entender las dificultades que hoy tenemos para analizar la política internacional.

Desde el inicio de los 90,s se impuso “el final de la Historia”, “el pensamiento único” del vencedor de la Guerra Fría. Un triunfo que diseñó un mundo unipolar, donde EE.UU. imponía su fuerza.

A final de la década, el crecimiento de China, y diferentes acuerdos comerciales que no contaban con EE.UU., dibujaba una especie de “bloque antiimperialista”. Un concepto más que problemático, y que tuvo como consecuencia la visión de una parte de la izquierda que volvió a mirar con esquemas de la Guerra Fría la configuración de un “bloque imperialista” frente a otro que se le enfrentaba.

Vaya por delante que es importante que se desarrollen acuerdos al margen de los EE.UU. De hecho, durante la crisis de la deuda de Grecia, y la dureza con que se le trató desde la Unión Europea, siempre me preguntaba por qué no podían renegociar su deuda con China, en mejores condiciones, sin tantos sacrificios del pueblo, cosa imposible permaneciendo en la U.E.

Sin embargo, hoy no es aplicable ninguno de los esquemas de bloques, que nos dibuje un mundo dividido entre un grupo hegemónico frente a la resistencia. Si al conjunto de países aliados de los EE.UU. les une el capitalismo neoliberal, en frente no podemos decir que haya un bloque socialista. Es demasiado diverso, demasiado incongruente. Con proyectos internacionales tan diferentes como el chino y el ruso. Y porque puestos a elegir, preferiríamos un sistema democrático como el de la U.E. al de Irán. Algo que le está sirviendo a los EE.UU. para plantear la división del mundo entre el bloque democrático y el dictatorial. Es a este país al que le interesa demonizar y aislar a China, su verdadero enemigo.

Como recoge un reciente artículo publicado en Mundo Obrero, “China, además, insiste desde el primer día, en la necesidad de dejar atrás la guerra fría y la confrontación entre bloques, se opone a las sanciones por ineficaces y contraproducentes por su efecto negativo en la economía global, se opone -de acuerdo con la ONU- a la guerra y la agresión, bajo los principios de respeto a la soberanía y autonomía de cada país y a las fronteras establecidas, y reclama todos los esfuerzos por el diálogo y la negociación. China reitera, casi a diario, su voluntad de desempeñar un papel constructivo para parar la guerra, junto con la Unión Europea, desde el diálogo, la negociación y la defensa práctica de estos principios” (1).

Nos encontramos, por tanto, con una concepción del mundo dividido en bloques, que al menos interesa a EE.UU. y sus aliados, que es dudosa en su desarrollo, y que nos lleva a la guerra.

RUSIA YA NO ES LO QUE ERA

Ni media línea más para explicar que Rusia no es hoy la patria del Socialismo. Putin practica lo que podremos conocer como doctrina nacional-ortodoxa y su economía no es dirigida por los intereses del pueblo, sino de los oligarcas.

La desintegración territorial de la U.R.S.S. ha venido creando conflictos bélicos que han recorrido algunas antiguas repúblicas. Y que han alimentado una frustración del pueblo ruso, que hoy constituye el principal argumento del ultranacionalismo. Es previsible que durante mucho tiempo suframos la inestabilidad que provoca una potencia que lucha en lo que piensa que es su territorio.

Sólo desde la desorganizada desintegración territorial, forzada en varias ocasiones, puede entenderse el ya largo conflicto de Ucrania, que empezó en 2014.

Las consecuencias de la desintegración de la U.R.S.S. parecen que se van a mantener en el tiempo y va a ser una fuente continua de conflictos armados. Sólo un acuerdo de convivencia pacífica entre diferentes Estados puede parar esta escalada.

En el momento de la invasión de Ucrania, destacaron dos hechos:
– El intento de Rusia de establecer la imagen de una guerra contra el nazismo.

– El intento de EE.UU. de establecer la división entre el bloque demócrata y el dictatorial.

Putin ha financiado a buena parte de la extrema derecha europea, dándose la paradoja de que hemos tenido que ver cómo una parte de las fuerzas autoritarias han sido dirigidas y financiadas por Steve Bannon, y otra por Putin. Y de la connivencia entre Putin y Trump, ni hablamos. Frente a la pretendida división en bloques, observemos este hecho: ambas potencias planean una solución autoritaria para sus países, y para el resto del mundo. También el gobierno ucraniano ha optado por el autoritarismo, entre otras cosas, prohibiendo los partidos de izquierdas, entre otras medidas que podremos ir confirmando.

La pretendida revolución socialista en el Donbass, es decir, que Putin viene a salvar una República Socialista del Donbass, es un discurso del que no tenemos ni el más mínimo dato que lo confirme, más allá del ondear de alguna bandera.

Aunque sea un argumento esgrimido por una reducida parte de la izquierda, ¿acaso justificaría tanta muerte, tanto caos, tanto autoritarismo que viene? No tenemos ni idea del sacrificio humano que se ha producido y que aún está por venir.

POBRE EUROPA
La globalización capitalista ha muerto. Al menos como nos la presentaron: el mundo entero como mercado, operaciones inmediatas que atraviesan el planeta, transporte de mercancías intercontinentales y masivas.

Cuando un barco se atraviesa en el Canal de Suez, se inicia una crisis de suministros. Cuando se sanciona y limitan las actividades comerciales con China por la guerra del 5G, el mercado cruje. Aislar económicamente a Rusia quiebra el flujo de gas y petróleos y nos mete en una crisis aún no previsible.

La Unión Europea ha dejado de tener sentido como mera reunión de industriales y comerciantes. Una crisis que viene de lejos y que no ha llevado a una Europa social y política diferente. Ni siquiera es capaz de tomar decisiones globales de forma unánime y coherente. Si nos llegó la esperanza de que la U.E. quería limitar el autoritarismo en Polonia y Hungría, la guerra ha hecho desaparecer esta opción.

Pero la Unión Europea se equivoca siempre que quiere actuar en el continente, más allá de Bruselas. Alemania se equivocó alimentando el separatismo en la antigua Yugoslavia. No es que no existieran ya elementos para el incendio, pero la U.E., siguiendo a Alemania no apareció como bombero, sino que desató la tragedia.

En Ucrania, tampoco hemos sido neutrales. En este país, desde hace una década, el enfrentamiento viene produciéndose entre las fuerzas partidarias de la U.E. y las que son pro-rusas. Y el Maidan fue alimentado por una Unión Europea que actuó y que luego no ha dado ni un paso para la paz.

Y aún peor. Si en Yugoslavia teníamos a Javier Solana en la OTAN, ahora tenemos en la U.E. a Borrell. Borrell el belicista, que nos llega con discursos guerreros de los que hace mucho no se oían en nuestro país, ajeno a la cultura pacifista que desde la izquierda (en ocasiones, con el PSOE también) hemos ido creando. Como si una guerra en el continente no fuera un peligro para cada ciudadana que pisamos esta tierra.

La Unión Europea es una potencia agotada, sin perspectiva, sin política propia.

CONCLUSIONES

El afán mostrado por EE.UU. y U.E. por disgregar los antiguos estados del bloque del Este han de acabar. Han sido procesos demasiados convulsos, demasiado intervenidos desde fuera. Y los americanos juegan con la ventaja de que son guerras que no les afectan, guerras lejanas. Pero para Europa es diferente. Parece que la sangre no es la misma cuando se derrama en Palestina que cuando chorrea por tu frontera. Tampoco le viene mal a los U.S.A. desgastar a Europa en estas guerras.

Por su parte, el ultranacionalismo ruso ha devenido en imperialismo. Debemos rechazarlo, no sólo por su carácter, sino porque va a ser un impedimento para cualquier convivencia en aquel territorio.

Esta guerra deja a la U.E. en una situación extrema: mantiene un lenguaje guerrero, pero cuando Ucrania le pide que intervenga, le decimos que hasta ese punto, no. No pueden pretender que la ciudadanía europea nos sintamos identificado con este “sin dios”.

Europa, como potencia mundial, sólo tiene sentido si es una potencia de Paz, de Democracia, de Justicia Social.

Sin embargo, para encabezar un movimiento pacifista y demócrata en Europa, la izquierda debe desembarazarse de esa “neblina ideológica”, la que lleva a pensar que pedir la paz es hacerle el juego a la OTAN, y analizar la realidad mundial con la perspectiva de la izquierda del siglo XXI.

Lo que viene en nuestro Continente es una “ola autoritaria” que esta guerra va a reforzar. Autoritarismo y nacionalismo como respuesta al actual caos del capital. El caos, la guerra, la inseguridad económica, el fracaso del globalismo son buen estiércol para la extrema derecha.

Trabajemos por la Izquierda de la Democracia y la Paz, de la Justicia Social frente al mercado roto y desquiciado.

(1) ‘¿Cumbre China-Unión Europea?’, Marcelo Muñoz / mundoobrero.es

Militante del PCE